Publicada originalmente en 2010, esta entrevista de Annabel Rivkin captura la esencia de Deborah Devonshire. A través de sus vivencias en Chatsworth, la última de las hermanas Mitford repasa la historia y las excentricidades que definieron a un linaje irrepetible.
Por: Annabel Rivkin
«¿No te gusta un poco de sangre?», pregunta Deborah, duquesa viuda de Devonshire, mientras sacudo la nieve de mis zapatos en el felpudo de la amplia vicaría de Derbyshire que es su hogar desde que dejó Chatsworth hace cuatro años, tras 54 años viviendo allí. El taxista que me llevó desde la estación de Chesterfield para almorzar con la duquesa en Edensor, en las afueras de la finca de Chatsworth, pasó los veinte minutos del trayecto alternando entre historias escalofriantes de crímenes locales —los asesinatos de Pottery Cottage y otros por el estilo— y efusivos elogios a Debo Devonshire, la última de las hermanas Mitford que quedaba con vida.

Pese a su título, «Debo» siempre prefirió la vida de campo, rodeada de sus famosas gallinas, perros y la tranquilidad de los jardines de Derbyshire.
Ella insiste en salir a recibirlo bajo la nieve antes de ir a dar de comer a sus gallinas. Se pone unas botas de agua y un chaleco encima de su jersey de cachemir color crema y su falda escocesa verde oscuro, y sale corriendo por el camino nevado. Está a punto de cumplir 90 años y, aunque se mantiene erguida como un pino, parece notar mi inquietud ante el hielo traicionero bajo nuestros pies, porque enseguida empieza a presumir. «¡Qué resbaladizo!», exclama deslizándose como una patinadora. «Cuidado, que te puedes caer», gorjea saltando de un pie a otro.
Finalmente aparece su sobrina política, Charlotte Mosley, con un robusto bastón de madera para caminar —de esos que se tallan para el senderismo, no de los que se usan por necesidad médica—. Porque la duquesa no tiene ningún problema de salud. Es mayor y su vista ya no es lo que era, pero rara vez he conocido a alguien con tanta lucidez. Charla animadamente con el taxista, que la mira con admiración. «A mí me encanta un poco de sangre», le dice, risueña.
En realidad, detesta la violencia y le cuesta encontrar algo que ver en televisión. «Soy lo que podría llamarse selectiva», explica. «No puedo con nada triste, ni violento, ni con esas escenas de sábanas que se agitan al viento. Lo odio. Así que eso descarta casi toda la programación». Históricamente, las Mitford no se han detenido demasiado en el lado oscuro de la vida, aunque en ocasiones lo hayan vivido de cerca.
En 2007 se publicó una selección de 75 años de correspondencia entre las seis hermanas, y algunos lectores encontraron su resoluta ligereza un tanto desconcertante. «Creo que no le dábamos demasiada importancia a la tristeza», dice Debo. «No éramos sentimentales. Lo dejábamos pasar. No era algo sobre lo que lamentarse sin cesar».

