Ribeyro, De Szyszlo y Vargas Llosa son marcas culturales registradas en el Perú y el mundo. ¿Cómo viven los hijos de tres grandes artistas peruanos? ¿Cuán opacados han sido por sus padres? ¿Cómo transcurren sus vidas? Aquí las confesiones de Julio, Vicente y Álvaro.

Por Alfredo Pomareda / Foto de Álex Bryce

Julio Ribeyro Cordero

En 1978, en Miraflores. Julio en casa de Mercedes Ribeyro, hermana de Julio Ramón.

Una tarde de 1977, Julio Ribeyro ardía. Ahí estaba el pequeño Julito, de nueve años, jugando con goma y con fósforos en la terraza del departamento parisino de Alfredo Bryce Echenique. Su padre, un distraído crónico, lo había descuidado unos segundos. ¿Qué hablarían Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce Echenique aquella vez? Imposible saberlo. Julio Ribeyro Cordero, el único hijo del mejor cuentista que ha visto el Perú, solo recuerda su camiseta en llamas y la cara de espanto de su papá, quien al instante se abalanzó hacia él y le arrancó el polo. “Se quemó las manos”, recuerda Julio. Esas breves y pavorosas imágenes permanecen intactas en su memoria y es la primera vez que habla de ellas.

Julio Ribeyro hoy vive en París, es director de fotografía graduado en la London International Film School, ha participado en más de veinte películas, ha ganado premios, ha realizado comerciales y programas de televisión en Europa. Allá pocos se molestan en preguntarle sobre su padre. “Mis amigos en Francia llegaban a mi casa y miraban el fútbol con él. No tenían conciencia de la figura de mi padre en el Perú”, dice. Durante muchos años, en nuestro país, Julio Ribeyro fue nada más que el hijo del notable Julio Ramón. Era como ser el hijo de Maradona en Argentina.

Julio Ribeyro Cordero

Julio Ribeyro Cordero, único hijo de Julio Ramón, vive en París. Es director de fotografía graduado en la London International Film School.

En Google en español aparecen 340 mil resultados al buscar las palabras Julio Ribeyro, y en las primeras veinte páginas el centro es Julio Ramón, su padre. A Julio eso no le molesta; al contrario, le produce orgullo. Quizás, a veces, le desagrada que la gente le pregunte demasiado sobre los secretos de los Ribeyro. “Si tengo una relación con alguien y todo gira alrededor de mi padre, le digo: ‘Pues mira, ¿sabes?, yo también tengo una vida, una profesión y hago cosas’”, dice Julio, sonriente, y agrega que “es una suerte haber vivido en Francia y estar aislado de todo”.

Julio está en Lima por unos días, investigando para uno de sus proyectos cinematográficos. Cuando llega al Perú se aloja en el departamento que heredó de su padre, en Barranco, frente al mar. Allí Julio Ramón pasó sus últimos días, antes de morir de cáncer. El último encuentro entre ambos precisamente se dio en Lima, a finales de 1993. Julio había llegado a la capital para ver a su papá, quien entonces estaba internado en el hospital.

Julio Ribeyro Cordero

Julio Ramón y Julito, en 1983, practicando boxeo en su departamento en París.

Julio estaba emocionado porque en España lo habían convocado para rodar su primera película. Se llamaba “Puro veneno”. Tenía el guión en sus manos y quería mostrárselo a su padre. “Oye, papá, míralo y dame una opinión del guion de la historia”, le dijo. “Yo estaba orgulloso y quería decirle: ‘Mira, he conseguido esto’”. Julio Ramón estaba muy mal de salud, pero aun así “tuvo la gentileza de hacer el esfuerzo de leerlo, aunque ya no tenía las fuerzas para acabarlo”.

“No tenía una relación con mi padre en la cual necesitase su aprobación, o impresionarlo con algo artístico. Solo quería compartir algo con él”, cuenta Julio. Al año siguiente, en 1994, Julio Ribeyro hijo empezó a construir una historia propia como artista. El 4 de diciembre de ese año murió su padre, solo días antes de recibir el Juan Rulfo, el premio de literatura más importante de Latinoamérica por aquel entonces.

