El histórico hogar del modisto italiano en Londres, rediseñado en 1992 por Roger Banks-Pye, revela cómo Valentino entendía la belleza como una forma de vida: personal, elegante y profundamente inglesa.
Por: Redacción COSAS
Hay personas cuya presencia se refleja claramente en los espacios que habitan. Su gusto y su forma de mirar quedan impresos en cada detalle. Valentino Garavani fue una de ellas. Y su casa londinense —ubicada entre Knightsbridge y Chelsea, en una tranquila hilera de terrazas victorianas— es quizá una de las mejores pruebas de ello.
Más que una residencia, este lugar fue para Valentino una declaración de amor a la belleza entendida como rutina diaria. “Estoy enamorado de esta casa. Es el lugar en el que siempre quise vivir”, confesaba en 1992 a House & Garden. Aunque su vida transcurría entre Roma, Nueva York, Gstaad y otros escenarios de glamour, era Londres la ciudad que le ofrecía algo distinto: tiempo. Tiempo para pasear, para ir al teatro, para observar. “En Roma nunca tengo tiempo. Londres es el lugar donde puedo hacer estas cosas”, decía entonces.

El vichy fue un leitmotiv constante en las residencias de Valentino. En el primer piso, la biblioteca se resolvía en una paleta de verdes y cremas que acentuaba su atmósfera cálida y relajada.

El icónico desayunador y el invernadero, ubicados en la planta baja, reunían una colección de porcelana china azul y blanca, otra de las grandes pasiones del modista.
Un interior a su medida, sin perder el acento inglés
Cuando descubrió la casa, el encanto estaba ahí, pero no del todo alineado con su universo. “Era bonita, llena de flores, mucho chintz. Pero yo no podía vivir en una casa llena de flores”, recordaba con franqueza. Con la misma claridad con la que elegía telas y cortes, decidió confiar el rediseño a Roger Banks-Pye, de la legendaria firma Sibyl Colefax & John Fowler.
Había trabajado con Renzo Mongiardino en Roma y con Peter Marino en Nueva York; Londres pedía, según él, un decorador inglés. Alguien que entendiera el carácter local sin perder de vista su personalidad. “Quería algo más agresivo. Me gusta vivir en lugares que me representen”.

En el comedor, una reproducción del papel tapiz francés del siglo XVIII Le Coq marca el carácter del espacio: audaz y sofisticado, acompañado por esculturas y jarrones chinos, gallos de porcelana y cristal irlandés sobre la mesa.

En la habitación de invitados, un Toile de Jouy enmarca una cama rusa del siglo XIX, acompañada por estanterías a juego y grabados de monos.
El resultado fue un ejercicio de equilibrio impecable. Espacios opulentos, sí, pero nunca intimidantes. Elegantes, pero con un guiño lúdico. En el salón principal, una alfombra Aubusson en tonos turquesa y dorados —inusual y sorprendentemente bien conservada— marcaba el tono. En la biblioteca contigua, las paredes se vestían de cuadros vichy en crema y verde, creando un ambiente íntimo y relajado.
Todo estaba atravesado por una obsesión compartida: el detalle. Banks-Pye lo resumía bien al hablar de Valentino: “Ama el detalle y entiende la costura y las telas de manera absoluta”. Esa mirada se sentía en cada fleco de los sillones, en la disposición precisa de las figurillas de Meissen, en la forma en que los objetos parecían colocados como si fueran parte de una colección cuidadosamente editada.

En el dormitorio de Valentino, una cama con dosel del siglo XVIII domina el espacio. Al pie, un sofá azul con cojines de rayas de tigre. “Me gusta el mobiliario grande en habitaciones pequeñas. Tiene impacto”, comentaba el modista.

El baño combina una paleta en blanco y negro con detalles en bronce, logrando una elegancia sobria.
Valentino nunca temió a las proporciones. Le gustaban los muebles grandes en espacios pequeños. “Tienen impacto”, decía. En el dormitorio principal, una cama inglesa con dosel se eleva casi hasta el techo, dominando la habitación con una teatralidad sobria. Pero si hay un espacio icónico, ese es el invernadero, que también funcionaba como comedor de desayunos: una gran mesa para ocho personas, rodeada de porcelana china azul y blanca, bajo un dosel de cuadros que resume, en un solo gesto, sofisticación y sentido del humor.
Hoy, al mirar esta casa —tal como fue publicada en 1992— resulta imposible separarla de su dueño. Es original, memorable, bella. Como él. Y quizá por eso resuena tanto aquella frase que Valentino dejó en su documental de 2008: “Como dicen los ingleses, me gustaría irme de la fiesta cuando todavía está llena”.
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