Viniendo de una larga transición política catastrófica y sin resultados electorales capaces de garantizar un aceptable grado de gobernabilidad y predictibilidad, el Perú parece encaminarse, a menos que ocurra un milagro, hacia una década perdida más
Por: Juan Paredes Castro*
Si en los últimos 26 años, del 2000 para acá, no hemos podido atravesar la jungla política en busca del rumbo deseado, la pérdida de brújula en las catastróficas transiciones de los últimos diez años, incluidas las últimas elecciones generales, dibuja en el horizonte una gruesa interrogante respecto del futuro del Perú.
Ya no se trata de acomodarnos como en otros tiempos de crisis a la fácil complacencia de que amparados en un crecimiento económico del 3% de promedio, podemos seguir abandonando la política al manejo de los hechos consumados, como cuando aceptamos que se disolviera el Congreso inconstitucionalmente, que la Fiscalía se convirtiera en brazo persecutor de adversarios políticos, que el excesivo poder del Legislativo llegase a afectar gravemente el equilibrio presupuestal y que, finalmente, nos encontráramos con una administración catastrófica del reciente proceso electoral y sus resultados.

Resultados de las elecciones generales 2026 al 94.8 %, que posiciona a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez en una posible segunda vuelta.
La pérdida de brújula en la jungla política en la que vivimos hace mucho tiempo es lo peor que nos puede pasar, pues estaremos girando en círculo todo el tiempo, mientras los poderes públicos y el Estado sigan siendo vistos como botines por conquistar antes que como delegaciones y desafíos de responsabilidad cívica por el destino del país.
En una reacción democrática de sorprendente consenso rechazamos en 2022, el fallido golpe de Estado de Pedro Castillo, para que el cabo de unos cuantos años, un ex socio ideológico suyo, Roberto Sánchez, se convierta precisamente en su peor remedo, prometiendo llevarnos, como candidato presidencial, a liquidar el modelo económico y a su principal garante y exponente: Julio Velarde, presidente del Banco Central de Reserva. De prosperar esta opción electoral estaríamos a un paso, otra vez, de una nueva quiebra del orden constitucional, con la instauración de un régimen fabricante de atraso y miseria como los de Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Sabemos ahora que no podemos seguir jugando con fuego.
“Sabemos ahora que no podemos seguir jugandocon fuego”.
Transcurridos justamente cinco años de la cuestionada votación de Pedro Castillo, en el 2021, ¿qué han hecho las autoridades electorales sucesivas por ofrecernos un proceso electoral distinto y superior de aquel otro dejado atrás y de triste recordación? Sencillamente nada que signifique la recuperación de respeto y confianza en la capacidad ciudadana de delegar poder presidencial y parlamentario mediante su voto. Nada que haya podido significar la construcción de un filtro estricto para la participación de partidos, liderazgos y candidaturas realmente representativas, en lugar del tumulto de 35 organizaciones en pugna por cualquier cosa menos por alternativas de gobierno sinceras y responsables.
Estamos ante la más clara demostración del estado de crisis de las instituciones de poder en el país, en un panorama pobre de estructura y autoridad, en el que resulta imposible efectuar un control de daño, desde el abismo electoral de las últimas semanas, sin una salida convincente que nos permita definir claramente a los ganadores indiscutibles de la primera vuelta electoral, hasta el otro abismo presidencial, que hoy sostiene una transición política precaria que expresa la advertencia funesta de que en su modelo de improvisación y manipulada ilegalidad la historia puede repetirse tantas veces se quiera.

“La pérdida de brújula en la jungla política en la que vivimos hace mucho tiempo es lo peor que nos puede pasar…”.
Así como el Jurado Nacional de Elecciones no ha podido estar a la altura de las circunstancias como primera autoridad del sistema que cobija a la ONPE y al RENIEC, en la organización, ejecución y supervisión de las elecciones presidenciales y parlamentarias que aun no tienen término definido, ahora le corresponde ponerse por encima de sus propios errores y sus propias limitaciones, para reivindicar al país entero del descalabro de la votación del pasado 12 de abril. No hay otra instancia con atribuciones de poder y criterio de consciencia que JNE, capaz de devolverle la confianza a un proceso electoral que necesita recuperar rápida y urgentemente la transparencia y confianza perdidas.
*Periodista y escritor.
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