A través de cenas que se alargaban sin prisa, anécdotas compartidas y silencios cómodos, Cecilia Grau recuerda a Alfredo Bryce Echenique en su faceta más cercana: un hombre discreto, con humor fino y una gran necesidad de afecto, con quien construyó un vínculo basado en la compañía y la complicidad.

Por: María Laura Hernández de Agüero | Fotos: archivo familiar

Alfredo Bryce se mueve en el espacio, cambia de lugar, de tiempo. La ilusión de volver a su adolescencia es una ilusión realizable. Con una memoria prodigiosa, recuerda los detalles de una tarde cuando conoció al amor de su vida. Era la Lima de Julius, la de fines de los años 50. Marita Souza, su entrañable amiga, cumplía 15 años, y fue ahí, en esa fiesta en la casa Moreyra, donde vio a lo lejos a Cecilia, una chica linda que bailaba cheek to cheek con su vestido amarillo. Cecilia Grau tenía 14 años y no reparó en su presencia. Ese chico pasaba desapercibido. Era demasiado tímido, demasiado mayor para ella. Y además no bailaba.

Diez años más tarde, Alfredo y Cecilia volvieron a encontrarse en Europa. París a fines de los años 60 era un hervidero intelectual: artistas, intelectuales y existencialistas discutían en cafés ahumados hasta la madrugada. Era una época de grandes cambios, de rebeldía y amor libre; la moral tradicional empezaba a resquebrajarse y los jóvenes se volvían el centro de la acción. Cecilia nació en el seno de una familia limeña burguesa, católica y conservadora. En casa la educaron para ser “una señorita bien”, pero ella hizo exactamente lo contrario; quiso vivir sin pedir permiso.

Alfredo Bryce Echenique, entre la timidez y la ironía que marcaron su mundo.

Con Pepe Esteban, Luis Ribbs, Benito Taibo y Tania Libertad, en México.

Alfredo Bryce y Carlos Barral en Calafell, 1987.

Cecilia llegó a París en pleno mayo del 68 con sus dos mejores amigas y primas: Paquita Peña y Charo Morelli. París fue amor a primera vista, así que convenció a sus padres de quedarse. Buscó trabajo y lo encontró muy pronto en la embajada de México. Ella y sus dos amigas se instalaron en un piso en la Rue Víctor Hugo, un barrio elegante muy cerca del arco del triunfo.

Tere Pinilla era también parte del grupo. “Paquita era mi jefa, y fuimos descubriendo poco a poco que teníamos las mismas ideas. Conoció a varios de mis amigos raros y obviamente de izquierdas, todos se morían por ella. Me apoyó en conseguir el primer “chez moi”, un huequecito en la rue Dauphine; me acompañó a la firma del contrato. Estaba tan elegantemente vestida que la propietaria quedó muy sorprendida de que la inquilina con pinta de hippie y pelos largos estuviera tan bien acompañada. ¡Además firmó como garante!”.

Tayo Masías y Alfredo Bryce.

1984. Alfredo Bryce y Julio Ramón Ribeyro en París.

Por esos años locos, Alfredo Bryce estaba casado con Maggie Revilla. Cecilia cuenta que una vez por semana caían a comer en casa con Julio Ramón Ribeyro y Alida, su esposa. “Nuestras comidas eran muy formales, “come il faut” (como debe ser). Nuestro menú era siempre el mismo: arroz con alcachofas de lata, salade vert con palmitos y nueces, en sauce moutarde, y de postre Mont Blanc (puré de castañas en lata con crème fraiche) cuenta Cecilia, mientras va mostrando viejas fotos que guarda en un álbum de esos años. “Eran reuniones encantadoras, pero inacabables e intensas. Maggie, Paquita y Tere Pinilla, que también era parte del grupo, se enfrascaban en apasionadas discusiones. Las tres se volvieron de izquierda y querían juntas arreglar el mundo. Alfredo y Julio Ramón casi no hablaban de política, ellos tomaban vino y fumaban como descosidos, y la noche se me hacía eterna porque el metro cerraba a las doce y no había taxis de madrugada, así que se quedaban hasta las seis de la mañana, hora en la que reabría la estación del metro. Yo siempre me caía de sueño, pero Charo me pateaba debajo de la mesa para despertarme; “Aguanta, aguanta, que estos dos algún día serán famosos”, me decía.

Rodeado de viejos amigos, como Luis León Rupp, Alfredo Ruiz Rosas y Marita Souza.

«Le decía que era imposible salir con él, porque soy una ‘pituca’, y él me dijo: ‘Yo también lo soy’”.

Una de esas noches, que estaban también invitados Pipo Valdivieso y Pepe Urrutia (ambos diplomáticos), preparamos un arroz saladísimo, y para bajar la sal le agregamos un montón de azúcar. Alfredo de puro educado se lo comió íntegro, y esa misma noche acabó en la clínica con un malestar estomacal que casi lo mata. Maggie se puso furiosa con nosotras, pero Alfredo nunca dijo nada.

