Acaban de mudarse y es la primera vez que se reúnen en la sala de la oficina nueva. Patricia Llosa y Rodolfo Cortegana descubren el ruido de la avenida sanisidrina. Patricia lo comenta mientras cierra las ventanas. Sin embargo, el sonido de la ciudad es acertada música de fondo para la conversación, porque esta se inicia con dos preguntas que han sido fundamentales para la dupla de arquitectos: ¿Cómo se habita una vivienda en términos que no sean citadinos? ¿Qué es lo que cambia en el modo de vivir cuando se está a kilómetros de la casa urbana? Si el borde de la ciudad impregna el ambiente con brisa marina, con olor a costa y con promesa de libertad, desde hace varios años la dupla de arquitectos viene reflexionando sobre la experiencia real de una casa en la playa. Sobre ciertas formas implícitas que se han impuesto, y que no necesariamente generan la dinámica más acertada.

La Casa P se vuelca hacia un ángulo abierto, así permite ver el mar desde todas sus habitaciones.

La Casa P se vuelca hacia un ángulo abierto, así permite ver el mar desde todas sus habitaciones.

Desde su estudio, las preguntas atraviesan la ciudad de la furia: ¿Cuáles son las circunstancias de cada proyecto? ¿Cuál será la relación con el entorno? ¿Cómo materializar la búsqueda de libertad? El diseño de dos proyectos, la Casa P y La Caleta, los encontró formulándose estas preguntas. Pese a las diferentes circunstancias de cada proyecto –su ubicación, su paisaje cercano, y las necesidades de sus propietarios– existe una continuidad en ambos, determinada por la búsqueda de la mejor manera de vivir la experiencia costera. Las respuestas a sus preguntas de partida se alzan hoy sobre la orilla, a las afueras de Lima.

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La Casa P

El terreno se encontraba en la periferia de la urbanización, apartado del resto de casas, como esperando solitario sobre una colina. A un lado, un parque proyectado asegura que esta distinción continuará. La casa tiene una relación visual con el mar y la bahía de Pucusana, pero físicamente está lejos de la orilla. Es más, desde su terraza la orilla nunca se ve. Solo el horizonte, siempre.

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La cocina es un espacio medular en la Casa P, que se une a la rampa de ingreso por un lado y al área social por otro. A diferencia de La Caleta, la Casa P tiene un exterior abierto y fragmentado.

La cocina es un espacio medular en la Casa P, que se une a la rampa de ingreso por un lado y al área social por otro. A diferencia de La Caleta, la Casa P tiene un exterior abierto y fragmentado.

Desde la fachada se evidencia que es una casa abierta. Su frente está fragmentado por una rampa a través de la cual se ingresa. Para mejorar su horizonte, toda ella se abre hacia un ángulo lateral, volcándose sobre una esquina abierta que permite mayor visibilidad. Existen dos situaciones paralelas que abrazan la edificación, dándole aire y espacio: por un lado el corredor que se convierte en patio lateral y que da a los dormitorios; por el otro, un segundo corredor que une la terraza con la rampa de ingreso.

Dentro de la casa, ya en el área social, los arquitectos juegan con la idea de ambientes que se abren y cierran: el comedor, la sala y la piscina pueden convertirse en un gran espacio exterior, o pueden seccionarse a través de mamparas que se esconden por completo en los muros. No muy lejos, la cocina es un espacio involucrado con el resto de la casa: no tiene límites con la rampa de ingreso ni con el área social. Puede cerrarse, si se requiere, pero nunca se oculta. Está expuesta.

El uso de color fue un pedido de los propietarios. Un deseo que aportó mucho al proyecto, afirman los arquitectos.

El uso de color fue un pedido de los propietarios. Un deseo que aportó mucho al proyecto, afirman los arquitectos.

“Necesitas cierto poder de convencimiento para que la familia propietaria compre esta emoción que planteas cuando haces un proyecto”, reflexiona Cortegana. Los propietarios de la Casa P resultaron ser una familia muy flexible en su manera de habitar su casa. “Viven de una manera más libre”, interviene Llosa. “Por ejemplo, la implantación de color se debió a un deseo del cliente y quedó muy bien. Sin su aporte, quizás no hubiésemos tomado esa decisión”. Aunque no siempre sucede, continúa Llosa, “es interesante cuando los clientes están dispuestos a indagar contigo”.

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Pero ¿qué pasa cuando el cliente al que se tiene que satisfacer es uno mismo? ¿Puede diseñarse la propia idea de libertad?
La Caleta

Esta casa se encuentra en la nueva urbanización de una playa con más de cuatro décadas de historia. Este balneario no sigue el modelo del condominio de Asia, sino que ha ido creciendo de manera espontánea, adaptándose al cerro. La particularidad de este lote es que no da frente al mar. Su presencia se siente de manera transversal, pero el paisaje principal es un bosque de eucaliptos. Ahí Patricia Llosa decidió levantar su casa. El diseño, por supuesto, estuvo a cargo de ella y de Cortegana.

La Caleta, pese a ser una casa absolutamente abierta en sus espacios interiores, se protege por fuera a través de bloques cerrados de cemento y concreto.

La Caleta, pese a ser una casa absolutamente abierta en sus espacios interiores, se protege por fuera a través de bloques cerrados de cemento y concreto.

“El mar es el paisaje idealizado, pero no es el paisaje real en la mayoría de playas, donde solo las casas de las primeras filas lo pueden ver”, reflexiona la arquitecta. “Quisimos pensar la casa en relación con ese paisaje posible”, interviene Cortegana. “Y al mismo tiempo establecer las condiciones que esta imponía debido a su lejanía del mar, para que su uso siga siendo prolongado y fresco, a la vez que permite la vivencia de la playa”. Ese fue su punto de partida.

Ya en su proyecto anterior, la Casa P, se habían propuesto conseguir una mejor funcionalidad del espacio, y una relación distinta entre lo interno y lo externo. “Notamos una tipología que se repite mucho en las playas, donde la sala y el comedor se trasladan casi de manera literal del interior al exterior. Se duplican. Se repite incluso en casas y departamentos de Lima”, afirma Patricia Llosa. “Queríamos hacer más eficiente y diferente el uso de la vivienda de playa”, dice, por su lado, Cortegana. En La Caleta, el área social reposa bajo un techo que se apoya sobre los muros, y en el que se deja una abertura para que entre el cielo y para que la casa nunca esté totalmente cerrada. Las mamparas se pierden por completo en los muros, y se unen la sala, el comedor y la terraza. El resultado es un solo espacio, interior y exterior a la vez. Una casa sin bordes, sin límites. Libre.

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En La Caleta el espacio social es uno solo, y en él se pierde el límite entre interior y exterior. El muro de las escaleras se levanta para poner de manifiesto un nuevo recorrido, y eso permite que entre luz a la parte privada de la casa.

En La Caleta el espacio social es uno solo, y en él se pierde el límite entre interior y exterior. El muro de las escaleras se levanta para poner de manifiesto un nuevo recorrido, y eso permite que entre luz a la parte privada de la casa.

Pero la excesiva libertad puede convertirse en una carga. “Hasta cierto punto uno termina siendo juez y parte. Es un reto más importante”, piensa Patricia Llosa sobre la experiencia de diseñar la propia casa. Por lo general, la confrontación entre diseño y cliente se da una vez presentado el proyecto. En el caso de La Caleta, ese proceso se fue dando en tiempo real: mientras diseñaban, confrontaban ideas. Pero, en el fondo, para Rodolfo Cortegana las libertades del arquitecto frente a su casa son las mismas que las de cualquier otro cliente. “Porque hay cosas que no te gustan y que no vas a hacer ni aunque seas tú quien diseñe la casa”, finaliza.

Texto: Rebeca Vaisman           Fotos: Juan Solano