“Divide las dificultades que examinas en tantas partes como sea posible para su mejor solución”, aconsejaba Descartes. Sí, observa las formas, desensambla, extrae de ellas lo accesorio, conserva la pureza. Sintetiza. Solo así comprenderás de qué está hecho aquello que tanto interés tiene para ti. En estos menesteres, Jorge Cabieses parece llegar a buen puerto, o al puerto por él anhelado: las formas puras de un Perú en movimiento. Joven y libre.

Por Josefina Barrón

No pude dejar de sentir afinidad mientras hablaba con él. Cuando yo voy por la carretera, acostumbro tomar fotos de las tolvas de los camiones, pues allí encuentro estampas de un arte de lo más peculiar: lobos aullando a la luna, sirenas que atraen a los choferes, escenas cordilleranas, toros que pelean, corazones de Jesús, tigres que muestran sus afiladas garras, leones imponentes de melenas revueltas. Más de una vez he corrido peligro tomando fotos a esas extrañas tolvas mientras manejo. Pero el hambre de imágenes ha sido y es más fuerte que la prudencia. Quizás en ese ejercicio uno sí se aferra a la vida.

Hace unos meses, me detuve a pensar por qué no había hasta ese momento fotografiado esas formas geométricas, limpias y abstractas que también son parte de la galería de imágenes que esos camiones ofrecen en sus tolvas sobre las carreteras del Perú. ¿De dónde vienen? ¿Acaso son peruanos esos diseños? No lo parecen. “Parecen ser más formas geométricas que brotan del constructivismo ruso”, responde Cabieses como si quisiera desentrañar un misterio.

Esas formas simples y bien definidas remitirían a una vanguardia futurista que cumple ya más de cien años, pero… ¿quién habrá traído esas grafías hasta esta tierra? ¿Quién habrá traído ese abanico de figuras abstractas que algún pintor de brocha gorda trazó sobre la superficie de madera o metal de nuestros altares rodantes? ¿Cómo así, en medio del altiplano andino o a través del desierto de Nasca, vemos algún rezago de Tatlin en el transporte de nuestros productos nativos? “Eso es lo que más me atrae del Perú”, me cuenta Cabieses, y prosigue, “es un país realmente joven; un país que está vivo, en movimiento. Aquí todo es posible”. Y sonríe.

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Todo a la mano

Cabieses es un espíritu desprejuiciado que va atrapando la geometría donde quiera que ella esté. Tiene un ojo ansioso por capturar presencias cotidianas, por eso mismo, presencias desapercibidas en su carácter estético por el común de las personas. No todos advierten lo que revelan las tolvas de nuestros camiones. No todos están alertas al potencial plástico de una parihuela, la potente belleza de una plancha de aluminio, el soporte de una plancha de triplay sobre el que uno se permite jugar, la infinita posibilidad lúdica de los paletes sobre los cuales se transporta todo tipo de cosas.

Cabieses va a la caza de referentes culturales de distintos tiempos que nos remiten al comportamiento de un fragmento de nuestra contrastada sociedad: allí está, por ejemplo, ese entrañable gobelino que en un momento fue indispensable tener en casa como símbolo de elegancia. Gobelino que expresaba en las paredes de nuestras casas ese rasgo europeizante que alguna vez definió nuestra idiosincrasia y hoy vendría a ser considerado huachafo; que envejeció sin dignidad cuando no fue fino, y que Cabieses ha vuelto a la vida luego de un intenso “cachineo” en las calles y en la web; hoy para otros fines: fricción.

“Transfiguraciones” (2012). Serigrafía sobre afiches religiosos.

Cabieses tiene todo a la mano porque ha tenido el ojo y el desprejuicio para tenerlo: parihuelas, triplay, distintos paletes, un enorme molde de pan, plástico, poliuretano, metal y, por otro lado, gobelino, grabado, imágenes de revistas de su juventud; todo ello convive en contubernio, perturba, genera esa fricción tan procurada.

Me comenta cómo le atraen las parihuelas por sus tramas, cómo se deja seducir por los viniles, con todos los soportes que pueda encontrar. Cabieses trabaja con todo lo que tengo a la mano. Y dice: “Así, en mi obra pretendo, a través de una problematización del espacio, confrontarme con ciertos cánones de la imagen latinoamericana: la obsesión por la narración, el sentimentalismo exacerbado, el morbo de lo privado. Frente a ellos se establece una tensión constructiva en búsqueda de algo más universal, a pesar de mi propia angustia por la armonía y gracias a una íntima convicción de mis propios elementos (…)”.

