Los test de descarte de coronavirus realizados en varios mercados del país pusieron en evidencia que estos espacios se han convertido en grandes focos de contagio de la COVID-19. Álvaro Espinoza y Ricardo Fort, investigadores del Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade), explican los riesgos de enfrentar una pandemia con un sistema informal de abastecimiento de alimentos, al tiempo que ensayan algunas soluciones para frenar la ola de contagios.

Por Edmir Epinoza / Fotos de Agencia Andina 

Nueve de cada diez peruanos que viven en una ciudad han ido por lo menos una vez al mercado en los últimos quince días. A diferencia del resto de la región, donde la tendencia global de supermercados escaló de forma orgánica en las últimas tres décadas, en el Perú, los mercados de abastos todavía reinan y son los responsables del 60% del gasto en alimentos en el país. De acuerdo a la consultora Kantar, la penetración de supermercados en Latinoamérica nos ubica casi al fondo de la tabla. Mientras en Ecuador la penetración de supermercados alcanza un 35%; en Argentina, un 50%; en Colombia, un 40%; en Brasil, un 51%, y en Chile, un 59%, en el Perú esta cifra apenas alcanza el 15%. Números que dejan en evidencia el carácter informal de nuestro sistema de abastecimiento de alimentos y que podrían explicar de alguna forma la alta tasa de contagios en el país, a pesar de haber tomado medidas drásticas y tempranas para mitigar la propagación del virus.

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Los economistas Ricardo Fort y Álvaro Espinoza forman parte del área de Urbanización y Ciudades Sostenibles de Grade. A inicios de abril, alertaron sobre el factor crítico de 235 mercados de la capital en el contexto del COVID-19. Foto: Difusión.

Aunque para muchos la poca fortuna de los supermercados en el Perú es un misterio, es muy posible que este fenómeno radique en la falta de espacio en las zonas urbanas más densas y el esquema de privatización de los mercados aplicado en la década de los noventa, que convirtió a cada comerciante en propietario de un puesto individual dentro de un mercado en particular. Ricardo Fort, investigador principal de Grade y PhD en Desarrollo Económico, explica cómo este factor pudo haber sido determinante. “Los supermercados quieren esas ubicaciones y están dispuestos a comprar, pero es muy difícil negociar con doscientos comerciantes, y muchas veces los proyectos se quedan truncos. Si ya es complicado organizarse para hacer mejoras en la infraestructura y limpieza del mercado, imagínate ponerse de acuerdo para vender el predio”, explica el economista.

Utilizando data geoespacial del Censo Nacional de Población y Vivienda 2017, Ricardo Fort y Álvaro Espinoza, también investigador de Grade, publicaron el 5 de abril una propuesta de identificación de zonas prioritarias para la prevención y control del contagio de la COVID-19 en la ciudad de Lima, en la que recomendaron considerar los mercados como espacios críticos para la aplicación de medidas de prevención y control. Dos meses después de haber lanzado la señal de alarma, y cuando ya está claro el peligro que representan los mercados como focos de contagio, todavía no parece existir una política clara de acción para estos grandes espacios que reciben, aún en cuarentena, a decenas de miles de personas diariamente.

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Mayoristas: la punta de la madeja

Para Espinoza, el principal foco a intervenir para evitar la expansión del virus son los mercados mayoristas. “En plena cuarentena, cuando nadie sale de su casa o barrio, ¿cuál es el único lugar de Lima donde todos los días se concentran decenas de miles de personas, quienes después se reparten por toda la ciudad? El mercado mayorista. En un sistema informal como el nuestro, cada comerciante toma una combi a las tres de la mañana, se va al mercado mayorista y compra lo necesario para dos días. Luego, regresa a su mercado y vende los productos. Solo en Santa Anita hay veinte mil comerciantes minoristas que llegan todas las mañanas”, explica el investigador, quien advierte que la mejor forma de expandir el virus es con un brote en el mercado de Santa Anita o en Huamantanga. “En un solo día, llegas a toda Lima. No existe un solo lugar en el Perú que tenga esta característica. Está clarísimo que los mayoristas son la clave, el origen del virus en el Perú”, refiere Espinoza.