Cecilia Grau se mudó a París a fines de los años 60.

José Rufino Echenique Benavente con Elena Echenique Basombrío, madre de Alfredo Bryce.

Pasaron cincuenta años, y Cecilia cuenta que, de la nada, un día Alfredo la llamó para salir durante la pandemia. Cecilia rechazó la invitación, y unos meses más tarde Alfredo la volvió a invitar: “Hablábamos por teléfono, y yo le decía que era imposible salir con él, porque soy una “pituca”, y él, que siempre tenía una respuesta, me dice: “Yo también lo soy”. Su comentario me hizo gracia y así acepté su invitación. Al principio salíamos en grupo, y era tan tímido que casi no me hablaba, ni siquiera me miraba. Hasta que al tercer trago se soltaba y se ponía simpatiquísimo”, cuenta Cecilia, y se ríe cuando agrega que sus hijas le decían que era una relación extraña, demasiado “proper”, demasiado correcta.

En Barcelona, 1985.

Alfredo Bryce y Maggie Revilla el día de su boda, en 1967.

Y es que para quienes lo conocimos de cerca, damos fe de que Alfredo era una persona extremadamente reservada. Tenía modales finos y un trato delicado. Rara vez levantaba la voz y hablaba muy poco de sí mismo. Él observaba, escuchaba y esbozaba una leve sonrisa cuando algún comentario le parecía absurdo o le hacía gracia. “Como hablaba poco de sí mismo, entonces comencé a entrevistarlo para enterarme de su vida con la condición de que no preguntara mucho por la mía”, agrega Cecilia. “Yo registraba mentalmente lo que me contaba y luego cotejaba con sus libros para ver qué era verdad y qué era mentira. Si era mentira, no me importaba en lo más mínimo, porque era tan entretenido que yo disfrutaba mucho sus historias. Alfredo era muy fantasioso, tenía una capacidad única para fabular. A la historia real él le agregaba otras historias que iba encadenando con otras historias. En esas exageraciones estaba su talento de narrador. Pienso que él era consciente de que eso a mí me divertía, y lo disfrutábamos. Había como un acuerdo tácito entre los dos”.

Cena con el presidente español Felipe González.

Alfredo, Julio Feo y Gabriel García Márquez, de regreso de Cayo Piedra, La Habana, 1986.

Alfredo Bryce Echenique con Carlos Barral, director de la mítica editorial Seix Barral (último a la derecha).

Alfredo y Cecilia eran ante todo amigos. Ella lo seguía en todos sus planes y viajaban todos los años a Madrid a visitar a los amigos. Cecilia se adaptó a su mundo y él al de ella. “Me dio una vida interesante, veíamos a gente simpatiquísima, como a Joaquín Sabina y al poeta español Luis García Montero y otros artistas españoles que estaban muy ligados a él desde los años en Europa, y fue muy estimulante para mí. Fueron años de mucha compañía, de reuniones en mi casa, y así fue sintiéndose en familia. Estaba feliz, se sentía contenido. Un día le dijo a mi hija Cecilia: “Lo único que necesito es cariño”, y eso fue lo que le dimos. A mí me gustaba engreírlo. Le encantaba el helado de vainilla; siempre en mi casa había helados para él”.

Alfredo Ruiz Rosas, Doris de Cossio, Julio Ramón Ribeyro y Marita de Ruiz Rosas, 1986.

José Antonio García Belaunde, Alonso Ruiz Rosas y Alfredo Bryce en Madrid.

En México con Paco Igartua (poncho ocre), su hermana Clementina y el escritor mexicano Arturo Azuela.

En 2023 le descubrieron al escritor un problema en la garganta. Desde su recuperación se le veía más locuaz, más comunicativo, como si supiera que la vida se acortaba y había que vivirla intensamente. Cuenta Cecilia que hasta sus últimos días no perdió la elegancia que lo caracterizó. Siempre llevó ropa fina, le gustaba vestirse bien. “Siempre que lo visitaba, me recibía elegantísimo, aunque no saliéramos ni a la esquina. Yo le preguntaba por qué tan elegante, y él me respondía: “For you, my beloved”

Durante su estancia en París, Cecilia visitaba una vez por semana la casa de Ribeyro. Se sumaban también Bryce y su entonces esposa, Maggie Revilla.

Cecilia Grau.

Cecilia Grau y Charo Morelli Grau en el Pont des Arts, París.

Con Marita Souza, su entrañable amiga

«Siempre que lo visitaba me recibía elegantísimo, aunque no saliéramos ni a la esquina”, comentó Cecilia Grau.

De pie: Fernando Ampuero, Germán Coronado y Abelardo Sánchez Leon. Sentados: Alfredo Bryce, Armando Benítez y Alonso Cueto.

“Lo único que necesito es cariño”, decía Alfredo Bryce, y es exactamente lo que recibió en sus últimos años con Cecilia Grau.

Alfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa.

Cecilia Grau en París.

Alfredo Bryce Echenique en su espacio de trabajo, dando forma a sus historias.

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