“Tengo miedo, un escritor como usted va a sufrir mucho en el Perú”. Esta es una de las frases de su juventud que más recordaba Oswaldo Reynoso. El que se la dijo fue nada menos que Martín Adán. El poeta barranquino había leído Los inocentes y temía por la recepción que podía tener la atrevida obra del entonces aspirante a escritor. “No están preparados”, agregó. Pero él no se dejó amilanar por la sentencia del autor al que admiraba. Ese mismo día, en el mismo bar en el que se habían cruzado, Oswaldo regresó a la mesa en la que estaba con sus amigos, pidió una cerveza e hizo una promesa: “A mí nadie me va a doblegar”. Y nadie lo hizo.

La literatura peruana ha perdido a alguien muy importante. Porque, además de ser un escritor de exuberantes textos que buscaban siempre la belleza, Reynoso era también alguien a quien le preocupaba la difusión de la lectura y la escritura. Su alma docente, que labró dictando clases en salones de colegios y universidades, salía siempre a relucir. Era accesible si un muchacho lo buscaba para mostrarle sus escritos. Abría sus puertas si un grupo de estudiantes quería entrevistarlo. Se mostraba cercano cuando conversaba con una mesa llena de personas varias décadas menores que él. Nunca permitió que existiera una barrera entre él y sus lectores.

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Tanto le interesaba acercarse a su público que con frecuencia bromeaba diciendo que le gustaba sacar sus libros con editoras caras para después poder lanzarlos en versiones mucho más baratas. “Me pirateo a mí mismo”, aseguraba en las reuniones en las que nunca faltaba cerveza. Porque Oswaldo no sólo enseñaba a leer o escribir, sino que era también un maestro del buen vivir: sabía cocinar, le encantaba comer, viajaba cada vez que podía y nunca le decía que no a una cerveza. De hecho, uno de sus grandes consejos para los escritores era precisamente ese: “Vive, vive, vive. Vive plenamente. Porque, si no vives, ¿sobre qué chucha vas a escribir?

Y él hacía eso. Vivía como quería, tomaba lo que le provocase e iba adonde le diera la gana. Escribía sobre lo que quería y como quería, sin importarle que la crítica lo tildara de repugnante o vulgar. Jamás hubo comentario que pudiera doblegarlo. Pero sí hubo halagos que lo animaron, como los que recibió de parte de José María Arguedas. Mantuvo hasta el final la misma valentía con la que publicó en los sesenta un libro sobre un grupo de jóvenes marginales que iban sintiendo y reconociendo su despertar sexual.

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Siempre contestatario y fiel a sus ideas, aprovechó toda oportunidad para expresarse sobre la realidad política y literaria del país. Y lo hacía con la misma energía con la que asistía a ferias de todo el Perú con sus ejemplares en su propia maleta. Y con el mismo entusiasmo con el que iba a todos los juegos florales a los que lo invitaran. Así participaba como jurado en un concurso de narrativa organizado por una reconocida revista y atendía recitales en colegios ubicados en la periferia de Lima. Todo con una humildad sorprendente y una generosidad única.

Ahora nos hemos quedado sin eso. Ahora nos hemos quedado sin él. Ahora nuestra pena es más alta que toda nuestra inocencia junta.

Por Omar Mejía Yóplac

(Imagen abridora: Nadia Cruz)