La vida de la modelo Natalia Vodianova es a menudo descrita como si fuera un relato de Andersen o Perrault, un cuento de hadas que comenzó en medio de la pobreza y en terribles circunstancias en Nihzni Novgorod, Rusia, antes del derrumbe de la Unión Soviética, y que ahora transcurre en las pasarelas de Nueva York, París y Milán, con la modelo convertida en una estrella, casada y divorciada del vizconde inglés Justin Portman –cuya familia es una de las mayores propietarias de bienes raíces en Londres–, y ahora en una relación de cuatro años con Antoine Arnault, hijo y heredero de Bernard Arnault, dueño y presidente del grupo Louis Vuitton Moët Hennessy, posiblemente el más importante de la industria de la moda. Natalia y Arnault viven en un fabuloso penthouse en un clásico edificio Hausmann en el corazón de París, junto a los tres hijos de la modelo con Portman –Lucas, Viktor y Neva–, y el hijo de ambos, Maxim Arnault.

Vodianova en una de las imágenes de la última edición del calendario Pirelli.

Vodianova en una de las imágenes de la última edición del calendario Pirelli.

El contraste entre la niñez y la actual vida de Natalia no podría ser mayor. Su madre, Larisa, hizo extraordinarios esfuerzos, trabajando como mucama, para mantenerla a ella y su hermana menor, Oksana, quien nació con un severo caso de parálisis cerebral. Decidida a ayudar a su madre, Natalia comenzó a trabajar desde los 7 años, vendía frutas y verduras –una actividad peligrosa y hasta ilegal en la Rusia de entonces–, y llegaba al día siguiente al colegio “con círculos negros alrededor de mis ojos, sin sonreír muy a menudo”, como le contó hace un tiempo a “Vanity Fair”.

Sus abuelos se preocuparon por su educación. Le enseñaron a comer con cubiertos y a usar una servilleta, al mismo tiempo que le advirtieron que debía responder en sus estudios porque de otro modo “terminaría como su madre”. Pero a los 15 años, algo cambió. “Me di cuenta de que los hombres me miraban, la gente giraba la cabeza para observarme… me hice visible”. A los 16, molesta con un nuevo novio de su madre, abandonó la casa y con una amiga comenzó su propio negocio de frutas en el mercado negro. Eso duró solo un año, porque a los 17, a regañadientes y sin mucha confianza en sí misma, comenzó su carrera de modelo tras ser descubierta por un fotógrafo local y firmar contrato con la agencia Madison en Moscú, que  le ofreció darle una oportunidad en París. Su abuela pagó el pasaje de avión. A los 18 ya era una modelo reconocida internacionalmente, además de la novia de Justin Portman, compartiendo sus exóticos viajes –y luego protagonizando con él una maravillosa boda– en las páginas de “Vogue”.

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Desde entonces su carrera no ha dejado de ascender, apareciendo en cientos de portadas y participando en decenas de campañas, incluyendo una reciente que celebra el décimo aniversario del perfume Euphoria de Calvin Klein, en la que fue fotografiada por Inez van Lamsweerde y Vinoodh Matadin, junto al modelo Tyson Ballou, en Hawaii.

“He tenido una larga relación con Calvin Klein, y no te diré qué tan larga porque eso me haría sentir muy vieja, aunque no lo soy. Tengo solo 33 años”, nos dijo la modelo desde Nueva York. “He colaborado con la marca cerca de diez años. Es una relación increíble, con los mejores fotógrafos y los talentos más grandes de la industria. Mi trabajo tiene que ver mucho con las personas, y ellas han sido siempre tan amables y respetuosas, generosas y comprensivas. Cuando tienes una agenda demandante como la mía, necesitas compresión y gente compasiva alrededor”.

Calvin Klein dijo que la primera vez que te vio se enamoró de ti. ¿Recuerdas cuándo lo conociste? ¿Cuál fue tu impresión de él?

Por supuesto que me acuerdo, lo conocí en las oficinas de la firma en Nueva York. Fue muy amable, conversamos mucho, estaba muy interesado por saber de dónde venía y me hizo muchas preguntas. Desde un principio fue muy amable y muy generoso con todas mis obras de caridad, y me dio mi primer contrato importante. Fue un momento crucial en mi vida como modelo.

¿Qué crees que te distingue de otras modelos?

Creo que todas las personas somos únicas y especiales, pero las modelos aún más, porque aspiramos a crear personalidades y estilos que sean amados por el público. Al mismo tiempo, somos muy fuertes, tenemos una clara conciencia de nosotras mismas, y eso es algo que no estamos dispuestas a comprometer. En el modelaje, la única forma de llegar al top es siendo fiel a ti misma.

