De la sastrería contemporánea al streetwear, pasando por moda sostenible y trabajo con comunidades artesanas, estas marcas —Estrafalario, Agustina, Glonis, Emma y Sastre— muestran cómo una nueva generación está reinterpretando el diseño peruano con identidad, técnica y proyección internacional. 

Por Micaela Simón y Alessia Carboni 

Estrafalario

“Significa raro, ridículo”. Valery Zevallos lo dice sin suavizarlo. Así decidió llamar a su marca cuando tenía 21 años. La marca Estrafalario nació como una estrategia de branding: “si vas a usar algo fuera de lo común, o vas a ser una persona diferente, tienes que llevarlo con mucha actitud”.

Su relación con la moda empezó antes de estudiar diseño. En el colegio intervenía su propia ropa porque no tenía un clóset infinito para armar looks distintos. Desarmaba prendas, las modificaba, las volvía a coser. Sin saberlo, ya practicaba lo que hoy se conoce como upcycling: transformar piezas existentes —muchas veces descartadas— en algo nuevo y con mayor valor. “Me encantaba intervenir mis piezas”, recuerda.

Valery convierte lo “raro” en identidad, y el upcycling, en declaración.

Más adelante estudió administración, pero el impulso creativo terminó imponiéndose. Lanzó la marca en Arequipa, abrió showrooms y luego se mudó a Lima para estudiar diseño de moda. En 2016, durante un concurso de moda sostenible en París, algo cambió. “Se me quitó la venda de los ojos”.

Valery descubrió la explotación laboral y ambiental detrás de la industria que antes asociaba sólo con glamour. Cerró la marca por un tiempo y la relanzó con lineamientos socioambientales.

Camisa Jardín de Estrafalario.

Desde entonces, su proceso cambió radicalmente. Valery dejó de diseñar desde un ideal para empezar desde lo que ya existía: prendas de segundo uso, camisas desarmadas y saldos textiles de la industria. “Puedes tener una cosa en tu cabeza, pero mientras la vas trabajando tienes que empezar a adaptarte”.

En esa búsqueda llegó al penal de mujeres a través del programa Cárceles Productivas. Empezó enseñando crochet. “Yo quería hacer ropa, pero como vi que ellas solo podían hacer aretes me tuve que adaptar”. Con el tiempo, el equipo creció, se capacitó en confección y patronaje, y el producto evolucionó junto con ellas.

Hoy Estrafalario ha expuesto en semanas de la moda en París y Milán y vende en mercados como Japón, Dubái y Reino Unido.

“Creo que estos logros han llegado porque desarrollamos una propuesta diferente: no solo hacemos prendas bonitas, sino que diseñamos ecosistemas y alianzas que impactan en la vida de otras mujeres. Esa mirada, especialmente en un contexto como Latinoamérica, es lo que nos ha abierto camino a nivel internacional”.

Agustina

“Fue un acto de identidad”, recuerda Griela Pérez sobre los inicios de su marca Agustina. En un Cusco donde las polleras tradicionales de las mujeres andinas empezaban a desaparecer, decidió vestir a su hija con bordados y tejidos hechos por artesanas locales.

“Yo propongo un diseño que dialoga con la cultura, la historia y las comunidades artesanas. No utilizamos el diseño como adorno, sino como la base central de nuestras piezas”, explica. Para Griela, el bordado, el tejido y el trabajo manual son la manera de mantener vivos conocimientos que podrían perderse. “La moda hay que volver a hacerla bien. Lenta como antes”.

Griela transforma el bordado cusqueño en una afirmación de identidad contemporánea a través de Agustina.

Su trabajo más reciente, KIPA, explora la costa peruana, en lugares como Pucusana y el sur de Lima.

“No son sólo colecciones. Son investigaciones del territorio. La propuesta surge de observar el paisaje, los oficios y las energías complementarias: lo femenino y lo masculino, la protección y la continuidad”. Cada pieza busca traducir experiencias, memoria y cultura en algo que se pueda llevar puesto.

Yuraq Vest de Agustina.

