Un día del 2013, un doctor le dijo a Vanessa Vásquez que le quedaban 48 horas de vida. Tenía 33 años y estaba en Tailandia de vacaciones. De la nada, se desmayó y apareció en un hospital. El diagnóstico: septicemia, una enfermedad que sobrecarga el sistema inmunológico y que mata a 8 millones de personas al año.

“Médicamente, estaba muy mal. Pero le dije al doctor que no me iba a morir”, recuerda Vanessa. Sobrevivió, luego de 12 largos días de internamiento, y pudo volver a Lima. Hace cuatro años es fundadora de Juguete Pendiente, una asociación sin fines de lucro dedicada a la gestión de proyectos solidarios para niños y adultos.

Vanessa Vásquez

Vanessa Vásquez, fundadora de juguete pendiente.

“Ese viaje cambió mi mundo. Me desperté y era otra persona”, afirma. Renació. Y de la muerte, surgió una nueva vida dedicada a salvar vidas. En lo que va del año, Juguete Pendiente ha llegado a 20 mil personas a través de 1500 voluntarios que siguen su ejemplo. “Me despierto sabiendo que alguien está recibiendo algo en alguna parte”.

Crédito: Estefanie Rentería

Labor

Crédito: Estefanie Rentería

Como cada martes, Vanessa llega a la sede del Hospital del Niño en San Borja. A medida que avanza por los pabellones, doctores y empleados la saludan con cariño. Pero son los niños quienes, al reconocerla, estiran los brazos y buscan conversar sobre cualquier cosa con ella.

Juguete Pendiente tiene un convenio para realizar labor social con este centro de salud. Su más reciente labor ha sido contactar a 13 artistas para que pinten las paredes y pasadizos del nosocomio con coloridos murales. “Se llama Pintar para sanar”, explica. “Es para que cuando los niños ingresen aquí, sientan que están en un cuarto de juegos y no en un hospital”, agrega. Muchas de las enfermedades que se tratan en el Hospital del Niño son complejas y los internamientos son por largos períodos.

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Juguete Pendiente también ha hecho voluntariado en el INEN y otros albergues de la ciudad. Además, cuenta con otras plataformas con las que busca implementar ludotecas y bibliotecas en colegios.

The Playground, por ejemplo, hace colectas de útiles escolares y diversos materiales de estudio para ofrecérselos a niños de bajos recursos. O The Street Store, con la que acopian ropa y la reparten en asentamientos humanos. “Previo censo”, aclara. Las poblaciones a las que llegan deben tener índices bajos de delincuencia y las familias ganas de salir adelante.

Juguete Pendiente ha realizado labores filantrópicas luego del incendio en Cantagallo y después de los recientes huaycos. Ahora, también están participando de las tareas de reconstrucción. “Queremos expandirnos a nivel nacional. Tenemos otros dos proyectos en mente para implementar el próximo año”, añade Vásquez.

Crédito: Estefanie Rentería

Justin Bieber, el donante

La noche del último 5 de abril fue especial para muchos niños y jóvenes, pero sobre todo para los voluntarios de Juguete Pendiente. Ese día, el polémico cantante Justin Bieber se presentó en Lima frente a miles de seguidores. Juguete Pendiente fue convocado por Move Concerts, la productora que trajo al canadiense, para recolectar víveres y ropa en la puerta del Estadio Nacional.

Al final del concierto, la cantidad recolectada fue una tonelada. Sin embargo, lo mejor vino una semana después. Vásquez recibió la llamada de los productores del show para anunciarle  Bieber había donado US$ 24,000 para la causa. El dinero será usado para la plataforma Recreo Fest, que se realizará en Huarmey y otros lugares afectados por los huaycos.

Meta

“Me ha tocado ver morir a gente cercana, niños y adultos”, se lamenta Vanessa. “Me falta aprender a sentir la muerte como algo más natural”, expresa. Sin embargo, son muchas más las personas a quienes ha salvado la vida. “El poder decir he ayudado a tanta gente y transmitir esperanza es una sensación única”, sostiene.

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Entre sus objetivos están hacer Juguete Pendiente más grande y seguir ayudando. Pero, sobre todo, algo más personal. “Yo solo quiero que me recuerden como la tía Vanessa. Eso resume todo”, dice, casi al borde de las lágrimas.

Por André Agurto