El matrimonio del príncipe y la plebeya tuvo todo el romanticismo y la solemnidad que se esperaba. Kate Middleton pasó a ser su alteza real, la duquesa de Cambridge, y William quedó con el camino preparado para asumir algún día como el nuevo rey de Gran Bretaña.

Por Manuel Santelices y José María López de Letona

Habría que recurrir a una película de Disney para describir con absoluta propiedad el matrimonio del príncipe William y Catherine Middleton. Solo ahí, en esas románticas fantasías animadas, es posible encontrar la pompa y el esplendor que se vivió en Londres el pasado 29 de abril. Carruajes rojos y dorados tirados por caballos, multitudes embanderadas, brillantes uniformes e intrincados sombreros, así como príncipes y princesas que, a estas alturas del milenio, parecerían más apropiados para un libro de cuentos que para la dura, violenta y agitada vida del 2011.

Quizá, justamente por eso, porque el cinismo es el signo de los nuevos tiempos, este fue un evento tan admirado y emotivo. Hasta el más apasionado antimonarquista –y de esos, según las encuestas, van quedando cada vez menos– se vio obligado a detener su discurso republicano y, al ver a William y Kate besándose, ¡dos veces!, en el balcón de Palacio de Buckingham, sintió su corazón derretirse como el de una adolescente con los ojos pegados a una novelita rosa.

Ese fue, dicen analistas en Londres, el propósito exacto de la monarquía, que vio en este afortunado romance la oportunidad de revivir tradiciones tan gloriosas como añejas y, de paso, dar algunas indicaciones de cuál será el futuro de la corona.

En este matrimonio, que fue seguido por un millón de personas en las calles de la capital inglesa –500 mil solo en el perímetro de Buckingham– y por más de 2 mil millones de personas a través de la televisión, no hubo un solo detalle dejado al azar, y aunque a primera vista el asunto puede haber parecido hecho de puro romance e inocencia, detrás de cada paso de los novios se escondió un plan estratégico de sobrevivencia monárquica.

Ya era hora. Las últimas tres décadas han sido difíciles para la corona británica, que aparte de vivir una larga lista de escándalos y tragedias, se ha visto obligada a realizar una difícil transición entre los rituales del pasado y las obligaciones del futuro, a abandonar tradiciones y protocolos, y a convertirse, para bien o para mal, en la “monarquía del pueblo”. Los comentaristas de la televisión se refirieron a este fenómeno como “el factor Diana” el día del matrimonio, hablando, una vez más, de la huella indeleble que dejó la desaparecida princesa de Gales en la historia de la monarquía y el país. Su sombra estuvo inevitablemente presente el día del matrimonio de su adorado William. ¿Y cómo no? La última vez que el mundo fue testigo de un espectáculo similar fue hace tres décadas, cuando Diana, de apenas 19 años, entró tímida y virgen en la Catedral de St. Paul para casarse con el príncipe Carlos, un hombre serio, mayor, emocionalmente frío, al que apenas conocía.

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 Kate –ahora su alteza real, la duquesa de Cambridge– ha sido más afortunada. Después de casi una década de relación, tuvo tiempo de sobra para acostumbrarse a las cadenas y mordazas que impone el Palacio de Buckingham a los miembros de la familia real, y, a diferencia de Diana, contó desde un principio con el cariño, el apoyo y hasta la complicidad del príncipe William. A todas luces, la suya es una relación tan romántica como pragmática, basada en el amor, claro, pero también en el compañerismo y la mutua admiración. Esto último quedó evidenciado en la ceremonia de su matrimonio que, a pesar de toda su pompa y solemnidad, tuvo un tono personal y casi íntimo sellado por las miradas y sonrisas entre los novios. Kate, moderna como es, se negó a pronunciar la palabra “obediencia” en sus votos, y es fácil sospechar que William, lejos de resentir esa decisión, la apreció. Como era de esperarse, la “boda del siglo” fue ampliamente discutida y comentada en Twitter, Facebook y demás sitios de internet. Estos son días sin secretos, pero aun así Kate logró mantener el misterio de su vestido de novia hasta el último momento. Solo cuando una mujer escondida debajo de un impermeable y un enorme sombrero de piel fue reconocida como Sarah Burton, la diseñadora de Alexander McQueen, los editores de moda pudieron confirmar sus sospechas de que ella era la creadora elegida. Para la marca fue un enorme y muy necesitado espaldarazo después del suicidio del diseñador, hace poco más de un año, y una inyección de publicidad que seguirá aumentando en los próximos días, cuando el Museo Metropolitano de Nueva York presente una retrospectiva del trabajo del diseñador y Anna Wintour, editora en jefe de “Vogue”, presida una fabulosa gala en su memoria.

