Hoy entendemos el corredor como una simple línea de tránsito, pero, lejos de su aparente neutralidad, este dispositivo técnico ha consolidado la fragmentación de la vida doméstica que hoy naturalizamos bajo el concepto de privacidad.
Por: Sebastián Cillóniz
En nuestro paso por la casa, los espacios están caracterizados por ser de permanencia, trabajo o descanso. Hoy, sin embargo, ensayaremos la disección de uno de los espacios más inocuos: el corredor. Este está diseñado para ser pura transición, una línea de movimiento cuya vocación es conectar. En la arquitectura doméstica contemporánea, al distribuir los espacios de permanencia, el corredor aparece como un requerimiento técnico, un espacio resultante de la operación distributiva que incluso no está listado en los ambientes de la casa. Sin embargo, detrás de esta aparente neutralidad se esconde una de las invenciones tipológicas más determinantes al interior de la vivienda.
El corredor aparece en la historia de la arquitectura como un dispositivo que responde a un propósito histórico específico. Robin Evans, en su texto seminal “Figuras, puertas y pasillos”, resalta que antes de su aparición en el siglo XVII la arquitectura doméstica consistía en una matriz celular. El término “enfilade” en francés se refiere a las habitaciones conectadas entre sí, donde uno se desplaza de habitación en habitación y este movimiento implicaba un acto de mediación constante entre los cuerpos. La invención del corredor sirvió para arquitecturizar una frontera interior cuyo propósito era segregar al personal de servicio de los dueños de casa, ayudando así a construir la idea moderna de privacidad, extrayendo el tránsito del centro de la vida para reorganizarlo en un nuevo espacio dedicado.

El tránsito entre los recintos exige la exposición al clima y al encuentro, transformando la circulación en un espacio continuo donde la fricción ineludible disuelve la frontera tradicional de la privacidad. Ryue Nishizawa, Moriyama House
En Lima, la trayectoria del corredor cobra un matiz particular. Si bien Evans emplea el término hallway o pasillo, en nuestro contexto la palabra “corredor” arrastra una resonancia distinta. Nuestro corredor era, en cambio, una experiencia semiexterior, un espacio de sombra y estancia que articulaba la convivencia, ya que en la vivienda tradicional limeña la circulación no era interior ni confinada –aunque sí había enfilados–, sino a través del patio y la galería abierta. La adopción paulatina del corredor interior representó el paso de un espacio de espesor y luz a uno de confinamiento y sombra, acompañando la importación del proyecto moderno, desplazando el recorrido hacia el interior de una envolvente cada vez más compacta y consolidando un cambio radical.
Hoy el corredor parece haber cambiado su explícita carga jerárquica por una nueva estructura de relaciones. Si bien el espacio de un departamento se rige por las lógicas de optimización normativa y los parámetros de rentabilidad del mercado inmobiliario, este dispositivo ya no opera como el escenario de una segregación social manifiesta. Por el contrario, frente a la voluntad contemporánea de diluir las antiguas fronteras al interior de la casa, el corredor empieza a subvertir su propia genealogía y se reconfigura como un espacio de fricción ineludible. Deja de ser una herramienta de aislamiento y se convierte en un lugar de encuentro ocasional. La circulación, paradójicamente, recupera su antigua capacidad de articular la vida en común.

Coleshill House, 1657, de Sir Roger Pratt. Uno de los primeros pasillos de la historia atraviesa lateralmente la casa para segregar el movimiento del servicio del enfilado de habitaciones ubicadas al este y oeste.
Sobre Sebastián Cillóniz
Arquitecto y docente, formado en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y con un Master of Advanced Architectural Design por la Universidad de Columbia en Nueva York. Combina la práctica profesional con la reflexión crítica sobre la vivienda y los espacios cotidianos, entendiendo el diseño como una herramienta para pensar, ordenar y mejorar la vida diaria con rigor, sensibilidad y criterio técnico. Ha sido reconocido con el Hexágono de Oro (Plan Selva, 2016) y ha participado en proyectos curatoriales como Living Scaffolding, Pabellón del Perú en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Actualmente dirige Sebastián Cillóniz Arquitectura, donde desarrolla proyectos residenciales que integran claridad conceptual, buen gusto y una gestión consciente del presupuesto, acompañando a sus clientes en decisiones complejas con solvencia intelectual y precisión proyectual.
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@cllz_arquitectura
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