En la XLIII Olimpiada Mundial de Ajedrez, celebrada en Batumi, Georgia, Jorge Cori consiguió dos medallas de oro para nuestro país. Sin duda, la jugada más importante en la historia del ajedrez peruano.

Por Manuel Coral González

La paciencia es una virtud que se construye con el tiempo. Hace dos años se produjo un presagio: Jorge Cori ganó la medalla de bronce en la Olimpiada Mundial de Ajedrez, en Bakú, Azerbaiyán. Pero la prensa deportiva del Perú no se inmutó; él tampoco. “Estaba bastante contento con mi logro, fue muy difícil por el nivel de los contrincantes”, recuerda. Especialistas en la materia pronosticaban que este logro sería –por mucho tiempo– el más importante del país, y que lograr la medalla de oro era casi imposible, impensable. “Pero dentro de mí sabía que podía superarme”, agrega Jorge.

El peruano obtuvo 6 victorias, 1 empate y 0 derrotas en la Olimpiada Mundial de Ajedrez.

Había que esperar, tomarse un tiempo. Desde entonces, su vida cambió por completo: dejó su hogar para estudiar Psicología en la Universidad de Webster, en Saint Louis (Missouri); se inscribió en clases de salsa, a la par que tocaba el piano y leía, pero nunca dejó de entrenarse, de aprender de sus errores, de conocer a sus rivales. “Es difícil alejarse de la familia”, dice. “Todo eso fue un impulso para dar todo de mí y mejorar en mi juego. Quería que mi sacrificio valiera la pena”.

Así sucedió: en la primera semana de octubre de este año se celebró una nueva edición de la Olimpiada Mundial de Ajedrez, y, luego de ocho partidas, Jorge Cori se convirtió en el primer peruano en ganar dos medallas olímpicas en este deporte: una por ser el Mejor Tercer Tablero y la segunda por la Mejor Performance del Torneo. “La verdad es que no me esperaba ganar estas medallas tan pronto, no pensaba que ganaría el oro en esta Olimpiada”, confiesa el Gran Maestro en enlace telefónico desde Estados Unidos.

A los cinco años, Jorge era un chico hiperactivo. Pronto descubrió que la pasión de su vida lo obligaba a mantenerse tranquilo. “Desde que comencé a jugar ajedrez me gustó muchísimo”. Quizá por eso, cuando se perdía alguna pieza de su tablero, la reemplazaba con una tapa de botella o una piedra pequeña. Cuando hay amor, no existe excusa. “Lo que de verdad me importaba era jugar”.

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Comenzó a practicar sus primeras jugadas. Constantemente asediaba a su padre y a su hermana para que se sentaran a jugar unas horas con él. Al principio, casi siempre le ganaban.

A los diez años, su persuasión era tan fuerte como su convicción. Quería ponerse a prueba. “Mi hermana y yo, a corta edad, ya estábamos jugando contra jugadores importantes del país”. Entonces las competencias comenzaron a tornarse más serias, y el niño, sentado por horas en una silla, se convirtió en hombre. “Luchábamos para ganar a los mejores”. En realidad, luchaban para convertirse en los mejores. Esa fue su consigna. ¿Cómo lo logró? Concursando, perdiendo, entrenando, ganando… “Más que superar al resto, lo que quería era superarme a mí mismo. Me costó mucho”, reflexiona.

“Creo que el resultado de mi triunfo se dio porque vine a Estados Unidos”, lamenta Jorge. Le es difícil admitirlo. En 2009, cuando tenía catorce años, ganó el título de Gran Maestro, pero la prensa deportiva del país apenas si le dedicó un par de entrevistas. ¿Cómo tomó estos desplantes? “Si bien duele un poco, me acostumbré a ello. Si hubiera el apoyo necesario en el Perú, me hubiese quedado allá entrenando y estaría con mi familia. Son cosas de la vida que uno no puede controlar”.

El Gran Maestro Jorge Cori llevó consigo la bandera peruana durante la ceremonia de premiación.

No guarda ningún resentimiento, pero tiene claro que su situación ha cambiado: hoy es el campeón olímpico, el número uno en Sudamérica. Todavía recuerda con cariño sus partidas contra el maestro peruano Julio Granda. ¿Lo admiraba? “He jugado muchas veces con él, pero nunca tuve un referente. No me educaron de esa manera”. Hoy, lejos de su familia, Jorge ha descubierto que la nostalgia puede sobrellevarse enfocándose en el futuro. “En la universidad nos apoyan bastante y tenemos coachs muy muy buenos. Y entreno mucho, aunque ahora se complica un poco por los estudios, pero ahí sigo. Es la única manera que tengo para mejorar y progresar como ajedrecista”.

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Muchas veces le han preguntado: “¿Quién ha sido el rival más complicado que has enfrentado?”. Él siempre ha guardado silencio, sin saber qué responder. Todos sus rivales han sido excelentes, cada uno a su manera. A algunos les he ganado en cuatro jugadas; a otros, en cincuenta. Hace dos años, en Bakú, no podía responder a esa pregunta, pero hoy cree que ya puede hacerlo. Su voz es tranquila, serena. “Creo que el rival más complicado que he tenido en mi vida he sido yo mismo”, revela. “Muchas veces me ponía limitaciones, haciéndome creer que no podía llegar lejos, que algún obstáculo que tenía en mente me lo impediría, pero todo eso era psicológico”. ¿Cómo superó esas limitaciones que él mismo se ponía? “Más que todo intentando”, responde. “Mucha gente se rinde al primer o segundo intento. Si no te rindes, vas a seguir subiendo”.