Oscar Meza es un actor y comunicador de 28 años. Comenzó a actuar en los talleres de teatro del Colegio de La Inmaculada. Hasta el 12 de diciembre, coprotagoniza Almacenados en el teatro del Centro Cultural de la PUCP junto a Alberto Isola.

Através del humor de lo absurdo, esta comedia negra que lleva a la reflexión de lo que significa el trabajo en la vida de una persona. ¿Qué significa para este actor que va camino a consolidarse en la escena teatral peruana?

Nin, a diferencia del señor Lino, tiene una actitud más relajada ante las cosas y no busca hacer todo con exactitud. ¿Cuánto te pareces a tu personaje?
Definitivamente tengo algo de Nin. Y creo que es algo generacional. Y no me refiero a una actitud irresponsable, sino que considero que una característica de nuestra generación es que ha aprendido a lidiar con más calma con los problemas y los ritmos que vivimos en una sociedad que hoy está muy pendiente de lo material.

Has comentado en varias entrevistas que Alberto Isola es un artista al que admiras desde hace años. ¿Hubo un choque generacional entre ambos?
No… felizmente, no (risas). Y eso se lo atribuyo a Alberto, porque él tiene un alma muy joven. Parece serio, pero, cuando entra en confianza, tiene un espíritu juvenil impresionante, y creo que se debe a que tiene un constante trato con jóvenes, con sus alumnos universitarios. Él me sorprendió bastante, porque compra por internet… cosa que no harían mis papás (vuelve a reír).

¿Cómo ha sido trabajar con un actor de tanta trayectoria?
Ya lo conocía porque ha sido mi profesor. Pero es distinto compartir escenario, pues lo tengo como referente y lo veo con mucho respeto. Ese excesivo respeto no me servía en escena porque me impedía probar cosas nuevas, concentrarme en mi trabajo. Estaba muy nervioso.

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¿Te sentiste presionado?
Sí, sentía que era una oportunidad muy grande poder compartir con un extraordinario actor. En mi mente pensaba: “Quiero estar a la altura de las circunstancias”… Pero, después de un tiempo, me liberé de esos pensamientos y traje a Alberto más a tierra.

¿Qué opinan tus padres de que hayas elegido dedicarte a la actuación en vez de a las comunicaciones, que es tu profesión?
En este momento, están muy contentos. Pero definitivamente ha sido algo difícil. O sea, nunca me pusieron ninguna traba, pero siempre, creo que partiendo del miedo natural de un padre hacia su hijo, trataron de sugerirme otras cosas. Hay una desconfianza sobre qué tan bueno es el ambiente laboral del teatro.

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¿De dónde viene tu pasión por el teatro?
En realidad no lo sé (risas). Llegué un poco por casualidad. Yo era un chico con aficiones normales: me gustaba el fútbol y no había nada más allá de eso. Pero un gran amigo mío del colegio me sugirió que me metiera al taller de Alberto y me fascinó. Creo que allí encontré dónde canalizar cierta sensibilidad que no demostraba.

¿Alguna vez te han tratado de “pulpín” en el mundo del teatro?
No, la verdad que no. Felizmente, me he podido encontrar con personas muy generosas que han sido muy conscientes de los nervios de un joven que recién empieza. Y bueno, en realidad, comencé a actuar con mis amigos del colegio; juntos hicimos El señor de las moscas. Entonces, antes de empezar a enfrentarme a “los grandes monstruos del teatro”, ya había tenido esa oportunidad. Siento que no llegué tan inexperto a los grandes teatros.

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¿Crees que las nuevas generaciones tienen más libertad al elegir su profesión?
Sí, la gente se está dedicando más a sus proyectos. Siento que se está perdiendo el miedo. Ahora es más frecuente que uno pueda vivir bien de lo que le gusta hacer.

¿Tú vives del teatro?
Sí, hoy vivo del teatro. En este momento, las actividades relacionadas con el arte, el mundo académico, están siendo más valoradas que antes. Hace unos años, no eran vistas con buenos ojos.

¿Planeas dedicar toda tu vida al teatro?
A mediano plazo, me gustaría terminar de asentarme en el medio; fortalecer mi carrera como actor de teatro y seguir probando otras cosas: cortometrajes, hacer cine… También me gustaría explorar mi carrera de comunicaciones, hacer un proyecto de educación con el arte, poder dirigir… Es algo que ha quedado pendiente.

Por Romina Badoino