El artista y ceramista peruano falleció a los 67 años, dejando una obra donde la materia, el mar y la contemplación dialogan con una sensibilidad única. Su legado, forjado entre la filosofía, el fuego y la memoria, permanece vivo en generaciones de creadores.

Por: Renzo Espinosa Mangini 

Hay artistas cuya obra se expande más allá de las salas donde se exhiben. Carlos Runcie Tanaka fue uno de ellos. Su muerte, a los 67 años, dejó un vacío difícil de nombrar, pero también una estela luminosa que sigue guiando a quienes lo conocieron, lo leyeron en sus piezas o simplemente sintieron la quietud que sus instalaciones proponían.

Runcie trabajaba desde un territorio propio, uno donde la cerámica se encontraba con la filosofía y donde los materiales —barro, conchas, cuarzo y pigmentos— se convertían en puentes hacia algo más hondo. En su universo habitaron siempre el mar, los ancestros, los sueños y una forma particular de mirar el tiempo: no como una línea, sino como un pulso.

Carlos Runcie Tanaka, en un gesto sereno y atento, fiel a una práctica donde mirar y escuchar eran también formas de crear.

Carlos Runcie Tanaka, en un gesto sereno y atento, fiel a una práctica donde mirar y escuchar eran también formas de crear.

El pensamiento que se vuelve materia

Nacido en Lima en 1958, estudió Filosofía en la Pontificia Universidad Católica del Perú, aunque pronto entendió que sus preguntas necesitaban una forma distinta de resolución. La teoría dio estructura al pensamiento; el barro, en cambio, le ofreció un cuerpo. La cerámica lo llamó casi como un destino, y él le abrió las puertas con disciplina y entrega.

Desde muy joven buscó en el hacer manual un espacio de escucha: de sí mismo y del entorno. Ese diálogo se volvió una manera de estar en el mundo más que una práctica artística en sentido estricto.

El viaje que marcaría su camino ocurrió en Japón. Llegó con la intención de reencontrarse con sus raíces y terminó encontrando un lenguaje. En un taller silencioso, aislado y exigente, bajo la guía del maestro Tsukimura Masahiko, absorbió la precisión oriental, la ética del trabajo manual y la idea de la creación como un camino meditativo.

En su casa, la música era otra forma de escucha: un gesto íntimo, sin público, donde el ritmo también se pensaba con las manos.

En su casa, la música era otra forma de escucha: un gesto íntimo, sin público, donde el ritmo también se pensaba con las manos.

Desde sus inicios, el barro fue lenguaje y pregunta. En estas primeras piezas ya asoman la paciencia y la atención que marcarían toda su obra.

Desde sus inicios, el barro fue lenguaje y pregunta. En estas primeras piezas ya asoman la paciencia y la atención que marcarían toda su obra.

Allí entendió que la obra no es un objeto terminado, sino un proceso que respira, se equivoca y vuelve a empezar. El error dejó de ser un tropiezo para convertirse en una señal. La arcilla, para él, no se dominaba: se acompañaba, se respetaba y se dejaba decir.

Esa experiencia fue decisiva no solo en lo técnico, sino también en su forma de entender el arte como una práctica espiritual y silenciosa. El taller japonés le enseñó que la repetición no es monotonía, sino profundidad; que el gesto mínimo puede contener una idea completa y que el tiempo invertido en una pieza es parte visible de su sentido. Ese aprendizaje se filtró en toda su obra posterior, incluso cuando sus formas parecían dialogar con otros territorios.

Después vinieron Italia y Brasil, países donde continuó formándose y ampliando su mirada. Sin embargo, el eje que articuló toda su producción fue siempre múltiple y constante: el pensamiento filosófico, la herencia cultural del Perú y una espiritualidad íntima que nunca necesitó explicarse en voz alta.

Las culturas prehispánicas ingresaron a su obra de manera natural, no como cita ni ornamento, sino como una memoria activa. Sus volúmenes, texturas y cosmovisiones aparecieron filtrados en piezas que parecían venir de un tiempo indefinido, deambulando entre lo ancestral y lo contemporáneo.

La casa de Carlos Runcie Tanaka, un espacio vivido entre obras, objetos y memorias, donde el arte formaba parte natural de lo cotidiano.

La casa de Carlos Runcie Tanaka, un espacio vivido entre obras, objetos y memorias, donde el arte formaba parte natural de lo cotidiano.

Un homenaje a la memoria y al viaje: el Monumento a la Inmigración Japonesa. Ubicado en el Campo de Marte (1999).

