‘Tayo’ es un hombre que convirtió el desierto en campo fértil, que enfrentó a un país en crisis y que dejó una marca profunda en quienes crecieron a su lado. Su hija, Vania Masías, conversó con COSAS para ofrecer un testimonio sobre la vida de este pionero y emprendedor por naturaleza, desde su infancia en el campo hasta la formación de La Calera.
Por Daniel Crespo Pizarro
Estuardo Masías Marrou –o Tayo para los amigos– descansa en su hacienda La Calera, en Chincha. A sus 85 años, volvió al lugar que lo vio crecer y construir un proyecto que marcaría a su familia, a sus trabajadores y a toda una comunidad. La primera vez que llegó a ese territorio, era apenas un niño. Su vida siempre estuvo ligada al campo: de bebé, dormía sobre el ganado que su padre criaba en Áncash, y creció bajo la exigencia permanente de sus padres. Si quería ir a la playa, debía cumplir primero con las labores en la chacra. Nada era gratuito.
El recuerdo que hoy guarda Vania –su hija– sintetiza su esencia desde esos primeros años: “Fue una de las personas más sencillas, honestas, generosas, trabajadoras. Una fuerza de la naturaleza”, dijo. Desde niña, veía en él una energía que no se apagaba y una convicción total por hacer que las cosas funcionaran incluso en escenarios adversos. “Muchos dicen: si hubiesen más Tayos, ¿cómo sería el Perú?”, agrega.

Tayo Masías y Beatriz Málaga, su esposa desde 1966. Se conocieron cuando tenían 15 y 10 años, respectivamente, en casa de la familia del empresario. Juntos, construyeron un legado ejemplar para miles de
familias.

“Cada minuto pensando en ti”, escribió Vania Masías en su cuenta de Instagram.
Tayo Masías y Beatriz Málaga Checa se casaron en 1966, iniciando una vida en común que terminaría ligada de forma inseparable a La Calera. Tayo empezó a trabajar con mandarinos cuando la hacienda aún pertenecía a su padre. En 1967, las lluvias desbordaron los campos y la plantación se perdió. Para reponerse, pidió un préstamo al desaparecido Banco Agrario, con el que compró sus primeros tractores. El negocio empezaba a tomar forma. Incluso adquirió quinientas hectáreas del fundo vecino, Huamanpalí, donde se cultivaba algodón. Pero en 1968 llegó la reforma agraria del gobierno de Juan Velasco Alvarado y todo se vino abajo.

Tayo junto a sus hijos varones Vasco, Iago, Estuardo y nietos, luego de un torneo de polo.
EL DIFÍCIL CAMINO POR SUPERAR
En 1969, cuando Tayo tenía 29 años, la familia perdió el fundo. La reforma los dejó sin tierra y, además, con la deuda de Huamanpalí, que ya no les pertenecía. Mientras muchos criticaban la política de Velasco desde lejos, Tayo fue a Palacio de Gobierno. El empresario obtuvo una beca Fulbright para realizar una maestría en Citricultura en la Universidad de California-Riverside.
Supo que el presidente del COAP llevaba su mismo apellido, llegó a la entrada y dijo que era sobrino del coronel Aurelio Masías. La actuación fue tan convincente que lo dejaron pasar. El coronel, sorprendido, escuchó la verdad: Tayo había inventado todo para poder verlo.
A partir de ese momento, fue convocado varias veces para exponer la situación del agro. En una de esas reuniones apareció Velasco Alvarado, rodeado de ministros: “Masías, ¿qué haces acá?”. Tayo recordó que lo conocía desde los Panamericanos de Chicago de 1959, donde él compitió en remo y Velasco fue jefe de la delegación peruana. “¿Cómo no voy a estar aquí si me estás quitando todo y jodiendo el país?”. El general quedó desconcertado. Conversaron media hora en un pasadizo.

Tayo y Beatriz junto a su familia en las islas Galápagos.
Tayo planteó la urgencia de proteger a los agricultores intermedios –peruanos preparados que no tenían grandes extensiones y que la reforma estaba afectando– y la necesidad de eliminar el CENCIRA. Velasco le pidió enviarle todo por escrito. Una semana después, la ley incorporaba la figura del “inafecto” para propietarios de hasta ciento cincuenta hectáreas que cumplieran ciertos criterios.
Vania también recuerda su capacidad de innovación: “Fue pionero en el riego tecnificado y el riego por goteo en el Perú. Siempre decía que las mejores ideas venían de la gente del campo. Era lo menos de cuello y corbata, aunque cuando se vestía era elegante. Pero su esencia era ‘manos a la obra’”.

El empresario obtuvo una beca Fulbright para realizar una maestría en Citricultura en la Universidad de California-Riverside.
Detrás del temple empresarial había un atleta notable. Tayo fue cuatro veces campeón mundial de remo. Ganó tres campeonatos nacionales en Canadá, ocho en Estados Unidos, setenta y cinco regatas en el Perú y veinticinco en el extranjero. Compitió en los Juegos Sudamericanos de 1958, en los Panamericanos de 1959 y en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960. Desde los 16 años, entrenaba en el Regatas incluso de madrugada.
También jugaba polo, aunque decía que “era malo”. Le gustaba porque la dinámica del deporte permite unir a la familia, reunir a los hijos y fomentar disciplina. Lo esencial era jugar en equipo, algo que vivía con los Cillóniz, los Uranga, Santi Casartelli, amigos y trabajadores. “Para él, cada persona era importante. Nunca vio las relaciones con otras personas de manera vertical”.

