El encuentro en San Isidro reunió a cercanos del escritor peruano en un homenaje póstumo marcado por anécdotas, lecturas y música

Por: María Laura Hernández de Agüero | Fotos: Víctor Ruiz

“La patria de uno son unos cuantos amigos y unos cuantos paisajes inolvidables”, repitió en varias ocasiones Alfredo Bryce Echenique, sin duda, uno de los escritores peruanos más queridos.

El Bar Olé, en San Isidro, es el lugar donde al escritor le gustaba ir en las noches. Era frecuente verlo sentado al fondo de la sala en la misma mesa junto a Cecilia Grau, su último y gran amor. Ahí, en ese acogedor espacio Alfredo se sentía en casa.

Cecilia Grau, María Laura Hernández de Agüero y Fernando Ampuero del Bosque.

Javier Carballo, dueño del bar, y su novia Jimena Ruíz Rosas invitaron a un grupo de familiares y amigos para recordarlo. Los invitados fueron llegando poco a poco, y el bar se fue llenando de rostros conocidos. El buen vino y los famosos pinchos de tortilla de papas, «mejores que los que preparan en Madrid y en Barcelona«, según Bryce, circulaban entre las mesas.

La voz suave de Sinatra llenaba el aire, creando un ambiente cálido y nostálgico. Una pantalla silenciosa en una esquina de la sala, proyectaba una larga secuencia de fotos del escritor con sus amigos más cercanos, entre ellos su compañero de interminables tertulias, el cantante Joaquín Sabina quien más de una vez declaró: “Alfredo está muy dotado para la amistad; es lo que más le interesa junto con el Vodka con tónica. No sé dónde queda ahí la literatura, pero por ahí anda”

En un momento de la noche, el editor y amigo José Carlos Albariño dio un atlético salto. Se paró en la barra libro en mano, y leyó una simpática crónica que Alfredo había escrito sobre el Bar “El Olé es el único bar donde la media luz ambiental contribuye a dar un toque de privacidad que hace que los parroquianos, aun sin notarlo, moderen el tono de voz, y sean totalmente ajenos a cualquier aspaviento o carcajada«.

Ingrid Yrivarren y Carlos Salazar Albornoz.

La reunión se convirtió en un viaje a través de anécdotas y risas. La tristeza por la ausencia de Alfredo se transformaba en celebración de su vida. Los amigos lo sentíamos muy cerca, como si todavía estuviera presente. En una esquina de la barra han colocado su foto; Alfredo sonríe con una copa de helado en la mano (para el, siempre había helado de vainilla) Para los amigos, el escritor sigue ahí. Lo imaginamos sentado en la misma mesa, siempre elegante con su chaqueta de Tweed y sus modales finos. Ante tal despliegue de cariño probablemente sonreiría suavemente y diría solo unas palabras, como lo hizo alguna vez en un homenaje que le hicieron en Madrid, evocando al cantante y actor mexicano Pedro Vargas: “Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido…”

Fernando Ampuero del Bosque.

Patricia Uehara.

Alberto Murphy y Juan Pablo Campana.

Augusto Linares y María Sophia Baraybar.

Germán Coronado, María Inés Calle, José Carlos Alvariño y Patricia Arévalo.

María Antonieta Alva y Cecilia Pardo.

Rosario Prado Rey.

Ximena Ruiz Rosas y Germán Coronado.

Rossana Díaz, Augusto Linares y María Sophia Baraybar.

 

Augusta Thorndike y Germán Coronado.

Fernando Ampuero del Bosque y Gustavo Rodríguez.

Federico Camino y Cecilia Grau.

María Laura Hernández de Agüero, Ximena Ruiz Rosas y Juliana Bouroncle.

Micaela Benites y Marcia Vargas.

Luis Ortiz de Cevallos y Lucía Pardo.

Francisco Belaunde y Rosario Prado Rey.

Judith Paredes, Gustavo Rodríguez y Richard Parra.

Marta Muñoz de Coronado.

María Laura Hernández de Agüero.

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