Laurence Debray, historiadora francesa y coautora de Reconciliación, las memorias de Juan Carlos I, analiza su legado entre la reconciliación de España tras la Guerra Civil y los escándalos que marcaron su reinado, ofreciendo una mirada que distingue al hombre de la figura histórica.

Por: Luis Mauricio Málaga Fuenzalida

El nombre de Juan Carlos I vuelve al centro del debate en España por la posibilidad de un regreso definitivo desde Abu Dabi, bajo condiciones fiscales y con la cautela de la Casa Real. El momento coincide con la revisión del 23-F, cuando el entonces Rey frenó un golpe militar y se consolidó como figura clave de la joven democracia.

Esa noche explica la paradoja de su legado: heredero político de Francisco Franco, pero también artífice de la transición hacia una monarquía parlamentaria. Hoy, su figura divide a la opinión pública entre ese papel histórico y los escándalos que marcaron su caída.

En este contexto, resulta especialmente singular la mirada de Laurence Debray. Nacida en un hogar marxista y criada durante años en la Cuba castrista, Debray halló precisamente en la monarquía española una ilusión de libertad frente a los sistemas cerrados que marcaron su infancia. 

Es autora de Reconciliación, biografía escrita tras un largo trabajo directo con el Rey emérito. En una entrevista concedida para COSAS, plantea, sin consignas, cómo juzgar a una figura central de la historia reciente cuando su final ensombrece un pasado decisivo.

Reconciliación: en estas memorias escritas en primera persona junto a Laurence Debray, el rey emérito Juan Carlos I relata su visión de la historia. (Créditos: Planeta)

Solemos asociar la república con democracia y modernidad, y la monarquía con un autoritarismo pasado de moda. Usted creció en la Cuba castrista. ¿Cómo llega, pese a ese prejuicio, a ver en la monarquía una forma de libertad y de consuelo?

Puede sonar anacrónico, pero creo que la monarquía española, dentro del contexto europeo y especialmente en el caso de España, actúa como garante de valores republicanos. En el fondo, es una especie de república coronada, incluso más que Francia, donde existe una república, pero donde a veces los usos de la Presidencia implican más privilegios y un mayor poder simbólico que los de la propia Corona española.

El contraste es inevitable. Tu padre, un marxista convencido, fue expulsado de España en su momento, ¿verdad?

Sí, en 1975, en los últimos meses de la dictadura. Franco dicta entonces sus últimas condenas a muerte, que eran condenas políticas. Mi padre, junto con un grupo de intelectuales franceses, viajó de París a Madrid para apoyar a los condenados y denunciar esas ejecuciones. ¿Qué iban a hacer con esos franceses que llegaban a protestar? Los expulsaron y los devolvieron a París. 

En esa época, mi padre escribió un libro con Santiago Carrillo, que era el líder comunista ilegal y clandestino en aquel entonces, para reflexionar sobre la España del futuro. Mi familia se opuso plenamente a Francisco Franco. Y la ironía es que yo termino escribiendo un libro para el heredero de Franco.

«Puede sonar anacrónico, pero creo que la monarquía española, dentro del contexto europeo y especialmente en el caso de España, actúa como garante de valores republicanos. En el fondo, es una especie de república coronada.»

El libro se titula Reconciliación. Aunque claramente vinculado a las memorias del rey Juan Carlos I, ¿hay también, en ese gesto, una forma de reconciliación personal entre usted y la historia de su familia?

No necesito reconciliarme ni con mi familia ni con mis padres. Estoy muy orgullosa de su entrega total a luchas que, en su momento, consideraban justas y positivas, aunque hoy quizá no las comprenda del todo.

El título alude a que el rey Juan Carlos I logró reconciliar a los dos bandos heredados de la Guerra Civil. Y al elegirme a mí, hija de marxistas antifranquistas, para publicar sus memorias, creo que también culmina simbólicamente ese proceso. Aunque, claro, yo soy francesa.

Y Juan Carlos es un Borbón.

Bueno, sí: un Borbón francés, heredero directo de Luis XIV.

Otros, al leer el título, piensan que se trata de una reconciliación personal del rey emérito con su país, a raíz de los escándalos. Pero usted sugiere que el énfasis va por otro lado.

No creo que sea una reconciliación con su país. Él lo dijo muy claramente desde el principio: este libro está pensado para los jóvenes, para las próximas generaciones, para que comprendan la historia del país. Hay que leerlo como una proyección hacia el futuro, más que como un ajuste de cuentas con el pasado.

Juan Carlos creció bajo la tutela directa de Francisco Franco. Si el franquismo era un residuo autoritario del clima político de la Segunda Guerra Mundial, ¿cuándo germina en él la convicción democrática?

Eso viene de familia. Los colegios y los internados a los que asistió fueron elegidos por su padre. En sus tres carreras militares sí estuvo claramente bajo la tutela de Francisco Franco, que lo forma a través de veteranos de la Guerra Civil y lo convierte en un príncipe y militar español. Pero no logra impedir que herede la visión política de su padre y de su abuela.