Junto con Beatriz, impulsó iniciativas para el desarrollo de los más de diez mil trabajadores y sus familias.

Ambos disfrutaban caminar por la playa.
EL CAMINO HACIA LA CALERA
Ese mismo espíritu marcó el desarrollo de La Calera, ubicada en Alto Larán, Chincha. Hoy es un territorio de más de dos mil hectáreas. En una casona del siglo XVIII, restaurada muchas veces por Beatriz sin alterar su esencia, vivieron décadas rodeados de hijos, nietos y trabajadores que se convirtieron en familia.
En 1960, Tayo la alquiló. Más adelante, la convertiría en el centro de su vida, en donde Beatriz desempeñó un rol decisivo. Empezó vendiendo chanchos y luego se aventuró con las gallinas. Compró cinco mil ponedoras y vendía huevos en Chincha. Así nació la actividad avícola en La Calera. Cuando el negocio enfrentó dificultades entre 1972 y 1974, Javier Sacio –reconocido criador de pollos– les propuso encargarse de gallinas ponedoras para abastecer su incubadora.

El agradecimiento de los trabajadores de la Calera por Tayo.

Tayo Masías junto a sus trabajadores de La Calera, cuyas familias crecieron de manera profesional gracias a iniciativas del empresario.

Tayo presente en el más mínimo detalle de La Calera.
Con el tiempo, Tayo y Beatriz construyeron una empresa familiar donde los hijos de los primeros trabajadores se convirtieron en técnicos, veterinarios y profesionales. La movilidad social se volvió parte del ADN de la casa.
Vania recuerda cómo Tayo encontraba soluciones donde otros veían límites, “haciendo realidad cosas que la gente consideraba imposibles”.
Para ella, la mayor enseñanza fue la horizontalidad: “Nunca vi una diferencia entre quienes trabajaban en el campo y nosotros. Cada persona era importante. Si la persona de mi lado está bien, yo voy a estar bien”.

Vania Masías y su héroe, Tayo Masías.
También recuerda su valentía en tiempos de terrorismo: “Se plantaba. Hizo un frente de defensa. Nunca lo tocaron porque era muy querido”.
Tayo vivió con una convicción profunda por el país. “Acá invertimos, acá ponemos. Tenemos una responsabilidad con el Perú”, repetía. Para sus hijos, fue una energía inagotable: “Yo le decía: eres un tractor, pa’. No paras”.
Su mayor motivación era ver vida donde antes había desierto. Crear árboles donde había arena e impulsar el desarrollo humano junto al agrícola. Esa dualidad lo acompañó hasta el final.

Tayo Masías acompañando a Vania, su única hija, en una de sus presentaciones.

Tayo Masías fue, ante todo, un hombre de familia, siempre presente y comprometido con sus hijos.

Beatriz y Tayo en un retrato para el recuerdo junto a doce de sus quince nietos.
Tayo deja una herencia de disciplina, visión y humanidad, valores que hoy honran sus trabajadores, que, más que empleados, siguen siendo familia.
Hoy, La Calera alberga más de seis millones de gallinas y produce diariamente más de trescientas toneladas de huevos. Sus camiones, identificados con el lema “Los huevos del Perú”, recorren todo el país. Esa trayectoria y apuesta sostenida por la innovación fueron reconocidas con el doctorado honoris causa de la Universidad Agraria La Molina, en 2014, y con el Premio IPAE al Empresario del Año, en 2018. Entonces, el mismo Tayo dijo: “No siempre ha sido fácil. Realmente, casi siempre ha sido muy difícil. Pasar por la Reforma Agraria, el río que se llevaba la mitad de la chacra, la hiperinflación, las epidemias, el terrorismo. Siempre pensé que iba a salir adelante, aunque muchas veces dudé. Tener una visión personal de éxito es lo que diferencia a quienes se quedan de quienes vencen el problema”.

“Soy un empresario que ha trabajado toda su vida por el Perú y por su gente”, dijo Masías tras recibir el “Premio IPAE al empresario 2018”.
“Mi papá era todo para mí. Estoy en un proceso fuerte por su pérdida, pero siento que ahora está acá, en mi corazón. Tengo este ángel alrededor mío”, reflexiona la fundadora de la Asociación Cultural D1. “Todo ha sido en familia. Somos un clan. Él y mi madre lograron una unión muy bonita”.

Los 80 años de Beatriz: Estuardo Masías, Araceli Moreyra, Micaela Rizo Patrón, Vasco Masías, Beatriz Málaga de Masías, Tayo Masías, Vania Masías, Eric Hanschke, Vanessa Paraud e Iago Masías.

Fue deportista por naturaleza. Disfrutaba pedalear por el malecón.

Julio Favre, Tayo Masías, Iago Masías y Vasco Masías.
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