“Los personajes que existen en sus cuentos son claramente perdedores sin porvenir. Mi padre trabajaba en la Unesco, tenía una familia y como artista era muy reconocido”, dice Julio. Le desagrada que muchos definan a su papá como el melancólico del cuento “Solo para fumadores” o el de su diario “La tentación del fracaso”. Pocos lo saben, pero Julio Ramón Ribeyro fue un hombre que vivió a tope, disfrutó junto a su hijo, vivió con él los primeros veintiún años de su vida y le enseñó París.

Han pasado veinticuatro años de la muerte de Julio Ramón Ribeyro y su heredero ha empezado a sentir, por primera vez, que a su padre lo han empezado a olvidar, sobre todo en Lima. “Cuando doy mi apellido, cada vez menos gente lo reconoce. Nueve de cada diez personas no saben escribirlo. En una época, cuando decía Ribeyro, todos lo reconocían. Eso no me preocupa con relación a la fama, sino a la obra. El escritor muerto es aquel al que no leen”, sentencia Julio.

Se siente responsable de la obra de su padre. Tiene que mantenerla viva, pero a veces no sabe cómo. Por la única razón que ha concedido esta entrevista es para que se recuerde al gran escritor Julio Ramón Ribeyro, y sobre todo para que aquellos que nunca lo han leído tengan la dicha de descubrir sus libros.

“¿Por qué escribo? Para crear, sin otro recurso que las palabras, algo que sea bello y duradero”, escribió Julio Ramón; y también dijo: “En un lector, el escritor renace”. Esta entrevista es un pequeño esfuerzo de su hijo por mantener vivo el legado de Julio Ramón.

Vicente y ‘Gody

“Uno dice: ‘Bueno, sí, qué bacán, te pueden reconocer más fácil por el apellido’, pero el otro lado es terrible. En Lima la gente es muy jodida y muy envidiosa a veces. Las rencillas y los malos sentimientos contra mi padre que muchos no podían exteriorizar, iban contra nosotros. A nosotros todo nos era mucho más difícil por ser hijos de mi madre (Blanca Varela) y de ‘Gody’ (su padre); sobre todo de ‘Gody’”, dice el arquitecto Vicente de Szyszlo. ‘Gody’ es Fernando de Szyszlo Valdelomar, el artista plástico peruano más famoso, más vendido, más reconocido y más internacional de todos los tiempos.

Vicente de Szyszlo es un hombre solo: su hermano Lorenzo murió; su madre, la poeta Blanca Varela, también murió; su padre y su madrastra Liliana Yábar –a la que él apreciaba mucho– también se fueron hace muy poco. “Yo he perdido a toda mi familia ya… ¡Qué extraño que me tocara a mí ser el superviviente!”, susurra Vicente, ronco, como su papá.

Vicente de Szyszlo

“Yo he perdido a toda mi familia ya. ¡Qué extraño que me tocara a mí ser el superviviente!”, susurra Vicente, ronco, como su papá.

A Vicente le costó mucho hacerle entender a la gente que él era un Szyszlo y su padre otro. “Siempre me han tratado más duramente. Nunca he visto tanta exigencia, tanto rigor en cuanto a proyectos como conmigo”, cuenta. Antes de estudiar una maestría en la reconocida Universidad de Pensilvania, Vicente fue un esforzado alumno de Arquitectura en la Universidad Ricardo Palma. “En la universidad pensaban que yo no había hecho mis maquetas. Me calificaban bajo… ¿Qué culpa tengo yo de ser hijo de ‘Gody’?”, ríe Vicente.

Hoy todo es parte de la anécdota, pero durante años él y su hermano Lorenzo, quien fue su socio en el estudio de arquitectos que formaron, tuvieron que soportar el peso de su apellido. “‘Gody’ se dio cuenta de eso mucho después. Yo en algún momento se lo dije: ‘¿Crees que es fácil ser tu hijo? ¡No es fácil!’”, recuerda.