Tras heredar una deuda colosal en 1950, la duquesa transformó Chatsworth House en un modelo de gestión y una de las fincas más admiradas.
Quizás una colección de cartas sea como un álbum de fotos: dedicada a los buenos momentos. «Deborah Devonshire no es alguien a quien se le pueda decir «Bromas aparte…»», escribió Alan Bennett en el prólogo de Home to Roost and Other Peckings, la más reciente colección de ensayos de la duquesa. «Las bromas nunca están ausentes: con ella, son imprescindibles incluso en los momentos más serios y, de hecho, más dolorosos».
Debo era la menor de siete hermanos: seis hermanas y un varón. Su autobiografía, que saldría en septiembre, lleva por título Wait For Me, en referencia al apodo que le pusieron sus padres —David, segundo barón Redesdale, y su esposa Sydney—, que siempre la llamaron Stubby porque siempre se quedaba atrás. En el universo Mitford, los apodos tienen vida propia: incluso el actual duque de Devonshire, Peregrine, hijo de Debo, es conocido por todos como Stoker.
Nancy, la mayor de los siete, dieciséis años mayor que Debo, la llamaba siempre Nine porque declaró que esa era su edad mental. Nancy era la aclamada novelista de la familia, aunque la autobiografía de Debo sería su duodécimo libro —entre ellos un recetario, varios volúmenes sobre Chatsworth y sus alrededores, y colecciones de breves ensayos de observación—, lo que la convierte en una autora casi igual de prolífica. «A Nancy le habría parecido muy, muy gracioso que algo escrito por una niña de nueve años pudiera tomarse en serio», dice Debo, quien adoraba a su hermana mayor. «Y seguro que se habría reído de algunos chistes. Creo que sí».
Nancy suena aterradora. La vida no le fue especialmente bien y tenía tendencia a gestos casi inexplicables de deslealtad y resentimiento, probablemente alimentados por los celos. Al fin y al cabo, Debo —la pequeña de la familia, aquella a quien Nancy le había dicho de niña que nadie se casaría con ella por culpa de su pulgar deforme de tanto chupárselo— iba a casarse con un heredero. Su difunto esposo, Lord Andrew Cavendish, era hijo menor cuando se casaron, y ambos esperaban una vida modesta a menos que él lograra labrarse una carrera trabajando para el «tío Harold» Macmillan, casado con Dorothy Cavendish, tía de Andrew.
Al igual que la Reina Madre, Debo soñaba con una vida de relativa discreción, donde pudiera tener tantos perros y gallinas como quisiera sin que nadie le impidiera subirlos al sofá, hasta que su cuñado Billy Hartington murió abatido por un francotirador en 1944, apenas cuatro meses después de casarse con Kathleen «Kick» Kennedy, la vivaz hermana de JFK. Cuatro años más tarde, la inmensamente querida Kick falleció en un accidente aéreo. Hoy está enterrada en el cementerio de Edensor, al final del jardín de Debo. En su lápida se lee: «Alegría que dio. Alegría que encontró».

Deborah Cavendish, de soltera Mitford, duquesa de Devonshire, da de comer a las gallinas en Chatsworth House, Derbyshire, década de 1990.
Cuando el décimo duque falleció inesperadamente en 1950, Deborah y Andrew se convirtieron en el undécimo duque y duquesa de Devonshire, heredando Chatsworth, Hardwick Hall, el castillo de Lismore y la abadía de Bolton, además de una deuda colosal en concepto de impuesto de sucesiones —el antiguo duque había muerto catorce semanas antes de que entrara en vigor la exención fiscal correspondiente—. Tras donar Hardwick Hall a la nación, vender valiosas obras de arte y años de negociaciones y malabarismos financieros por parte de Andrew, la deuda quedó finalmente saldada en 1974. Debo se encargó de redecorar Chatsworth de arriba abajo y con mucho gusto; la mansión había estado alquilada a un colegio de niñas y se encontraba en un estado lamentable.
Una vez que añadió, entre otras mejoras, diecisiete baños nuevos —«¿Quién va a lavar a mi hermana en todos esos baños?», preguntó una mordaz Nancy—, la convirtió en escenario de múltiples reuniones sociales. Hoy es una anfitriona de lo más relajada. «¿No quieres un poco de crema?», pregunta mientras su cocinera trae un pudín de suero de leche con lima y chocolate para acompañar el kedgeree —hecho con los huevos de sus gallinas— que hemos comido de almuerzo. «Mi madre solía decir que la manera inglesa de agasajar a los invitados era encender una buena chimenea y añadir nata a cada plato».
En 1977, Debo abrió —no sin polémica— la tienda Chatsworth Farm Shop, que allanó el camino para negocios agrícolas de lujo como Daylesford y la tienda Highgrove Farm del príncipe Carlos, además de contribuir a modernizar la imagen de Chatsworth. «Fue una decisión difícil porque la administración de la finca decía que no teníamos ni idea de vender alimentos y que era una apuesta arriesgada que molestaría a los carniceros locales», recuerda. «Según ellos, molestaría a todo el mundo. Al final no molestó a nadie». Hoy factura casi seis millones de libras. «La gente tiene la idea equivocada de que fui yo quien salvó Chatsworth de la venta, pero eso no es verdad. Fue Andrew», aclara. «Era divertido, inteligente, a veces gruñón y muchas veces maravilloso».
Tuvieron tres hijos: Emma —madre de la modelo Stella Tennant—, Stoker y Sophia, además de tres bebés que no lograron sobrevivir. «Tener hijos parece ser lo más difícil del mundo», le escribió a Nancy en mayo de 1947. «No entiendo cómo algunas personas lo consiguen siempre». Aún hoy no habla de sus penas, incapaz de encontrarle sentido a la queja. «El duelo forma parte de la vida», dice. «Cuando alguien moría, se hablaba un poco de la tragedia, se lloraba a la persona, pero no se le daba más vueltas. No había pastillas ni terapia. En aquellos tiempos no se hablaba de dinero, ni de enfermedades, ni de sexo. Ahora no se habla de otra cosa, ¿verdad?».

