Pamela Rodríguez podría ser un vendaval. O una escena de teatro testimonial. Es música y le tocó nacer en el Perú. Tiene una hija de nueve años, un embarazo de seis meses y un novio gallego. Los proyectos (discos, empresas, canciones) no la abandonan. Viaja entre Lima y La Coruña. ¿Qué pasa con sus nuevos días?

Por Manolo Bonilla | Fotos de Paolo Rally | Dirección de Arte de Gonzalo Miñano 

Pamela Rodriguez

A los 35 años, la cantante y empresaria peruana espera la llegada de Lila.

Una tarde de verano, Pamela Rodríguez –música, treinta y cinco años, panzona de seis meses, empresaria– anunció que ya no puede ser romántica. Que, en algún punto de su vida, se le acabó. Que, ahora, era más bien cínica. Como si las cínicas no sirvieran para el oficio de ser mujer en Lima. Luego, envuelta en una túnica negra y los pelos sujetos apenas por un moño, estalló en risas mientras se retorcía sobre un sillón de su departamento en Barranco. Hay algo en la personalidad de Pamela que habla de esa eterna chica díscola. La cantautora irreverente. La que sale a la calle sin sostén. La que provoca con un videoclip donde se lucen pezones de hombres sin censura. La que escribía columnas sobre sexualidad, feminismo y la hipocresía limeña. La que cambia de peinado y de look con las temporadas. La que coqueteó con los Premios Grammy. La que inauguró una cadena de tiendas orgánicas de productos sanos.

Pamela Rodríguez

“Hago lo mejor que puedo con Luana. Y, dentro de mi esfuerzo, tengo aciertos y errores”, cuenta.

Hace siete años, su entusiasmo oscilaba entre las composiciones y las peripecias de abrir una disquera independiente en el Perú. Por supuesto, Luana, su hija, tenía entonces casi tres años y dominaba gran parte de sus días. Pero había algo en su risa nerviosa, su carcajada, que, en realidad, delataba eso que ahora celebra: sus ganas de probar, de arriesgarse.

Pamela Rodríguez

En esta etapa de su vida, Pamela está acompañada por su novio, el empresario Ton Pernas.

Hoy está embarazada de Lila. La acompaña en esta etapa su novio, el empresario Ton Pernas, hijo del famoso diseñador gallego Antonio Pernas. Ton asistió a un colegio en Suiza, creció en el seno de una de las casas de moda más prestigiosas de España, a los dieciocho años ya asistía a las Semanas de la Moda de París, Milán y Tokio, luego acompañaba a su padre en la administración de las tiendas y almacenes de la marca familiar, los viajes por el mundo, la relativa fama y las novias modelos. “Un percentil más y es un sacerdote zen. Esa espiral en la que vivió desde niño nunca lo mareó”, describe Pamela y habla del terroir de los hombres en La Coruña (el papá de Luana, Raúl, también nació allí). Dice que son tranquilos, que viven sin complicarse, ni pavonear, que se alegran con lo esencial. Casi casi, españoles nórdicos.

Pamela Rodríguez

“Un percentil más y es un sacerdote zen”, dice Pamela sobre Ton.

Certezas

La maternidad es un nuevo proceso, que la toma con más certezas que miedos (por ejemplo, saber que durante nueve meses tiene derecho a quejarse de todos los cambios físicos que volverá a experimentar). “Me he quejado como un animal de la falta de energía. Pero eso tampoco quita que sea cool cuando siento sus patadas. Es un milagro esto de dar vida. Porque te enfrentas a este amor inmenso, de querer a un hijo de manera incondicional”, dice Pamela. En el embarazo de Luana, aparecieron miedos que eran más egoístas y hasta materiales. “Sentir que, luego, con la celulitis y todo lo demás, sería menos deseable, que, de alguna manera, perdía la garantía”, dice y la carcajada, de vuelta.

Pamela Rodríguez

Pamela Rodríguez y su hija Luana, de 9 años.

Padres

Antes, durante su adolescencia, fue más idealista (pero siempre supo que si tenía hijas, las llamaría Luana, Lila, Catalina o Fiona). Pensaba que la vida era más fácil. Emprender una carrera musical, ser mamá, el amor, crecer; en general, todo. Con el tiempo, entendió que las personas deben vivir tranquilas con los círculos, virtuosos y defectuosos, que les tocaron. Para ella, se trata de aprender a lidiar con eso. Si agradece algo de su experiencia de vida, es que la honestidad se ha instaurado en todas sus relaciones. Eso, y haber aprendido a amar sus cicatrices.

Pamela Rodríguez

“La vida no es sencilla. Hay gente mala, pero tienes que pararte, porque todo continúa”.

“Tengo mejor relación con mis padres que en toda mi vida”, dice Pamela. Reconoce que nadie está ahí como la familia. Durante su relación, y con los años, vivieron en un sube y baja constante, discutiendo por tonterías. “Ahora he dejado de juzgarlos tanto. Con mi edad, no le puedo trasladar ninguna responsabilidad a nadie. Lo que está en mi territorio vital, es mío. Mi mamá hizo lo mejor que pudo, así como yo lo hago con Luana. Y dentro de mi mejor esfuerzo, tengo aciertos y errores”. De pronto, en la sala del departamento aparece Luana, veraniega y sonriente, y dice: “Yo no voy a aparecer en las fotos, ¿no?”.

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Creación de mamá

Hay una escena en “Criadero”, la obra de teatro testimonial de Mariana de Althaus, en la que la actriz Alejandra Guerra se mueve como si fuera una muñeca de ventrílocuo, azotada por las responsabilidades de ser mujer: trabajar, llevar a los niños, ir al gimnasio, preparar la lonchera, amar, cuidar, tener sexo, hundirse, agobiarse, volver a levantarse.

Pamela Rodríguez

“Lila trae una inspiración para nosotros. La de plasmar el mundo que queremos ver”, dice Pamela.

En el caso de Pamela: un disco, una apertura de tienda, los viajes, las canciones. Para ella, la maternidad y la familia nunca han estado reñidas con sacar proyectos. Es una mamá empresaria, con un poco de heroísmo necesario. “La vida no es sencilla. Hay gente mala, no toda es buena. Me ha tocado conocerlas, pero no te puedes tirar al piso a llorar. Tienes que pararte, porque la vida continúa. Aprender a mirarlas y dejar de pulirlas como una foto que subes a Instagram”. Pamela Rodríguez dijo que no podía ser romántica, tampoco cínica. Pero sí habla con honestidad brutal, sobre todo, cuando dice que ha entendido que una vida sosegada es tener conciencia y una visión estratégica. “Saber ver dónde está el terreno rocoso, dónde los corales y hasta dónde se extiende el mar. Cada vez voy entendiendo más que mi felicidad camina por ahí”.