Un homenaje a la memoria y al viaje: el Monumento a la Inmigración Japonesa. Ubicado en el Campo de Marte (1999).

Un legado que se transmite en silencio

De regreso en Lima, en 1978, instaló su taller de cerámica en su propia casa. Ese espacio, más que un lugar de trabajo, se volvió un punto de encuentro. Llegaron estudiantes, artistas jóvenes, curiosos y viajeros; personas que buscaban aprender una técnica y terminaban encontrando una forma de pensar.

Runcie los recibía sin poses, casi como quien abre la puerta de su cocina. Enseñaba con gestos mínimos, con silencios atentos y con la convicción de que el conocimiento no se impone, se contagia. Para muchos, ese taller fue refugio y escuela a la vez: un lugar donde la materia obligaba a pensar, a observar, a tener paciencia y a volver a empezar sin miedo.

Quienes pasaron por ahí lo recuerdan como un maestro atento y generoso. Transformaba cada gesto en una enseñanza, cada error en un nuevo inicio. No hablaba de resultados, sino de procesos; no de éxito, sino de coherencia. En un medio a veces marcado por la prisa, su manera de trabajar proponía otra velocidad, otro tipo de atención.

Una gran esfera de cuarzo y conchas dialoga con el espacio y la memoria, invitando a una pausa dentro de la muestra dedicada a Jorge Eduardo Eielson, su entrañable amigo.

Una gran esfera de cuarzo y conchas dialoga con el espacio y la memoria, invitando a una pausa dentro de la muestra dedicada a Jorge Eduardo Eielson, su entrañable amigo.

Instalación de Carlos Runcie Tanaka en la muestra “Todavía mi nombre es Jorge”, dedicada a Jorge Eduardo Eielson (2024), en la Casa de la Literatura Peruana

Instalación de Carlos Runcie Tanaka en la muestra “Todavía mi nombre es Jorge”, dedicada a Jorge Eduardo Eielson (2024), en la Casa de la Literatura Peruana

Su obra creció en paralelo, ligera y profunda, hasta ocupar espacios importantes dentro y fuera del país. Expuso en el Museo de Arte de Lima, en el Museum of Fine Arts Houston y en distintos museos y galerías internacionales. Representó al Perú en la Bienal de Arte de Venecia y participó en dos ediciones de la Bienal de La Habana.

Sin embargo, más allá de los escenarios y los reconocimientos, lo que caracterizaba su trabajo era una mirada capaz de equilibrar lo tangible con lo espiritual. Cada pieza parecía contener una respiración interna. No eran objetos para mirar rápido; eran pausas.

Su interés constante por el ensayo, el error y la transformación de la materia hacía que su obra nunca se sintiera cerrada. El barro cambiaba con el fuego, los esmaltes reaccionaban de formas inesperadas y las superficies guardaban huellas del proceso. Esa fragilidad controlada era parte de su lenguaje.

 Los cangrejos fueron recurrentes en el trabajo de Tanaka, desde la cerámica y el origami hasta la pintura. Son símbolos de migración y vida entre la tierra y el agua.

Los cangrejos fueron recurrentes en el trabajo de Tanaka, desde la cerámica y el origami hasta la pintura. Son símbolos de migración y vida entre la tierra y el agua.

En 2024 participó en la exposición Todavía mi nombre es Jorge, dedicada a Jorge Eduardo Eielson en la Casa de la Literatura Peruana. Su instalación fue una de las más recordadas: una gran esfera con incrustaciones de cuarzo y conchas marinas, acompañada por una monumental tela azul de 130 metros que se extendía y elevaba entre las columnas del recinto. La pieza condensaba muchos de sus ejes: el mar como origen y tránsito, el paisaje como memoria y el color como experiencia física.

Tras su muerte, su círculo más cercano lo describió como un artesano de mundos, un observador incansable. Dijeron que su obra queda como un territorio vivo, un refugio para quienes buscan mirar la vida con más profundidad, con más curiosidad, con más humanidad. Su partida deja un silencio hondo, pero también un eco.

Hoy, el arte peruano pierde a una figura central, pero su legado permanece. No solo en museos, catálogos o instalaciones memorables, sino en la forma en que muchos artistas entienden la relación entre la materia y el espíritu. Runcie enseñó que crear no es un acto de dominio, sino de escucha; que la sensibilidad puede ser una forma de resistencia; que el asombro no se agota con los años.

Su obra sigue ahí, discreta y firme: un territorio vivo, dispuesto a acompañar a quien quiera mirar el mundo con más hondura y calma.

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