Él habla mucho de la cercanía que tuvo con su abuela cuando vivía en Suiza. Ella descendía directamente de la reina Victoria, y el modelo constitucional británico era para ellos el punto más alto de la monarquía.

Juan Carlos pertenece a una familia profundamente europea. Franco prácticamente no salió de España, salvo para ver a Adolf Hitler y a António de Oliveira Salazar. En cambio, el rey emérito es producto de una Europa que ya había entrado en otro modelo, más abierto. Viajaba mucho, asistía a reuniones familiares y estaba expuesto a otra mentalidad. Una vez me dijo: “La democracia me la pusieron en el biberón”. Es una imagen, pero creo que dice mucho.

Francisco Franco formó a Juan Carlos como príncipe y militar español, aunque su influencia no alcanzó a la visión política que heredó de su familia. (Créditos: Archivo/Dominio Público)

El libro cuenta que su padre quiso enviarlo a esos internados para “darle mundo”. Él describe a España como un país ensimismado.

España estaba muy aislada, prácticamente al margen desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años setenta. Para muchos franceses, España era vista como un país arriéré, como decimos en francés: un país que se había quedado atrás, anclado en otra época.

Lo interesante es que, pese a la cercanía de Juan Carlos I con Francisco Franco, el entonces príncipe tenía otra idea de España y de su futuro. Él mismo señala que Franco sabía que no iba a reinar según su modelo, pero creo que nunca imaginó que Juan Carlos acabaría legalizando el Partido Comunista de España, ni que ya mantenía contactos con los comunistas cuando Franco aún estaba en el poder.

«Una vez me dijo: ‘La democracia me la pusieron en el biberón’. Es una imagen, pero creo que dice mucho.»

Cuando ocurre el golpe de estado del 23-F, ¿Juan Carlos ya estaba plenamente comprometido con la defensa de la Constitución?

En ese punto no hay ninguna duda sobre su posición. él ya había hecho mucho por la democracia en España: había entregado el poder, impulsado una Constitución, y tenía claro que el país debía entrar en Europa y avanzar por la vía a la que pertenecía históricamente.

Juan Carlos cuenta que las últimas palabras de Franco fueron “mantén la unidad de España”, sin precisar el modelo. ¿Sintió ahí un margen de libertad? Su posterior relación con el ex presidente Felipe González, inicialmente recelosa, da a entender eso. 

Lo que define a la transición democrática española es que los políticos de entonces tenían un proyecto de país y colocaban ese proyecto por encima de sus ambiciones personales. Felipe González comparte con Juan Carlos I una ambición común: integrar plenamente a España en Europa, entrar en la OTAN, organizar grandes eventos internacionales como la Exposición Universal y los Juegos Olímpicos, y situar la economía española en un nivel competitivo internacional.

Esa ambición de país es lo que hace que se entiendan tan bien. Además, Felipe González comprende que el Rey es una ventaja para la proyección internacional de España. Cuando el Rey viajaba, movilizaba a la gente: su carácter resultaba cercano, generaba simpatía y abría puertas a las empresas españolas.

Durante los años clave de la transición a la democracia en España, el rey Juan Carlos I y el expresidente español Felipe González, miembro del partido socialista, mantuvieron una relación de respeto institucional y diálogo que trascendió sus diferencias políticas, llegando a colaborar en torno a la consolidación del nuevo sistema democrático y la estabilidad del Estado en una etapa crítica de la historia reciente de España. (Créditos: Fundación Felipe Gonzales)

Don Juan Carlos fue el primer monarca español en visitar el Perú, estuvo aquí en varias ocasiones.

Él cuenta en el libro que, cuando recorría América Latina como cadete, a bordo del Juan Sebastián Elcano, conoció el Perú.

Una ex Miss Perú, la ya fallecida Mary Ann Sarmiento, Miss Perú 1953, decía que había sido pretendida por él cuando aún era príncipe. Juan Carlos fue conocido por tener un temperamento más bien coqueto. ¿Cree que Sofía de Grecia logró anteponer su responsabilidad a la situación que le tocó vivir al estar casada con alguien así?

Para personas como Juan Carlos I o Sofía de Grecia, la Corona no es solo una institución: es el eje de su vida. Han crecido con la Corona y para la Corona. Todo lo que hacen está orientado a protegerla.

Doña Sofía ha cumplido siempre su deber de reina de manera impecable, porque desde su nacimiento se le explicó qué significaba ser reina, ya fuera de España, de Grecia o de cualquier otro lugar. Siempre supo cuál era su sitio y cómo debía actuar.

Mary Ann Sarmiento, Miss Perú 1953: La ex reina de belleza declaró haber sido cortejada por un joven príncipe Juan Carlos, dando fe de la naturaleza coqueta del futuro monarca. (Créditos: Archivo/Dominio Público)

Cuando yo era niño, Juan Carlos I era un símbolo de la unidad de España. Pero a medida que su vida privada se fue erosionando, las discrepancias del país parecen acentuarse en paralelo. Hoy España vive en constante tensión política. ¿Cómo consiguió sostener durante tantos años una responsabilidad pública tan grande con una vida íntima problemática?