Silueta de los 50

La moda, por supuesto, es un asunto importante en cualquier boda real y esta no fue la excepción. La prensa se apuró en sacar conclusiones respecto del vestido de novia elegido por Kate, diciendo, por ejemplo, que su decisión de aparecer en una “silueta de los años cincuenta”, no muy distinta de la de Grace Kelly en su matrimonio con Rainiero de Mónaco, era signo inequívoco de su respeto por las tradiciones. Otros sugirieron que su escote en “V” revelaba un “carácter fuerte y un estilo muy personal”. Y también hubo quienes vieron en la falda de vuelos y pliegues una vocación por la modernidad y los nuevos tiempos. La tiara que sujetó el velo, fabricada por Cartier para la reina madre en 1936, fue vista como un símbolo de transición entre la antigua y la nueva monarquía. Más allá de sus segundas intenciones –si las tuvo–, la flamante futura reina se veía simplemente espectacular.

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Lo mismo puede decirse de su hermana y dama de honor, Pippa Middleton que, según comentó un twittero británico, demostró que “después de David Beckham, tuvo el mejor cuerpo de toda la boda”. Envuelta en un ajustado y delicadamente escotado vestido blanco, Pippa mezcló el decoro monárquico con el va-va-va-boom de una starlet de Hollywood.

Tara Palmer-Tomkinson, la conocida “party girl” británica y buena amiga de William y Kate, logró distinguirse en el océano de colores pastel presente en la ceremonia con un vestido azul eléctrico, acompañado por un espectacular fascinator al tono diseñado por Philip Tracey. Chelsy Davy, la ex novia –y quizás futura novia también– del príncipe Harry, apareció en un atractivo vestido turquesa de Alberta Ferretti, y Victoria Beckham escondió su vientre de embarazada en un amplio vestido azul oscuro diseñado por ella misma.

Quizás el matrimonio no fue el evento sencillo que los novios soñaban, pero, considerando las circunstancias, tuvo un toque definitivamente personal.

La abadía de Westminster, el mismo lugar donde Guillermo el Conquistador fue coronado rey hace casi mil años, fue decorada con buen gusto, usando árboles naturales que le dieron a esa solemne catedral gótica el aspecto de un delicioso jardín inglés. Los mil 900 invitados comenzaron a llegar hasta dos horas antes de la ceremonia. Fueron recibidos por ushers que los condujeron inmediatamente hasta sus asientos. Para cuando Elton John y David Furnish, el príncipe Felipe y Letizia de España, Máxima de Holanda y los príncipes Pablo y Marie-Chantal de Grecia aparecieron en la alfombra roja instalada a la entrada, el sitio ya era un mar de impecables morning coats, la vestimenta masculina tradicional en cualquier matrimonio de día en Inglaterra, y de vestidos y sombreros en suaves colores pastel.

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El príncipe Andrés llegó acompañado por sus dos hijas, las princesas Eugenia y Beatriz, que, según a quien se le pregunte, fueron las mujeres más creativas en la elección de sus atuendos. El océano de sombreros extravagantes impide saber si los suyos protagonizarán la polémica en las próximas semanas.

I will

Las campanas de la abadía anunciaron la llegada del príncipe William, quien viajó desde Clarence House en un Bentley marrón, luciendo su severo uniforme militar rojo del Ejército irlandés y acompañado por su hermano y “bestman”, el príncipe Harry. Su nerviosismo era evidente y comprensible, pero, como sucede a menudo, fue controlado gracias a su calidez y buen humor. “Es una simple fiesta familiar”, bromeó con su suegro, Michael Middleton, momentos antes de la ceremonia. ¿Cómo lo sabemos? Porque la cadena BBC contrató a un lector de labios para captar lo que fuera inaudible a través de los micrófonos. Así fue también como todo el mundo se enteró de que, al ver su futura mujer envuelta en su vestido blanco, el príncipe exclamó: “You look beautiful”.

William y Harry habían sido ovacionados por el público cuando llegaron a la abadía en un Aston Martin negro. Dos jóvenes a quienes el mundo entero ha visto crecer y en quienes muchos depositan sus esperanzas de reencantamiento del pueblo con la realeza británica. William usó el uniforme rojo correspondiente a su rango militar más alto, el de coronel de la Guardia Irlandesa, en lugar del esperado traje azul de teniente de la Real Fuerza Aérea, a la que representó en su banda azul. No llevó espada, pero sí la estrella de ocho puntas, insignia de la Ilustrísima Orden de San Patricio, con el lema: “Quis separabit?” (¿Quién nos separará?). Lucía contento desde el comienzo de la ceremonia, con amplia sonrisa y una incipiente calvicie, a sus 28 años. El color rojo de su chaqueta hacía juego con la extensa alfombra roja que engalanaba el templo. El crespo y pelirrojo príncipe Harry, de 26 años, usó su uniforme militar de gala, de color azul oscuro, que incluye un pantalón del mismo color con una ancha banda vertical roja.

La ceremonia fue oficiada por el reverendo Rowan Williams, arzobispo de Canterbury, siguiendo la más estricta tradición anglicana. Entre otras cosas, el arzobispo recordó que el matrimonio había sido instituido con tres objetivos: tener hijos, poner orden a los “instintos naturales de afecto”, y para la colaboración y apoyo entre la pareja y el resto de la sociedad.