“Patrones” (2018). Serigrafías sobre papel de algodón.

¡Ah… los mercados! ¡Qué no ha encontrado Cabieses en los mercados! Se sumerge en ellos como en un mar revoltoso para dejarse envolver por la vertiginosa oferta visual, para vivir la posibilidad de crear sin límites, para celebrarla, para ejercer su derecho creativo: desensamblar este Perú complejo y vibrante para aparear lenguajes visuales, referentes culturales, materias orgánicas y objetos industriales, colores extraños y estampas de antaño, y generar una tercera imagen a partir de ese apareamiento.

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Qué complicado suena. Mejor sería decir que Cabieses toma dos cosas totalmente distintas y las hace convivir en el espacio físico de una obra. Lo orgánico y lo inorgánico. Lo industrial y lo natural. De todas maneras generará fricción al poner un gobelino y, sobre una parte de la imagen de ese gobelino, un enorme triángulo color amarillo. ¿Y ese triángulo? Sigo pensando en los camiones, en sus tolvas, en las grafías y los colores del sector industrial que rigen al Perú de hoy, al país que crece, que recibe lo nuevo, que muta, que muda de piel, que se reinventa a sí mismo.

Jorge Cabieses nació en Lima, en 1971. Estudió Pintura en Corriente Alterna.

Fricciones

Trabajó de joven unos años en carga aérea del aeropuerto. Esos años alimentaron aún más su ojo ansioso. Fue recién después que advirtió que fueron años de educación para el arte los que vivió en el Jorge Chávez. Cabieses sintetiza, en un ejercicio que no debe ser nada fácil, dada la exuberancia que existe a la mano. Esa síntesis a la que llega debe ser fruto de su propia ansiedad por buscar el orden en el caos. O, como él mismo argumenta, “a la liberación de cualquier asociación simbólica con la realidad. He intentado en esta ecuación cuajar un discreto sesgo crítico a lo pos-moderno, aquel que se dedica a sacralizar al fabricante de imágenes en desmedro de la imagen. El pintor mismo desaparece y el espectador, acostumbrado al discurso de lo figurativo, termina extraviado frente a la anulación de la historia y la reivindicación de lo esencial: la forma y el color”.

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¿Qué?… ¿Qué dijiste, Jorge? Esa fricción es una tercera imagen. Una imagen que no existe. Que él crea a partir de imágenes ya existentes y totalmente distintas entre sí. Es más una sensación que una imagen. Al enfrentar estos dos cuerpos de trabajo o estas dos gráficas dentro de una sola obra, Cabieses genera una tercera imagen que para cada espectador será distinta. No es ni una ni la otra. Es, en realidad, una no-imagen, que no podrás eludir. Que te golpeará, que te hará reír, que te molestará, que te incomodará. Que algo provocará en ti. Fue gracioso que una señora mayor se acercara a él en una muestra y le preguntara en tono de lamento: “¿Jorge, por qué le haces eso a esos lindos gobelinos?”. Esa era la fricción que él quería lograr. Como leí en alguno de sus catálogos, se trata de “una bancarrota simbólica de la imagen, expropiada radicalmente de su sentido”.

Cabieses es un espíritu desprejuiciado que va atrapando la geometría donde quiera que ella esté.

Me cuenta que la serigrafía le ha permitido movilizarse en una forma interesante. Que tiene varios cuerpos de trabajo, que puede desplazarse por distintas miradas y gamas de color. Dice no ser un artista “estable”, pero yo creo que lo es, pues los artistas estables están en constante cambio, en constante experimentación. Le aburre el artista que sigue siempre la misma receta. Por eso sus materiales son los más descabellados. ¿Acaso el Perú no es así, descabellado como sus materiales? ¿Acaso el Perú no significa contubernio, fricción, contraste, disonancia?

En el fondo parece existir el deseo de juntar lo incompatible, de decir que sí, que sí se puede convivir en la diferencia, que algo saldrá de esa juntura de dos cosas distintas, como la madera y el plástico.