Hay que considerar los problemas de salud y el deterioro físico. El hecho de no poder mantenerse de pie frente a sus tropas fue algo que nunca imaginó para un rey de España. Él no se concebía reinando desde una situación de incapacidad física. A eso, por supuesto, se sumaron los escándalos de su vida privada, que proyectaron una imagen muy negativa.

Durante muchos años fue un árbitro fundamental de la vida política española porque acumulaba varias legitimidades: primero, la heredada del franquismo a través de las Fuerzas Armadas; luego, la legitimidad democrática que le otorga la Constitución; y finalmente, la que provenía de todo lo que había hecho por el país, de haber contribuido a transformarlo en un país moderno.

Creo que deberíamos aprender a distinguir entre el personaje público y la persona. Yo crecí bajo la figura del presidente francés François Mitterrand; mi padre fue su consejero. Mitterrand tenía una familia oficial y una familia secreta, algo que solo se supo después de su muerte; incluso ambas familias estuvieron juntas el día de su entierro. Y, pese a todo, fue un gran presidente francés.

El quiebre llega con Botsuana, en plena crisis económica. ¿Muchos españoles sintieron entonces que el Rey vivía en otra realidad?

Durante mucho tiempo estuvo muy protegido por la prensa española, y la crisis terminó destapando esa protección. No sé si fue una idealización total o simplemente un cambio de época. Él no cambió: siempre le gustaron las mujeres, siempre le gustó cazar. El episodio de Botsuana ocurre en un contexto en el que esa tolerancia ya no existía.

En su momento, cuando el rey Hussein de Jordania le regala una casa en Lanzarote, no se produjo ningún escándalo. Irónicamente, hoy es Pedro Sánchez quien veranea allí.

Nuestros estándares han cambiado: queremos santos en el poder. Durante muchos años, los españoles colocaron a Juan Carlos I en un altar. Un día despertaron y comprendieron que, al final, era un hombre, con defectos.

«Creo que deberíamos aprender a distinguir entre el personaje público y la persona. Yo crecí bajo la figura del presidente francés François Mitterrand; mi padre fue su consejero. Mitterrand tenía una familia oficial y una familia secreta, algo que solo se supo después de su muerte; pese a todo, fue un gran presidente francés.»

Luego vino el vía crucis.

Muy radical. España es el país de la Inquisición.

La famosa foto del rey Juan Carlos I junto a un elefante abatido durante un safari en Botswana se convirtió en símbolo de un distanciamiento entre la Corona y la opinión pública española. La imagen, divulgada en 2012 y difundida mundialmente, desató indignación por la caza de un animal emblemático en plena crisis económica, obligó al monarca a pedir disculpas inéditas y marcó el punto de inflexión en la percepción de su reinado, acelerando la erosión de su legitimidad y su posterior abdicación.

La cultura del trinche y la antorcha —algo que en Lima conocemos bien, también fuimos sede del Tribunal del Santo Oficio—. Volviendo a Juan Carlos: usted lo visitó en su actual residencia, en Abu Dhabi, lejos del protocolo. ¿Qué faceta encontró: la del héroe de la democracia, la del seductor o la del hombre exiliado de su país?

Antes lo había conocido en el Palacio de la Zarzuela, rodeado de protocolo, de mucha gente, de una estructura muy rígida. En Abu Dhabi lo vi distinto. Estaba muy frágil de salud, lejos de la vida oficial, lejos de ese entorno donde todo está reglado.

La gente lo trata con amabilidad, pero sin solemnidad ni exceso de protocolo. Creo que ahí vi realmente al hombre detrás de Juan Carlos I. Y por eso me interesó hacer el libro con él: porque sentí que ya podía abrirse un poco más, que ya podía decir su verdad.

Usted, como historiadora, sabe que el tiempo suele poner todo en su lugar. Pensando en el largo plazo, ¿qué cree que pesará más en la memoria colectiva sobre Juan Carlos I: los escándalos o el mérito de haber sido el arquitecto de la España moderna?

Los españoles condenan con mucha dureza, pero también saben enterrar muy bien. Habrá que esperar a su muerte y, quizá, algunos años más, para que se recuerde que fue el padre de la democracia española. Gran parte de lo que hoy permite la convivencia política —las elecciones, la Constitución— se le debe, en buena medida, al Rey.

Confío en que, con el tiempo, se le colocará en su sitio. Hoy ha decepcionado a muchos españoles y, además, existe un uso muy manipulador del pasado por parte de la política y del gobierno, a menudo con fines particulares o electoralistas. 

Espero que, al menos en Europa —y fuera de ella—, se le valore con mayor equilibrio. En Francia, por ejemplo, el libro ha sido muy bien recibido. Allí, Juan Carlos es visto sobre todo como un gran demócrata, en un mundo donde el espíritu democrático ya no es un valor compartido por todos.

Por eso, hoy se le valora más fuera que dentro de su propio país. Ojalá España pueda recorrer también ese camino de reconciliación con su propia historia. No me parece justo que, por cuestiones privadas, se tiren por la borda cincuenta años de la historia de España.

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