Aldo Corzo juega como se ve: es un tipo de espaldas anchas, con una contextura más para el levantamiento de pesas que para patear la pelotita. En la cancha, el lateral derecho es de esos jugadores que nunca arriesgan, que prefieren tirar la pelota a la tribuna antes que salir con elegancia, pero, sobre todo, es de esos que se entregan por completo. Lo hemos visto marcando a Di María, a Neymar y, el mes pasado, a Luis Suárez, todos monstruos del deporte. No solo estuvo a la altura, sino que apenas cometió errores, y eso se debe, básicamente, a su obsesión por el trabajo y el esfuerzo.

“Si te contara…”, dice Roxana, su madre, sentada a su lado en el sillón de la sala de la casa familiar. “Me acuerdo que desde chiquito jugaba los torneos infantiles en las playas de Asia y, mientras los demás adolescentes se iban al Boulevard, Aldo les decía a los de su equipo que había que concentrar en la casa. Si tenía partido el domingo, desde el sábado ya les decía que había que descansar y dormir bien para estar frescos para el día siguiente”. Aldo interrumpe: “Claro, es que había que ganar el campeonato; yo siempre quería ganar”.

Celebrando su cumpleaños número nueve con la torta (y los colores) de su equipo favorito.

Es posible que los peruanos nos hayamos malacostumbrado al jugador talentoso, pero indisciplinado, ese que prefiere hacer un par de ‘huachas’ por partido y salir a celebrarlas por la noche por encima de ganar regularidad en la cancha. En ese sentido, el de Corzo parece ser un caso especial, una luz de esperanza en medio de lo despelotado que es este deporte a nivel nacional. “Justamente, lo apoyé en el tema del fútbol por lo disciplinado que era”, comenta Roxana. “Él siempre tomó el deporte con seriedad, lo vivía al máximo, y eso jamás afectó en sus notas, que siempre fueron bastante buenas”.

“Nunca tuve un jalado”, dice Aldo, sin dárselas de genio. “Tampoco era un alumno brillante, pero no jalaba cursos y jamás llevé un vacacional”. Su madre nos cuenta que, ya en la secundaria, después de los entrenamientos en el Regatas, donde empezó a formarse, y en Alianza Lima, donde terminó su etapa de juvenil, llegaba a casa agotado y hacía las tareas, siempre con éxito.

Roxana siempre apoyó a su hijo en el fútbol; primero, llevándolo a sus entrenamientos y recogiéndolo de ellos, y ahora siguiéndolo por el mundo.

Deporte, deporte y más deporte

La pasión de Aldo siempre fue el fútbol, pero en algún momento chocó con otras disciplinas. “Aldo era bueno en todos los deportes”, dice su madre. Era bueno en el ping-pong, en el tenis y hasta en el ajedrez, donde incluso llegó a tener problemas con compañeros que se dedicaban a eso, porque él les ganaba sin apenas haberse preparado. “En una época, lo recogía del entrenamiento de ping-pong, se cambiaba de camiseta en el carro y, después, se iba corriendo para entrenar en la selección de fútbol”, añade su madre.

Como era de esperarse, el joven Corzo, en determinado momento, tuvo que elegir. Aldo nos comenta que se dio cuenta de que los entrenamientos de ambas disciplinas (tenis de mesa y fútbol) no eran compatibles y, por más que destacaba claramente en ambas, tenía que decantarse por una. “A los quince años, estábamos con la selección del Regatas”, señala el lateral de la selección peruana, “y el entrenador nos dijo a todos los chicos que cerráramos los ojos y le dijéramos quiénes queríamos dedicarnos al fútbol de manera profesional. Después de un momento, pidió que levantaran la mano los que sí, y yo estuve entre los cinco que no se veían como futbolistas. Después de eso, el profe se acercó a mí y me dijo que estaba sorprendido, porque él había pensado en mí como capitán del equipo. Ahí me di cuenta de que esto era lo mío, eso me motivó a trabajar para ser futbolista”.

Por Dan Lerner
Fotos de Vicente Mosto

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