En este contexto apocalíptico y aparentemente inevitable, ¿qué hacer? “Reducir el aforo, promover colas distanciadas y fiscalizar el orden y la limpieza parecen ser medidas aplicables en Santa Anita, que tiene una infraestructura adecuada, pero en Huamantanga o Unicachi, que son verdaderos caos, es imposible”, explica Fort, quien cree que se necesita reducir la cantidad de personas que llega cada día a los mercados mayoristas. “Si en vez de veinte mil van doce mil, es posible ordenar, tomar medidas de control y encontrar un flujo que no genere demoras. Pero para que ello ocurra no queda otra que ayudar a que los minoristas se organicen y, entonces, si hay veinte verduleros, que no vayan los veinte. Que vayan dos o tres, tres veces por semana. Así, bajas dramáticamente la aglomeración. Necesitas generar diversos incentivos para que los comerciantes cumplan un protocolo y organicen compras conjuntas. Hay que aprovechar que los minoristas tampoco se quieren morir, y saben que en el mayorista está el virus”, dice Fort.

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Minoristas en peligro

En el caso de los mercados minoristas, la estrategia del gobierno ha sido dotar de recursos a los municipios para que controlen y verifiquen que se cumplan las medidas de distanciamiento social, aunque esto hace que el proceso de compra y venta se ralentice, y se promueva la compra a ambulantes apostados en la periferia de los mercados. Para Espinoza, de nada sirve que el mercado esté muy limpio si afuera todos se contagian con los ambulantes que, además, son cada vez más. La solución, plantea el investigador, está –de nuevo– en reducir la cantidad de gente en estos mercados, y para ello es necesario implementar sistemas de delivery colectivos, a través de la organización de los comerciantes. “Es la única forma. Que a la gente le llegue la comida sin que tengan que entrar y pasarse dos horas ahí. Existen varias formas: HighTech, LowTech, con aplicación, sin aplicación, con teléfono, con WhatsApp, vía SMS. De cualquier forma, es un tema de organización interna. Y ahí, otra vez, se necesita la ayuda y asistencia técnica para hacer algo así”, explica Espinoza.

Si bien las soluciones planteadas por los investigadores de Grade no son inmediatas, está claro que este es el camino a seguir. “Hay que aprovechar el tiempo desde ya. Vamos a convivir con el virus por más de dos años, y hay que tomar los recaudos para poder controlar la situación y de paso mejorar todo el sistema”, revela Fort.

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Los mercados del futuro

Tanto Fort como Espinoza están seguros de que, de aplicarse las intervenciones recomendadas, en el mediano plazo los mercados experimentarían una transformación, que mejoraría no solo el orden y la limpieza de estos espacios, sino que traería una mejora económica para los comerciantes. “Si los comerciantes logran hacer compras conjuntas, y los consumidores compran por delivery, se ganaría eficiencia para todos los actores: los comerciantes gastarían menos en transporte, podrían hacer compras más grandes y por lo tanto accederían a mejores precios, en tanto que los consumidores perderíamos menos tiempo. De esta forma, el sistema se parecería más al de un supermercado. Sería, claramente, un paso hacia la formalidad”, refiere Fort.

Pero los mercados del futuro serían mucho más. Para los investigadores, invertir en los mercados y en los comerciantes haría que los mercados se conviertan en espacios públicos reales, con un entorno agradable, donde la gente se pueda reunir de forma segura sin salir del barrio. “Es una oportunidad de renovación urbana. Hoy, más que nunca, los mercados son una oportunidad, sobre todo en los barrios populares. Pero para ello hay que invertir y encontrar la forma de renovarlos. Tenemos que estar claros en que los mercados aquí están y aquí se van a quedar”, comenta Espinoza.

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En pleno 2020, el mercado continúa siendo el corazón del barrio en el Perú. Pero mientras no pongamos atención a su necesaria transformación, seguirá siendo utópico pensar en un futuro con mercados más formales, más integrados al mercado financiero, más rentables para los comerciantes y mucho más amigables para el barrio. Quizá la inesperada llegada de la COVID-19 impulse una reinvención de estos espacios públicos que día a día proveen de alimentos a millones de peruanos.

Artículo publicado en la revista CASAS#281