La elección del líder político más joven de Europa –quien no ha escondido su visión xenófoba del mundo–, de apenas treinta y un años, confirma el giro conservador y el fortalecimiento de los populismos en el Viejo Continente, en un momento en que la inmigración es uno de los temas más candentes de la región.

A los treinta y un años, Sebastian Kurz, el próximo primer ministro austriaco, ya puede ser considerado el líder político más joven de Europa. Kurz, que hasta ahora se desempeñaba como ministro de Relaciones Exteriores de su país –un cargo que ejerce desde que tenía veintisiete años– llevó al Partido del Pueblo que lidera a un importante triunfo en las elecciones realizadas hace dos semanas con una plataforma que, más que nada, apuntó a limitaciones en la inmigración y que, según sus adversarios, estuvo marcada por un abierto tono xenofóbico y antiislámico.

Austria, como Alemania, Bélgica, Francia y otros países europeos, ha tenido problemas para lidiar con un extraordinario flujo de inmigrantes y refugiados que ha puesto gran presión en sus sistemas de protección social, y ha provocado tensiones religiosas y culturales. Kurz insistió en que los extranjeros que llegan al país –más de 100 mil en el último año– debían adaptarse rápidamente al estilo de vida austriaco o ser deportados.

Su mensaje tuvo evidente eco en el electorado, pero alejó al Partido del Pueblo –un partido demócrata cristiano de centroderecha fundado después de la Segunda Guerra Mundial– de la filosofía que había mantenido hasta ahora y lo acercó al Partido de la Libertad, un sector de extrema derecha
vinculado al neonazismo.

El primer líder político millennial europeo ha prometido ejercer más control sobre sus fronteras, disminuir la llegada de inmigrantes y no permitir que ningún
refugiado reciba beneficios estatales antes de pasar al menos cinco años en el país. Más controvertidos aún han sido sus llamados a impedir que organizaciones extranjeras apoyen económicamente a mezquitas en Austria, insistir en que los musulmanes tengan acceso solo a versiones del Corán en alemán y previamente
aprobadas por el gobierno, y su “burka ban”, que prohíbe el uso de velos para cubrir la cara de mujeres en público.

En vista de sus posiciones, el joven austriaco esta más cercano a Donald Trump que a políticos de su generación, como Justin Trudeau o Emmanuel Macron. Si algo comparte con el canadiense y el francés, sin embargo, es su promesa de un nuevo comienzo para un país que, como señaló The New York Times en un artículo reciente, “está más definido por su pasado que por su futuro”.

Su jovialidad y pasión llevaron a que el Partido del Pueblo tuviera un enorme crecimiento en los últimos años y, especialmente, desde mayo de 2017, cuando reemplazó a su antecesor, Reinhold Mitterlehner, como líder de la coalición. Vestido con entallados trajes oscuros y con inmaculadas camisas abiertas sin corbata, siempre sonriente y, a menudo, acompañado de su novia, Susanne Thier, Kurz anunció en su campaña que había llegado “el tiempo para algo nuevo”, aunque sus consignas no difieren mucho de las de nacionalistas históricos y nuevos populistas europeos.

El Partido de la Libertad, liderado por el nacionalista Heinz-Christian Strache, celebró el día de la elección como si la victoria hubiera sido suya. En cierto modo, eso no está muy lejos de la realidad. Kurz y su partido ganaron en un supuesto espacio de centroderecha que, para efectos prácticos, se ubicó en el sector más extremo.

Por lo mismo, las posibilidades de que el nuevo líder cambie de opinión y decida crear coalición con sus antiguos socios moderados son casi nulas. En total, el 58% del electorado austriaco votó por la derecha o la centroderecha, lo que, como sugieren algunos analistas, marca una nueva tendencia proteccionista, de fronteras cerradas y encubierta o abierta intolerancia a extranjeros que ya se ha propagado en países, como Hungría y Polonia. La mano fuerte de sus líderes suena a un caudillismo que, al menos en Austria, trae oscuros recuerdos.