Trabajar desde Lima también implicó confrontar la velocidad de la ciudad. “Nunca había honrado mi presencia en Lima. Es acelerada, todo pasa tan rápido, pero hay que aprender a abrazarla”. Colaborar con artesanas en Manchay, explorar materiales como el cuero de corvina BIARŌH y asumir riesgos formó parte del proceso. “Apostar por una narrativa realmente costera ha sido arriesgado, pero necesario”.

Diseñar desde Perú, según Griela, es un privilegio y una responsabilidad: “Vivimos en un territorio con casi cuatro mil años de historia y lo olvidamos. Abracemos nuestra cultura, porque es lo único que realmente nos pertenece”.

Glonis

El streetwear —una corriente vinculada a la cultura urbana, el skate y la música— se ha convertido en un lenguaje global. En Perú, su crecimiento ha sido evidente en los últimos años, aunque muchas veces se traduce en replicar códigos globales. En ese escenario surge Glonis, una marca fundada en 2020 por las hermanas Heydi, Paola y Nataly Ventocilla.

“No se trata solo de hacer ropa ancha”, dice Heydi, quien lidera la dirección de la marca junto a sus hermanas. “Tiene que haber intención detrás”. La necesidad fue personal antes que estratégica. Buscaban prendas oversized que realmente respondieran a cómo querían vestirse: proporciones amplias, sí, pero con caída precisa, peso adecuado y carácter.

Heydi usando su conjunto de Glonis junto con zapatillas de Salomon.

Glonis no funciona bajo la lógica del diseñador–autor. La dirección es compartida y Heydi cumple un rol articulador: supervisa, cuestiona y alinea cada colección para mantener coherencia. Crecieron viendo a su madre trabajar en confección, entendiendo patrones, pruebas y ajustes. Esa cercanía con el proceso productivo les dio conciencia técnica desde el inicio.

La marca trabaja desde la construcción de la silueta y la narrativa, desarrollando gráficos propios y ajustando moldes hasta encontrar la proporción exacta. Cuando Heydi habla de los cortes de los jeans, se refiere a decisiones técnicas específicas: la altura del tiro, la amplitud de la pierna y el largo que define cómo cae la prenda sobre la zapatilla.

Winning Blue Tee de Glonis.

Heydi reconoce que el crecimiento del streetwear en Perú también implica un desafío. “Es fácil caer en hacer lo que sabemos que vende o lo que está de moda afuera. Pero si no hay una intención clara, la prenda se vuelve una más”.

Sastre

Perfectamente imperfecto”. Sebastián Granda lo dice entre risas, como si fuera el mantra de alguien que dejó atrás su carrera como abogado corporativo para crear algo propio. Fundador de Sastre, una marca que reinventa la sastrería masculina, empezó el proyecto como una forma de canalizar su hiperactividad creativa.

Sebastián redefine la sastrería masculina en Sastre con estructuras precisas y un giro lúdico que rompe la rigidez clásica.

Sastre toma la tradición sastrera y la desarma para hacerla más viva. Rescata lo elegante, lo artesanal y el detalle, pero juega con estructuras, telas y funcionalidades para crear prendas pensadas para la vida real. Es una propuesta que mezcla joie de vivre, dirección creativa y brand management, sin encasillarse en lo puramente fashion.

Camisa de Sastre.

Aunque Sebastián no se define estrictamente como diseñador, disfruta el proceso de construir algo propio. Mientras consolida una línea ready-to-wear, sigue expandiendo su universo creativo.

No hay un solo momento clave en la historia de Sastre, pero Sebastián recuerda dos: el día que cantó en público con su banda Los Sastres, y cuando renunció a su trabajo corporativo para dedicarse full time a la marca. “Todos los días son clave; mañana más que hoy”.

Griela y Heydi usando sets de sus marcas junto con sus zapatillas Salomon.

Producción: Manuel Chempén

Fotografía y Edición: Midchel Meza

Videógrafo: Víctor Ruiz

Maquillaje y Peinado: Natura

Agradecimientos: Salomon, Natura y Espacio Mendiburu.

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