Vicente de Szyszlo

Vicente de Szyszlo junto a su padre, Fernando, y su hermano Lorenzo, quien falleció víctima de un accidente aéreo en 1996.

Durante muchos años, Fernando de Szyszlo no imaginó la batalla que libraban sus dos hijos. Y es que, a pesar de los constantes viajes de trabajo, ‘Gody’ fue un padre muy presente. “De chicos íbamos al cine, jugábamos Monopolio. Teníamos circuitos de carros y una pista eléctrica que nunca dejaba de crecer. Él viajaba mucho y siempre nos traía cosas”, relata Vicente. También les enseñaba a valorar sus circunstancias. ‘Gody’ contaba a sus hijos que él había sido muy pobre, tanto que se engrampaba el pantalón cuando se le rompía o compraba colillas de cigarrillos, porque simplemente no le alcanzaba el dinero. “Mis padres, cuando empezaron, eran muy, muy misios”, dice Vicente, quien recuerda haber estado siempre “rodeado de personas maravillosas”.

Por la casa de San Isidro de la familia De Szyszlo-Varela desfilaban todos los grandes nombres. “A Julio Cortázar le pedí que me autografiara ‘Bestiario’. Solo me lo firmó. No fue particularmente cálido conmigo”, cuenta. Con el poeta chileno y Premio Nobel Pablo Neruda jugó a los carritos. A Juan Rulfo, a pesar de que llegó secundado por una delegación, lo recuerda muy humano, muy afable. Pero fue Jorge Luis Borges quien lo dejó obnubilado en su visita a la casa familiar. “Borges sentadito en el sofá, Mario Vargas Llosa a un lado y mi papá al otro. Muchos intelectuales peruanos en la sala de mi casa”, recuerda la escena. Todos estaban en silencio y solo Vargas Llosa y De Szyszlo papá se atrevían a hablarle a Borges. “Ha sido una de las reuniones más raras que tuve”.

Bobby Kennedy, el hermano del presidente de Estados Unidos John F. Kennedy, también pasó por la casa de su padre. Esa tarde, Vicente y Lorenzo se tomaron una foto con él. En esa reunión se encontraba el escritor peruano José María Arguedas “y hasta llegaron los danzantes de tijeras”, sonríe Vicente. En algún momento creyó que era normal ser un observador cercano de famosos.

Ese era el mundo de papá De Szyszlo y sus hijos no eran parte de él, sino más bien forasteros. Eran felices, pero estaban empeñados en construir una historia propia. “Mi hermano y yo nunca quisimos usar la red de contactos de mi padre, nunca quisimos obtener cosas solo por ser hijos de mi padre. Nunca usamos esa posibilidad para conseguir trabajo, ni para nuestra vida social”, dice Vicente. A Fernando de Szyszlo sí le hubiese gustado que sus amigos fueran amigos de sus hijos, pero estos optaron por un camino distinto: la arquitectura. “Ya teníamos una relación demasiado fuerte con mi padre como para montarnos en su mundo”.

Si bien nunca se valieron de los contactos de su papá para destacar como arquitectos, Lorenzo y Vicente decidieron elegir esa carrera al observar a su padre armar las maquetas de sus proyectos. “Nosotros, con los retazos, armábamos otra maqueta”, cuenta.

Hoy Vicente libra una batalla por reunir en un museo, o en algún lugar decente, parte de la obra de su padre. Aunque parezca mentira, Fernando de Szyszlo murió y no dejó cuadros para exponer. Todos los había vendido o donado a museos que hoy tienen su arte guardado en depósitos. “Él decidió donar diez al MAC y diez al MALI en un acto que nunca entenderé, porque nunca se volvieron a colgar. Mi padre fue el pintor que puso en el mapa el arte plástico peruano; por lo menos tenían que colgar cinco. Pero mi viejo nunca se quejó, nunca dijo nada”, dice Vicente. “Algo tengo que hacer para recuperar parte de la obra de mi padre”, añade, pero no sabe por dónde empezar. ‘Gody’ se ha ido hace tan poco, que él, su único hijo vivo, ni siquiera ha tenido tiempo para llorarlo.

