Religare. En latín significa “unir”, volver a estrechar, reenlazar. Un término que aparece cuando se reflexiona en torno a la obra de Moico Yaker y sus lienzos pletóricos de imágenes. Solo basta mirar el universo pictórico que ha gestado a través del tiempo para comprender por qué dicho vocablo fue elegido para describir su quehacer: lo humano y lo divino, lo pasado y lo atemporal, lo heroico y lo banal, la natura y la cultura, los objetos cotidianos y aquellos que devienen en profundamente míticos, todo ello se junta y rejunta como en su propio ser. La obra, desbordante en lecturas, es su interlocutora. La creación, la mejor herramienta para volcar sus más íntimos cuestionamientos.

Por Josefina Barrón Fotos de Diego Valdivia

Horror vacui. Al conocer la vida de Moico, comprendo la densa carga semiótica que caracteriza su pintura. Se le ha llamado neobarroco peruano. Las imágenes colman el paisaje. Se cruzan, se dicen y se desdicen, se revelan y potencian unas a otras, se invierten, se enmarañan, se corrompen y replantean. Trabajó el óleo con el preciosismo del joyero; estudió de técnicas para volar en ellas, y fue la tela el soporte primero de su pensamiento crítico y su vasta cultura. Luego vino el barro de Chulucanas, y poco después el metal. Tuvo siempre que pintar para comprender, revisitar la historia y su historia para proponer nuevas respuestas.

Moico Yaker nació y creció en Arequipa, pero luego pasó una larga temporada en el exterior antes de volver definitivamente al Perú.

Me cuenta cómo fue encontrándose con sus raíces mientras caminaba por la vida. Calaron en él los abismos culturales y las diferencias con el entorno en que le tocó crecer: no fue fácil ser el único judío en una escuela religiosa en Arequipa, tampoco lo fue ser el único judío (y puede que haya sido uno de los pocos artistas con extremada sensibilidad) enrolado en el Colegio Militar Francisco Bolognesi, también en Arequipa. Luego de veinte años de vivir fuera del Perú, en Israel y en Europa, regresó a su tierra para por fin asumirla. Venía cargado de recuerdos y nuevos conocimientos, todo lo cual enriqueció su imaginario y dotó de contenidos a su espíritu creativo.

El centro de su propio universo. Moico experimentó la urgencia de exponer verdades personales y mitos colectivos como si regurgitara tiempos y eventos históricos. Existían tantos frentes abiertos en su propia vida que debía obtener el control, ser él el portavoz, el eje alrededor del cual todo fluyera. Fue Moico, a través del pincel, el narrador omnisciente y omnipresente de complejos episodios, de enfrentamientos y guerras, de sucesos políticos y mitos religiosos, de capítulos de nuestra historia prehispánica, colonial, republicana y universal. Nada fue lo que parecía: hizo hablar a los cardenales, a los soldados, a los héroes, a la bandera, a las órdenes del sol y a los uniformes militares, a los íconos universales, a la naturaleza, a los árboles y mariposas, a las parihuanas, a los burros y caballos, a los enseres cotidianos.

La más reciente individual de Yaker, “Palimpsesto”, estuvo en exhibición el año pasado en la galería Fórum.

Cuando uno se detenía a mirar, nada era lo que a simple vista parecía: las alfombras fueron lienzos de batallas; las junglas, ejércitos libertadores. Las sillas, vacías siempre, entidades del poder. Moico eligió decir cosas sobre la libertad y la ambivalencia, la muerte y la gloria, el heroísmo y el patriotismo, sobre el Perú andino, idealizado, mítico, y la nada gloriosa realidad. Un cuadro donde aparece una hilera de nativos en medio de la espesura de la selva amazónica, todos ellos de frente y orinando, en señal de marcar territorio ante la inminente invasión occidental, y otro en donde evoca el concepto de mallki, interesante porque reúne en una sola palabra muerte y vida, fardo y semilla; existe otra pintura donde desarrolla aquel antiguo mito de Inkarri, el Inka Rey que fue decapitado y desmembrado, y cuyos restos volverán alguna vez a la tierra y desde allí se regenerarán para restaurar el tiempo violentado del mundo andino.

Moico encontró interesantes soportes más allá del lienzo para volcar su imaginario: gruesas colchas de mercado que son generalmente empleadas por el servicio doméstico sirvieron de base para su obra “Tres cholos durmiendo”. Sobre esa colcha aparecen pintados tres Inkas durmiendo, tapados por un paisaje telúrico de cordilleras o apus entre los burdos y rugosos pliegues de la tela. Lo peculiar del soporte se vio potenciado por el título de la obra; el sueño, el lejano esplendor y el mito de los incas contrastan con la imagen cotidiana, actual, de sus descendientes.

En el taller de Yaker, ubicado en Miraflores, pueden verse algunos de sus famosos óleos de Bolívar y San Martín.

Jungla. Moico vive en una casita antigua en medio de Miraflores, en la calle Alcanfores. Cuando le pregunté por qué había elegido hacer aparecer tanto a Bolívar como a San Martín en buena parte de su obra, me dijo muy alegremente: es que vivo entre la calle Bolívar y la calle San Martín, en Alcanfores. Vivo entre ambos libertadores. La casa de Moico se siente como uno de esos ranchos de cuando Miraflores era un pueblo al que se llegaba en tranvía. Está tomada por el follaje, por las acacias, los lúcumos, las buganvilias, las palmeras de plátano y, por supuesto, los alcanfores. Los pisos son antiguos, de madera, y crujen cuando se anda sobre ellos.

