” Quizás, lo que está sucediendo en nuestra realidad dividida (y que se quiere pintar de absurdamente dualista) es que estamos confundiendo a esa malhadada clase A con la pituquería. Y allí la cosa se complica, porque no están separados en la estadística. “

Por Diego Molina Rey de Castro

 En nuestro actual gobierno revolucionario, la clase alta es el enemigo. Los opresores, los que se han quedado con todo. Mientras el Perú profundo, dueño de las riquezas, con nada. Mejor símbolo que cualquier twitt de Vladimir Cerrón de esta injusticia, sería la partidaria de Perú Libre gritándole a una asustada habitante frente al Golf de San Isidro “me voy a quedar con tu casa huevonaaa”. El terror a la expropiación velasquista aggiornado al Tik Tok.

Pero, ¿Qué significa ser de clase alta en el Perú? O estrato A, según el Instituto Nacional de Estadística e Informática. Según Ipsos en su informe “Perfiles socioeconómicos Perú 2019”, nivel socioeconómico (NSE) A equivale a ganar un ingreso promedio mensual de S/ 12,660. Tener casa con pisos de parquet o madera pulida. El jefe de hogar tiene 56 años, carrera universitaria, y el 60% trabaja en una empresa. En total, conforman el 2% del país. Para el Instituto Peruano de Economía, ganan $62 diarios per cápita. Definitivamente, una mejor calidad de vida que los S/2,480 mensual de una familia del sector D, o los S/1,300 del E, pero eso no los convierte en los malvados ladrones de los pobres.

Entonces, la clase A o alta, está básicamente representada por trabajadores profesionales dependientes. No son ellos los dueños de las grandes empresas y no solo están en Lima. Además, en un país informal y complejamente cultural como el nuestro, la cosa es más difícil de medir: un minero de oro informal en Puno, Arequipa o en Madre de Dios no tiene piso de parquet, pero no hay que ser vidente para saber que gana más de S/12,660 y que no hay forma de saberlo. En este país, nada es lo que parece.

Lea también:  ¿Cuánto dura la protección que ofrecen las vacunas contra el COVID-19?

Quizás, lo que está sucediendo en nuestra realidad dividida (y que se quiere pintar de absurdamente dualista) es que estamos confundiendo a esa malhadada clase A con la pituquería. Y allí la cosa se complica, porque no están separados en la estadística. La pituquería incluiría a dueños de grandes empresas, o profesionales de sueldos espectaculares, con ingresos muy superiores al NSE A. Culturalmente, también tendrían a una, venida a menos, clase aristocrática que está presente también en provincias.

Pero el clásico ejemplo de la pituquería se daría en Lima. Gentes de colegios anglófilos, con chofer, casas interminables donde el Sol nunca se pone como el reino de Felipe II. Departamento en Miami, Nueva York. Bote en Ancón. Eso que no se compra con US$62 diarios.

Pero no hay que olvidar al reino de ayayeros serviles que rodean a aquella pituquería. Verdaderos herederos de una tradición virreinal capitalina que se mantiene incólume hasta hoy. “Mis amigos del Markham”, “mi prima del Roosevelt” son frases que los delatan en su anhelo parasitario. Son los primeros en preguntar “de qué colegio eres” o “en qué distrito vives”. Acaso los más clasistas, en benemérito de lo que quisieran poder ser. Y ellos pueden ser de cualquier NSE. Lo que los diferencia es una actitud que hace ruido, especialmente en las redes sociales, no sus ingresos.

Y ante todo esto, una interrogante: ¿a qué clase pertenece el señor Cerrón? Gracias a la fiscalía, sabemos que le encanta la comodidad y el Whiskey Johnny Walker etiqueta azul (S/1,200 la botella, el sueldo mensual del sector E que representa). Y que su local partidario es una especie de happening o performance artístico de su amada la lucha de clases, con los partidarios de Perú Libre en el piso de abajo, durmiendo apiñados en viejos colchones y él, arriba, siempre arriba, con un drink meditando que todo es ilusorio salvo el poder. En la revolución, nadie sabe lo que siente el líder.

Lea también:  ¿Cómo se vive el Pride Day en otras partes del mundo?

El gobierno debería reflexionar sobre quiénes componen la clase alta, que no son más que familias de profesionales que pagan sus impuestos. Quizás, lo que falta a las empresas de estadísticas y al actual gobierno es enfocarse en nuevos NSE: la pituquería, los informales millonarios y el séquito de ayayeros. A los primeros subirles los impuestos, a los segundos formalizarlos y cobrarles lo que nunca han pagado; y, a los terceros, comprarles un pasaje de ida, sin posibilidad de regreso, a Miami.

Suscríbase ahora para obtener 12 ediciones de Cosas y Casas por solo 185 soles. Además de envío a domicilio gratuito y acceso instantáneo gratuito a las ediciones digitales.