Álvaro y Mario

A los doce años, Álvaro Vargas Llosa decidió leer “El Quijote” y su padre le aconsejó no hacerlo porque era muy joven y no lo iba a apreciar. “Por supuesto, yo agarré ‘El Quijote’ y luego me di cuenta de que era un libro muy gordo y, entonces, compré revistas pornográficas y las instalé dentro del libro para tratar de pasar un buen rato mientras supuestamente estaba leyendo las aventuras del hidalgo caballero”, recuerda Álvaro. Años más tarde, cayó en la cuenta de que la lectura de “El Quijote” era “infinitamente más excitante que las revistas pornográficas”.

Álvaro Vargas Llosa

Mario y Álvaro se juntaron hace cuatro meses en Guatemala, para trabajar un proyecto conjunto.

El Premio Nobel Mario Vargas Llosa siempre fue un padre muy liberal. De las pocas imposiciones que tuvo para con sus hijos fue la de obligarlos, de muy chicos, a leer dos horas diarias. “Mi padre me inculcó una cierta idea de la importancia de la cultura que no me ha abandonado ni me abandonará nunca”, dice Álvaro.

Mario y Álvaro comparten una vocación: ambos defienden el liberalismo. “Yo nací a la conciencia política cuando él había roto con la izquierda cubana y latinoamericana. Y estaba en una gran soledad como intelectual y como escritor al haberse apartado de ella”, cuenta Álvaro, y asegura que jamás se ha visto eclipsado por su papá. “Mi tendencia ha sido, más bien, a solidarizarme con él; por eso, además de familia, hemos sido aliados. Hemos tenido muchos enemigos en común”.

Álvaro Vargas Llosa

Mario y Álvaro Vargas Llosa en 1978, en Lima. Álvaro tenía doce años.

La amistad que comparten Mario y Álvaro se consolida en cada viaje que hacen juntos. Mario vive en Europa y Álvaro, en Estados Unidos, pero aún se juntan varias veces al año. “Él está escribiendo una novela a la que le está dedicando mucho tiempo y energía y en la que tiene puestas muchas ilusiones, así que hablamos muchísimo sobre eso. Hicimos un viaje juntos y casi el 80% de lo que hablamos fue sobre la novela. Eso me resulta fascinante”, cuenta el ensayista y periodista peruano, que ha publicado más de quince libros.

Álvaro Vargas Llosa

Mario y Álvaro en 1967, en el zoológico de Londres. Álvaro tenía apenas un año.

Una de las pasiones de Mario era viajar por el Perú. Álvaro recuerda que, durante la campaña presidencial de 1990, su padre, amante de todo tipo de comidas, sufría solo con un platillo: el cuy. “Era muy divertido en las giras. Una vez que le servían el cuy, había que ver la manera discreta de que alguien se lo comiera sin ofender a nadie”, recuerda Álvaro.

Álvaro Vargas Llosa

Álvaro junto a sus padres, Mario y Patricia, en Pekín, en 2011.

De aquellos viajes con su padre hay uno que ha quedado especialmente grabado en su memoria. En Botsuana, al sur del África, Mario Vargas Llosa y su familia se encontraban en medio de un safari, cuando, de pronto, el Nobel le pidió al guía encontrar a los hipopótamos. “Él empezaba a desarrollar esa pasión, esa fascinación por los hipopótamos. Los guías hicieron malabares y, cuando finalmente los encontramos, recuerdo la cara de mi papá. Pocas veces he visto una cara de trance como la que él experimentó frente a los hipopótamos”, dice Álvaro.

Esa noche, de regreso en el campamento, entre botellas de vino, le contó a sus hijos sobre las proezas sexuales de los hipopótamos. Sin duda, al margen de los pergaminos literarios, uno de los mayores triunfos de Mario Vargas Llosa es haber construido grandes recuerdos junto a sus hijos