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Una de tus primeras sesiones importantes fue con Bruce Weber en la casa de Oscar y Annette de la Renta, en República Dominicana. Apareciste junto a Carolina y Reinaldo Herrera, y Bill y Hillary Clinton. Eso sería muy intimidante para la mayoría, ¿cómo lo recuerdas tú?

No fue intimidante, porque no tenía idea de quiénes eran la mayoría de esas personas. Adoro a Carolina Herrera y quise mucho a Oscar, y me sentí muy cómoda con ellos. Me hicieron sentir en casa, bienvenida entre sus amigos. Recuerdo que lo pasé muy bien.

UN HERMOSO CORAZÓN

En setiembre de 2004, chechenos rebeldes atacaron un colegio en Beslán, Rusia, una masacre que dejó 334 personas muertas, incluyendo a 186 niños. La tragedia conmovió profundamente a la modelo, quien decidió hacer algo para ayudar a los sobrevivientes. Así nació The Naked Heart Foundation, que en un principio fue creada para montar parques para niños por toda Rusia, y que en los últimos años se ha expandido considerablemente, ofreciendo centros de apoyo para menores discapacitados, campos de veraneo, seminarios y otros servicios. Parte importante de la vida de Natalia está dedicada a la filantropía, y el día de nuestra entrevista declaró sentirse “eufórica” por el lanzamiento de Elbi, una nueva plataforma y aplicación en la que trabajó durante dos años y medio, y que pretende conectar, impulsar y promover obras benéficas alrededor del mundo.

Natalia y el vizconde inglés Justin Portman, su exmarido, con quien tuvo tres niños: Lucas, Viktos y Neva.

Natalia y el vizconde inglés Justin Portman, su exmarido, con quien tuvo tres niños: Lucas, Viktos y Neva.

“Para generar impacto, la filantropía ya no puede limitarse a una simple donación”, dice. “Con Elbi puedes tomar una foto, hacer un dibujo, escribir algo, y participar en una comunidad que busca hacer el bien. La aplicación te mantendrá informado sobre cómo ha sido recibida tu acción, si hizo feliz a la gente, si la conmovió… Es algo real y muy auténtico”.

¿Cuáles son tus expectativas para esta nueva plataforma?

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Espero que en un par de años, cuando nos entreguen los informes, el cambio sea drástico: que se haya recaudado más dinero, que se esté más interconectado y que se relacionen nuevas personas. Si su performance mejora, habremos hecho algo bien.

El trabajo humanitario es una parte importante de tu vida, ¿de dónde proviene tu interés en este campo?

Diría que proviene de mi niñez. Tuve una  infancia muy difícil, fui criada por una madre soltera, con una hermana menor con necesidades especiales, en medio de la pobreza. Fue muy difícil, y aun así estuvo todo bien. De hecho, se hizo más complicado cuando alcancé un éxito enorme y todas las herramientas que había aprendido para sobrevivir en mi niñez –luchar, trabajar duro– ya no eran necesarias. Pero esas no son cosas que una pueda simplemente dejar de lado y continuar con su vida como si nada. Te acompañan para siempre. Entonces, en vez de sentirme confundida –como ocurrió un tiempo– creé la Naked Heart Foundation, donde puedo usar mis herramientas de lucha y sobrevivencia para el bien de los demás.

Muchas veces tu vida es descrita como “un cuento de hadas”. ¿La sientes así?

No lo sé. Quizá para la gente que la ve a la distancia pueda parecer un cuento de hadas, pero es un cuento de hadas que esconde una vida muy real. Ciertamente estoy muy feliz, y sin duda he sido malcriada en ciertos sentidos por mi novio y mi familia, pero en la vida real trabajo muy duro, como cualquier CEO de una organización filantrópica. No hay nada glamoroso en mi día a día.

¿Qué valores te interesa inculcar en tus hijos, que han tenido una infancia tan distinta de la tuya?

Quiero enseñarles a disfrutar del trabajo duro. Es difícil, porque mis hijos han crecido sin necesidad de trabajar, se tienen que forzar a hacerlo, y eso no es fácil. Quiero enseñarles a levantarse por la mañana con un propósito, a luchar, a hacer algo, a ser responsables y compasivos. Y creo que lo he logrado. Son niños muy compasivos y que trabajan muy duro. Recientemente, mi hijo de 12 años corrió conmigo una medio maratón sin entrenarse, estoy muy orgullosa de él. Es una muestra de su esfuerzo y dedicación.

Por Manuel Santelices