El padre de Nadine, Ángel Heredia, era ayacuchano, y el mejor regalo que le podían hacer eran las fiestas. Toda su familia, al igual que él, había migrado de Ayacucho a Lima; y toda la parentela, encabezada por la esposa de Ángel y madre de Nadine, “Mamá Flor”, organizaba la celebración. En los cumpleaños de Ángel sonaban el arpa, la zampoña, el charango, el cajón y –por supuesto– la guitarra, que él dominaba con maestría: desafinando las cuerdas a propósito para conseguir el sonido de la música ayacuchana. En estas fiestas, la niña Nadine y su hermano, que también se llama Ángel, tenían su momento, cuando los huaynos cesaban y solo se escuchaba el destapar de alguna cerveza. Entonces entonaban una canción de la nueva trova o de un intérprete latinoamericano. Los aplausos la sacaban del trance en el que la música la había inmerso, y enseguida demostraba que no solo sabía cantar. En ese momento, sus hermanos Ilan y Ángel salían corriendo, pero ella, “me encanta bailar”, invitaba a sus tíos a bailar huaynos, “¡yo era la que los sacaba!”.

“Él (Ollanta Humala) también me apoya a mí. Si me ve mal, se pone mal, no sabe qué hacer, se descompensa… Entonces ve qué hacer para levantarme el ánimo, para ayudarme a ver las cosas con mayor claridad…”.

Ahora Nadine Heredia se encuentra ante mí, en un salón de la Residencia de Palacio de Gobierno, pero ya no hablaremos más de fiestas, bailes y música. Hace veinte años que no nos veíamos, desde la época en que ambos integrábamos el grupo vocal de la Universidad de Lima.

–Nadine, no quiero hacerle perder más tiempo –digo, haciendo un esfuerzo para no tutearla como antaño y apelando al estilo de la revista. Cojo las dos grabadoras que están en la mesita afrancesada que nos separa, para verificar si todo anda bien–. Esta grabadora avanza… Esta también… ¡El Perú avanza!

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–“El Perú avanza” es de Alan, ¿qué te pasa? –dice la primera dama, ahora seria, como una chiquilla a la que han dejado plantada.

–¿Ah?

–“El Perú avanza” es de Alan, no friegues.

–Qué tal metida de pata… –digo, sonrojándome–. Mire cómo empezamos la entrevista, qué le parece…

–Malazo… –dice, y me río para ponerle paños fríos al incidente, pero ella permanece inmutable.

–¿Sonríe menos que antes?

–Sí. Sonrío menos que antes porque ahorita tengo un peso muy grande. Pero sonrío igual que antes con los amigos.

–¿Le costó mucho madurar?

–A ti creo que más, ¿no?

–A mí, sí, muchísimo.

–Es que, no sé… Define madurar… Se va consiguiendo de a poquitos. No sé cuál es la definición concreta y certera de madurez. No sé si hoy soy una persona maduuura, tampoco –y dibuja un entre comillas con las manos–. Pero creo que soy sensata, disciplinada y a la vez juguetona… Soy hasta cierto grado indiferente con algunos códigos de conducta; pero tengo las cosas claras con relación al objetivo de apoyar al presidente… O sea, no sé qué es madurez…

En 1999, tres años después de haberlo conocido, Nadine Heredia se casó con Ollanta Humala, catorce años mayor que ella.

OLLANTA

La madre de Ollanta Humala, Elena Tasso Heredia, es prima de Nadine, por lo que ella resulta siendo tía en segundo grado de su esposo Ollanta Humala, el actual presidente del Perú. “¡Pero en las fiestas de la familia no nos habíamos cruzado nunca!”. Ollanta, en ese entonces, era militar, viajaba mucho, “y era de otra generación, ¿cómo lo iba a conocer?”. Una noche, Nadine regresaba de un concierto de un grupo “de la movida del rock subterráneo” y, “hola, qué tal”, lo encuentra en la sala de su casa de Surco conversando con Ángel, su padre, “y mi papi me lo presentó como mi primo, porque no iba a decir que era mi sobrino, pues”. Al día siguiente, Ollanta la llamó por teléfono.

“Soy madre, esposa, profesional, activista de una política determinada… Son varios roles y una mujer que los contiene. Y espero dar lo mejor de mí en cada rol”.

–¿Qué vas a hacer? –preguntó el militar por el auricular.

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–¿Qué voy a hacer de qué?

–No sé, hoy día…

–Nada…

–Ah, ya…

–¿“Ah, ya”, qué…?

–No, nada, o sea… Si no vas a hacer nada…

–No, no voy a hacer nada, ¿quieres salir? –le preguntó Nadine (“O sea, yo lo invité a salir”).

–Bueno, salgamos.

–Ya, pues. ‘Mostro’. ¿Tipo ocho?

“Y así fue. Así empezamos a salir”.

Esa noche, Ollanta y Nadine fueron a un restaurante, “que ya no existe”, en la avenida Los Conquistadores, en San Isidro, y hablaron mucho. Hablaron de literatura griega, “a Ollanta le encanta”, y, sobre todo, de política. Humala analizaba la coyuntura política y ella lo miraba, abriendo mucho los ojos, “¡pero ustedes, los militares, no son deliberantes!, ¿por qué opinas sobre estas cosas?”. Nadine concluyó que no era un militar promedio, “estaba muy informado, era superleído, muy culto”. A esa cita siguió otra más, y después otra más, “citas con ‘más allás’”, y otra más. “Entonces te vas dando cuenta de que no es solo que me gustas porque tienes ojos bonitos o porque hay una cosa física, sino porque compartes formas de pensar…”.

–¿Tuvo la certeza de que juntos serían los protagonistas de un cambio en el país?

–Al inicio, no… Pero después, sí…

–¿Él fue lo que tuvo que pasar en su vida para afianzar su amor por el Perú y para hacer cosas por su país?

–Aaahhh… Creo que nos retroalimentamos… Nos estábamos buscando…

–Se inspiran mutuamente…

–Sí… Por ejemplo, el levantamiento de Locumba se dio luego de varios intentos –dice con un nuevo impulso–. En uno de los intentos, él no estaba bien de ánimos para hacerlo… No es que no quisiera; quería hacerlo, pero no estaba moralmente bien. Y se notaba; estaba muy amilanado, muy cariñoso… Estaba temeroso de perderme, de que le vaya a pasar algo… No teníamos hijos entonces… “Que ya no te voy a ver, que recién nos hemos casado, que te voy a perder…” Entonces le dije que no había forma de que lo haga con ese ánimo. En la siguiente vez, quince días después, me puse firme y le dije: “Tienes que hacerlo, no hay forma de que no lo hagas…”. Si él me ve más firme, se fortalece…

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–Se apoyan mucho, eso es bueno…
–Ajá. Y es así en todo. Él también me apoya a mí. Si me ve mal, se pone mal, no sabe qué hacer, se descompensa… Entonces ve qué hacer para levantarme el ánimo, para ayudarme a ver las cosas con más claridad…

–¿Nunca la intimidó el hecho de que él fuese militar?

–A mí no me intimida nada –se inclina un poco hacia adelante, sentada en el sillón señorial–. En realidad, pocas cosas me intimidan… Me intimida ver a mi hija crecer, me da temor eso. Ayer la vi grande, vestida con un pantalón pegado, con una blusita bonita, y dije “esta chica ya está muy grande”. Eso me da ahhh –tirita–. Yo tenía las cosas claras cuando era chibola, pero no sé cómo va a ser ella…

–Eso le da incertidumbre…

–Lo que no puedo manejar me da incertidumbre…