Duque de Devonshire, Andrew Robert Buxton Cavendish, par hereditario y terrateniente. Con su esposa Deborah Vivian Freeman-Mitford en 1980.
El difunto duque también se vio, en ocasiones, un tanto eclipsado por su carismática esposa Mitford, a pesar de la inicial —aunque ya superada— aversión de Debo a ser el centro de atención. Fue un matrimonio largo y exitoso, 63 años hasta la muerte de Andrew en 2004, aunque él se tomó con frecuencia la libertad de pasar largas temporadas en su casa de Mayfair, mientras ella era muy admirada.
Posó para Lucian Freud, que sigue siendo un gran amigo, y el encantador aunque lujurioso Jack Kennedy era un devoto confeso. «Lucian Freud vino el fin de semana», le escribió Debo a Diana en agosto de 1957. «Parece muy simpático y para nada malvado, aunque yo siempre me equivoco en esas cosas. Le apasiona el tenis, algo bastante inesperado».
El duque reconocía cierta envidia ante la fascinación que despertaban las Mitford. «¿Viste el musical sobre ellas?», preguntó en una ocasión. «Lo llamé La Triviata». Debo siempre cultivó el mito de su propia ignorancia, presentándose como una persona profundamente inculta y declarando sin parar su hastío ante los libros. Me da la impresión de que, mientras la mayoría finge haber leído libros que no ha leído, Debo tiende a fingir no haber leído los que sí ha leído. «Puede que haya algo de verdad en eso», admite. «Era para no tener que hablar de ellos durante horas».
Siempre evitó declarar cualquier interés en la política, a pesar de que Andrew se presentó sin éxito a las elecciones de Chesterfield por los conservadores en 1945 y de nuevo en 1950. Esta natural desafección resultó de lo más conveniente, dado que la mayoría de sus hermanas tenían una inusual predilección por la política más agitada de mediados del siglo XX. Pamela Mitford, la segunda de las hermanas mayores, se casó discretamente con un físico llamado Derek Jackson —Debo, que tenía 15 años, estaba enamorada de Derek y se desmayó al enterarse de la boda. «Siempre he estado enamorada de alguien o de algo», confiesa—, pero Pamela fue la excepción.
A los 18 años, Jessica, la segunda hermana menor y la oveja negra de la familia, se escapó a España con Esmond Romilly para luchar por la causa comunista. Romilly era una de las poquísimas personas que a Debo realmente le caían mal. «Era horrible con nuestros padres», dice. «Decir que era irrespetuoso sería quedarse muy corto. Era increíblemente grosero y desagradable en todos los sentidos».
Cuando Jessica se fugó, Debo se sintió bastante sola, viviendo en una pequeña casa del pueblo de Swinbrook, en los Cotswolds, con su madre de carácter apacible y su padre de genio volcánico, a quien Nancy inmortalizó como el tío Matthew en En busca del amor. «Era tan gracioso», dice Debo. «Por su forma de hablar y porque confundía a la gente de verdad; nadie sabía si hablaba en serio o no». Lo recuerda ofreciendo un trago a los visitantes y dándoles uno de sus cigarrillos más baratos. Podía dar miedo: aguantabas hasta donde te atrevías y entonces se giraba y te rugía. «La verdad es que yo era inmune porque era la última y, casualmente, también era su favorita».
Y mientras sus hermanas anhelaban escapar del campo, Debo siempre fue una auténtica mujer rural, con sus gallinas, perros, caballos y conejillos de indias, la caza, la jardinería y la gestión de fincas. Todo eso le sirvió de mucho como señora de una gran casa, aunque en alguna ocasión lamentó que las casi trescientas habitaciones de Chatsworth hicieran el adiestramiento de cachorros extraordinariamente complicado.

Fiel al estilo de las Mitford: la duquesa prefería afrontar los momentos más serios de la vida con una broma imprescindible y sin autocompasión.
Debo cree que su padre debió de anhelar la compañía masculina, rodeado como estaba de mujeres. Su único hermano varón, Tom, estudió en Eton y murió en Birmania en 1945. Las niñas se educaron en casa con una institutriz, porque Lord Redesdale desaprobaba la educación femenina y se negaba a enviarlas al colegio, convencido de que el hockey les engordaría los tobillos.
Unity, la tercera hermana, se obsesionó con el nazismo y se enamoró de Adolf Hitler. