Entre amenazas terroristas, diluvios bíblicos, protestas políticas, revueltas sociales y turbas de turistas, la vida en París, en el último tiempo, no ha sido la más agradable. Confundidos, inquietos y preocupados por el futuro, los parisinos insisten, sin embargo, en llevar adelante un estilo de vida que adoran y que el resto del mundo envidia, pero ahora, quizá, en forma más discreta y recogida.

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Algo similar ha ocurrido en el mundo de la moda, como quedó claro durante la reciente Semana de la Alta Costura. Durante la presentación de las colecciones de Otoño 2016-17, todo fue más íntimo y personal; casi privado, podría decirse. Esto no se debe únicamente al oscuro ánimo en París, sino también a que la moda ha comenzado a mostrar evidentes signos de agotamiento. La rapidez de las colecciones, la infinita curiosidad de la prensa y el público, la presión de los compradores, y la voracidad de una clientela acostumbrada a no esperar ni un segundo por lo que quiere, se han convertido en una pesadilla para la industria. Algo tenía que pasar. Y al menos en París, en la alta costura, algo pasó.

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Unas semanas antes del comienzo de los desfiles y después de cuatro años de costosas renovaciones, el Hotel Ritz de París abrió nuevamente sus doradas puertas. “Abrir” quizás no sea la palabra más adecuada, considerando que este oasis para ricos y famosos en el corazón de la Place Vendôme es célebre por su capacidad para mantener a intrusos y curiosos puertas afuera. El nuevo Ritz, en ese sentido, es muy parecido al viejo Ritz.

Exclusividad y elegancia que lo ha hecho favorito del “fashion set” por décadas –Coco Chanel vivió allí durante 35 años–. El general manager del hotel, Christian Boyens, anunció muy orgulloso que durante la Semana de la Alta Costura todas sus piezas estaban reservadas, lo que a un promedio de mil dólares por noche no deja de ser una hazaña.

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Otro signo de los nuevos tiempos fue el recato con que algunas de las marcas de couture más importantes mostraron su trabajo. Chanel, nuevamente, marcó la pauta presentando una espectacular colección en el Grand Palais, que a diferencia de los hiperbólicos escenarios del pasado (¡Un aeropuerto! ¡Un casino! ¡Un supermercado!), esta vez fue reducido al tamaño de un atelier con las propias “petite mains” de la maison como estrellas principales. Grace Coddington, Lauren Santo Domingo, Milla Jovovich y su hija, e Ines de la Fressange estuvieron en la primera fila, observando a las modelos pasearse por entre tijeras y maniquís. El efecto fue deliciosamente íntimo.

Algo similar ocurrió con Christian Dior, pues quedaron atrás los monumentales sets preferidos por su ex director creativo, Raf Simons, dando paso a un show pequeño y, por lo mismo, aún más lujoso montado en los salones couture de la casa en la Avenue Montaigne. Carine Roitfeld, Celine Dion, Marion Cotillard, Dasha Zhukova y Natalia Vodianova estuvieron entre los invitados que llegaron a admirar los diseños de Lucie Meier y Serge Ruffieux, a cargo de la colección en forma interina hasta el reciente nombramiento de Maria Grazia Chiuri, parte del dúo de creadores de Valentino, como reemplazo de Simons.

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Quizás atraídos por esta nueva atmósfera de intimidad, dos de las máximas estrellas francesas del pasado hicieron su aparición: Johnny Hallyday, el ‘Elvis francés’, quien junto a su ex mujer Sylvie Vartan, se convirtió en  máximo exponente del estilo parisino en los setenta, e Isabelle Adjani, la bellísima actriz, ex de Daniel Day-Lewis, que salió de su autoimpuesto ostracismo envuelta en una larga túnica, con un abrigo de seda, sombrero y anteojos oscuros.

La semana culminó con la Vogue Foundation Gala, que en apenas tres años se ha convertido en la fiesta más anticipada de París durante la Semana de la Alta Costura, y que es organizada para recaudar fondos para el Palais Galliera, el museo de la moda de la ciudad. Vanessa Paradis, Irina Shayk, Gabriel-Kane Day-Lewis y Mario Testino admiraron el espectacular decorado de la celebración, todo supervisado por Emmanuelle Alt, directora de  la edición francesa de “Vogue”, y Olivier Saillard, director del museo. Caroline de Maigret, que el día anterior había sido nombrada embajadora oficial de Chanel, llegó vestida en Chanel, por supuesto, y Bella Hadid, que está sucediendo rápidamente a su hermana Gigi como la modelo más codiciada del momento, apareció en un delicado vestido rosado con paillettes de Givenchy.

Por Manuel Santelices

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