Hace tres semanas, Jordania cerró indefinidamente los puntos de entrada para refugiados sirios después de que un coche bomba detonara en la frontera y matara a seis personas e hiriera a otras catorce. El atentado se sumó al otro ocurrido el 6 de junio, cuando cinco empleados de un campo de refugiados palestino cerca de Amán, la capital jordana, fueron asesinados en lo que el palacio real definió como un “ataque terrorista”. El rey Abdalá II emitió una declaración en la que anunciaba que cualquiera que pretendiera asaltar la seguridad y la unidad del reino se encontraría con “una mano de hierro”, y advertía que el Ejército jordano continuaría combatiendo “contra los terroristas y sus mentes oscuras”.

Hasta entonces, Jordania recibía alrededor de trescientos refugiados cada día, lo cual transformó al país en un oasis relativo para casi 650 mil sirios que escapaban de la guerra civil y la brutalidad del Estado Islámico (ISIS). La economía, la seguridad y la estabilidad del reino están comprometidos, y, aunque el rey –un aliado estratégico para Estados Unidos en Medio Oriente– está al frente de todas las decisiones y operaciones, es su mujer, la reina Rania, quien se ha convertido en el rostro público de la búsqueda no solo de un futuro para el país, sino de su lugar en el islam moderno. Educada en un colegio británico en Kuwait y, luego, en la American University de El Cairo, la monarca creció en el borde más liberal de la cultura musulmana, y, antes de casarse con el rey Abdalá II en 1993 –apenas dos meses después de haberlo conocido en una comida de amigos–, trabajó en el área de administración para empresas como Citibank y Apple. La monarca nunca ha sido una “rosa del desierto”, como describen algunos a las mujeres nobles de los países árabes. Más bien, fue desde el comienzo una mujer trabajadora que ha visto en la corona una plataforma para ejercer poder e influencia en el reino, el resto del mundo y, especialmente, el universo islámico.

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La monarca y el primer ministro británico, David Cameron, en pleno apretón de manos previo a la reunión que tuvieron para discutir acerca de la crisis de los refugiados sirios.

La monarca y el primer ministro británico, David Cameron, en pleno apretón de manos previo a la reunión que tuvieron para discutir acerca de la crisis de los refugiados sirios.

Su rol se ha acrecentado con los años. Primero, la Primavera Árabe y, luego, la guerra en Siria y el crecimiento del ISIS la han puesto en un lugar relevante de la discusión. No hay otra mujer en esa zona del mundo más visible que ella y, aunque sería fácil quedarse entrampado en su imagen de ícono de la moda y activista humanitaria, la reina es, al menos para el islam, un ejemplo para muchos y una feroz adversaria para otros.

En enero de este año, en una entrevista con Fox News en Estados Unidos, defendió la religión y la cultura musulmanas, y las separó de las brutales acciones del ISIS. “La gente debe entender, primero que nada, que el islam de ninguna manera condona las acciones de estos extremistas, estos actos salvajes y barbáricos que hemos visto en televisión. Los cortes de cabeza, las violaciones, la esclavitud, las muertes masivas… Nada en el islam acepta ese tipo de acciones”, dijo en pantalla. “Sé que mucha gente alega que hay versos en el Corán que hablan de violencia, pero yo diría que esos versos también existen en la Biblia. No hay nada en las escrituras sagradas que condonen esas acciones”. Su perfecto acento, sus impecables modales y su belleza, que a los 45 años continúa intacta, hacen que su mensaje sea aún más atractivo y se convierta en una promesa de un islam pacífico, moderno y moderado. Por ello, el ISIS la considera una de sus principales enemigas, y existe temor por su vida.

Rania de Jordania y Malala Yousafzai durante la ceremonia de los Clinton Global Citizen Awards de 2013.

Rania de Jordania y Malala Yousafzai durante la ceremonia de los Clinton Global Citizen Awards de 2013.

Todas sus causas parecen ir en contra de la visión extremista del Estado Islámico y, en ocasiones, de sectores conservadores incluso dentro del reino. Su decisión de no usar velo fue controvertida desde su llegada a Amán. “En nuestra religión, no hay coerción al respecto. En otras palabras, una no está forzada a llevar velo, y es una decisión personal no hacerlo”, explicó en una entrevista con una revista femenina en 2006. “Para mí, llevar o no velo no es una expresión de la mirada que una tenga hacia las mujeres, no refleja el estatus de las mujeres. Creo que ese es un error que mucha gente en el mundo comete: asume que el velo representa un modo de pensar, o que representa la represión o la sumisión de las mujeres. Prefiero juzgar a las mujeres por su ética, sus valores, la forma en la que piensan y lo que hacen, y no por cómo se visten”, agregó.

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A través de su organización, la Queen Rania Foundation, la monarca promueve otro tema tabú para conservadores y extremistas: la educación de la mujer. Este es, según ha dicho, un asunto de vital importancia para ella, y aquí se enfrenta a barreras no solo políticas y religiosas, sino también de hábitos y costumbres que son tan o más difíciles de derribar.

Por Manuel Santelices