Quizás por esas ramas que se cuelan a través de las ventanas y el olor a madera, a óleo, a jazmín y madreselva, Moico siente vivir en un árbol, enarbolado y enamorado de su trabajo, de su pequeño rincón en el mundo, de su recogimiento. Objetos hermosos, algunos vetustos, otros de noble brillo, libros, cosas y más cosas, aparecen aquí y allá colmando el paisaje doméstico. Los ojos de Garcilaso de la Vega en un retrato me observan fijamente. La figura de Bolívar sobre un papel se sigue despintando detrás de una vieja canasta llena de pinceles y chisguetes. Cómo no volcar esa jungla en la que está inmerso, cómo no hacer al follaje parte de su propuesta plástica, cómo no poner la exuberancia de la natura a dominar texturas, esconder, sugerir y revelar personajes de su imaginario. Su casa-taller es como su pintura: lo inesperado convive, los objetos se enajenan y aparecen, se muestran dotados de nuevos significados.

“Palimpsesto”, exposición en la Galería Forum.

Allí encontré al burro, a ese burro que ha retratado en homenaje a su fuerza y nobleza. Un burro al que ha vestido con piel de otorongo. Un burro reivindicado. Un burro que chambea como loco. Quedó en su memoria Yura, cantera arequipeña de donde se extrae la laja para la construcción. Recuerda de niño ver recuas de burros cargando lajas sobre sus lomos y sangrando, sangrando por el esfuerzo. Evoca también al burro Domingo, aquel que todos los días a la misma hora rebuznaba, cortando en dos las tardes en Chulucanas, donde Moico trabajó largo tiempo con los ceramistas locales, pintando sobre el barro que con tanta sabiduría cuecen estos artesanos.

Encuentro con el Perú promesa. Moico regresó al Perú durante los años ochenta, en una de la épocas más duras de nuestra historia republicana, cuando el terrorismo había desatado una inmensa ola de violencia, cuando la anarquía, la hiperinflación, la inestabilidad, el miedo y la falta de certezas abatían a los peruanos. ¿Qué podía ofrecer un país en ruinas a un artista que venía de Europa? Pues su pátina, su ancestralidad, sus contrastes, su caudillismo, sus mitos y vestigios prehispánicos, su religiosidad real-maravillosa. Contenidos. Carne. El país rescata a Yaker de la enajenación. Y Yaker remodela el país en su pintura. Carlos Brignardello, que en paz descanse, gran erudito, filósofo, políglota, cultor de reflexiones sobre el mundo precolombino peruano entre otros temas, fue uno de los guías con que Moico se topó cuando regresó al Perú. Carlos lo ayudó a sumergirse. A respirar debajo de la arena. A encontrar y a encontrarse.

“La promesa” (1988).

Olaya. Aparece en su pintura una figura no solo emblemática, sino también peculiar de nuestra Independencia: José Olaya. Pescador mestizo vuelto héroe que fue retratado mostrando una elegancia insólita, por cierto, imaginada por otra figura también particular: Gil de Castro, “el mulato Gil”, quien llegó a ser pintor oficial del ejército libertador y de la nueva sociedad criolla. Un mulato pinta a un mestizo. Jorge Basadre llamaría a ese hecho “la promesa de la vida peruana”. Pero esa promesa fue solo una ilusión frustrada desde su origen; la presencia de Olaya es casi la única popular a la que se otorga rango heroico en una revolución conducida por una élite blanca.

La imagen de Olaya es un elemento de compensación en la ilusión de una independencia idealmente conquistada para todos los peruanos. Fue fácil para Yaker detectar la carga simbólica del Olaya de Gil de Castro; fue natural que se apropiara de esa imagen para dotarla de nuevos signos, para celebrarla, para distorsionarla como hizo cuando, en uno de los cuadros que dedica al héroe mestizo, Olaya sostiene con su mano a un diminuto Bolívar, retrato del libertador hecho también por Gil de Castro. Como bien señala Alfonso Castrillón, el pintor genera parodias ambivalentes de íconos patrióticos. A través de ellos está ejerciendo su derecho a comentar sobre las bases fundacionales del Perú.

Religa, reúne, revisita. Cuestiona la naturaleza humana a través de imágenes icónicas de héroes populares. A través del arte, Moico parece dotar su vida de sentido. Cuando niño, allá en Arequipa, sus padres, ambos hermosos y narcisos, hacían sus propias vidas. Su padre, judío ruso, su madre, judía sefardita. Me cuenta que solo se enteró del Holocausto mucho después de salir del colegio. Su colegio fue católico; y sus padres nunca le contaron sobre este dramático episodio de la historia del pueblo judío.
Moico creció criado por Benedicta, su mamá arequipeña, a quien dedica un retrato hermoso y de quien se desprende una saga de personajes de condición humilde, empleados que trabajan en silencio y que fueron homenajeados por el pintor en una serie, enmarcados sus retratos en plata repujada de estilo colonial, otorgándoles con ese gesto la prestancia y dignidad merecidas.

Él, Moico Yaker Mizrahi, judío y arequipeño, poco a poco se reencontró con sus raíces, armonizó los contrastes, y convive en su viejo árbol con las paradojas del destino y la difícil y caprichosa peruanidad