La moda y los jubilados, drag queens y fisicoculturistas, camareros y vagabundos, el espíritu hedonista de una ciudad que, tras dos décadas de decadencia, volvió a la vida, todo plasmado en el libro “Miami Beach 1988-1995”.

Por Juan Carlos Gambirazio

El fotógrafo y cineasta Barry Lewis comenzó a documentar el ambiente de Miami Beach, al sur de Florida, a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Cada Navidad, Lewis viajó, desde Londres, hasta ese lugar y se dedicó a capturar en imágenes el emotivo renacimiento de esta ciudad que, tras décadas sometida al imperio de las drogas, la muerte y el peligro, encontró la brújula para regresar a sus raíces con la fortaleza innata de las urbes más grandes del mundo.

Noche de desenfreno en uno de los locales de
la ciudad

“A lo largo de Ocean Drive, lo que alguna vez fueron hoteles y bares virtualmente difuntos, ahora sonaba una mezcla de rock y música latina. Los convertibles clásicos recorrían lentamente la franja repleta de niños que agitaban botellas de champán y gritaban a los transeúntes, mientras que los fashionistas recién llegados se lanzaban a patinar por las calles”, relata el escritor y también fotógrafo Bill Hayes, quien hizo los honores de la introducción de este libro publicado por Hoxton Mini Press.
Nadie pudo escapar del lente de Lewis, y lo cierto es que, al parecer, nadie quizo hacerlo. Estrellas de cine y modelos se daban cita en la ciudad constantemente. El propio Gianni Versace jamás ocultó su amor por ella. Una jungla en la que convivían turistas, drag queens, nudistas y ‘locos’. El ojo de Lewis lo atrapó todo en este escenario en el que el papel protagónico parecía repartido por igual, incluso abarcando a oficiales de policía, fisicoculturistas y jubilados.

El puerto de Miami, distinguido por ser la capital mundial de los cruceros.

La gente se entrega a un baile frenético y constante, se desplaza por la playa, conduce limusinas, va y viene, patina, pasea a sus perros, transita con sus hurones, se entrega al sol con diminutos trajes de baño. Y es que esa época bien podría analizarse como una imagen con un efecto de transición que solo Lewis pudo explotar a cabalidad. Noches llenas de energía y desenfreno, de vértigo y liberación.

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La ciudad sin descanso

Es posible que la diversidad sea la característica que con mayor precisión puede definir lo que Miami Beach expuso tras sacudirse de la decadencia a la que fue sometida. Hayes recuerda que, a mediados de la década de 1970, un oficial local de homicidios bautizó a Miami Beach como “el lugar más peligroso de la Tierra”.
Bajo ninguna circunstacia el apelativo era gratuito, ya que el 25% de las muertes que se registraron en esta zona de los Estados Unidos se debió a disparos de ametralladoras, otro 15% fueron ejecuciones públicas y, claro, la mayoría de ellas estuvo vinculada directamente con el tráfico de drogas.
Para nadie es un secreto ese romance vertiginoso y mortal que la clase media estadounidense desarrolló con la cocaína en los setenta. Si a eso se le agrega que el 80% de esta droga llegaba casi de manera obligatoria a Miami, no hace falta esforzarse demasiado para acercarse a entender la realidad que se vivía por entonces.

Ejercicios matinales sobre la arena de la playa. El culto al cuerpo siempre ha sido uno de los componentes característicos de Miami Beach.

Resurgir de los escombros

Pero, con Miami Beach, ese adagio que empieza diciéndonos que no existe mal que dure cien años alcanza la más nostálgica de sus representaciones. Es ese resurgir el que Lewis registra, con toda la versatilidad de la prosperidad atropellada que llevó a la ciudad a recuperar su esencia de glamour y hedonismo clásico, un sello que jamás desapareció, pero que se vio obligado a aguardar dormido bajo el régimen de la calamidad, esperando paciente el momento ideal para recuperar lo suyo. “Los turistas regresaban, paseando por Ocean Drive y Washington Avenue, mezclándose con latinos, homosexuales, travestis, locos y niños que bailaban en la acera”, describe Hayes.

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El caso de Miami Beach no es el de una ciudad que viró de una realidad descontrolada a una coyuntura de calma y alejada de los excesos. Lo de esta ciudad es el renacimiento concebido como explosión en todos los ámbitos, destacando entre ellos la moda, el diseño y el estilo en general. Además, la fiesta se perpetuó en este espacio, con clubes nocturnos emblemáticos que son un auténtico homenaje permanente al desenfado y la libertad. Miami tuvo la capacidad de sacudirse de la guerra y la decadencia para ajustarse las riendas de la bohemia y exhibirla por todo lo alto con un sello sin precedentes.

Un domingo por la tarde en el bar de la playa Penrod, en 1st Street. Para combatir la temperatura, un festival de camisetas mojadas.

En South Beach, el buen gusto parece no tener una defición concreta y alcanza una naturaleza tan diversa que cualquier cosa puede suceder. Una energía que no conoce de límites es la que concentra esta ciudad y que encuentra en el arte de Barry Lewis un inmejorable instrumento de permanencia en la memoria histórica.

El calor  del fotógrafo

No sorprende que, en su momento, Barry Lewis haya decidido cambiar el frío de Londres por la humedad envolvente de Florida de manera habitual. Lewis, que originalmente era un profesor de química, fue testigo constante del momento histórico más importante de esta ciudad, esa etapa en la que este espacio decidió recuperar su estirpe y voltearle el partido al imperio de la corrupción, el narcotráfico y la delicuencia.

Jornada de surf en Miami Beach, con compañía canina desbordando estilo.

Con una presentación soberbia, encuadernado en tela y con 144 páginas, entre las que figura la introducción inmejorable de Bill Hayes, este material se erige como un tributo nostálgico a ese tránsito determinante hacia la locura de Miami Beach, partiendo del magnetismo de los personajes que Lewis eligió para relatar su experiencia y la historia de la propia ciudad.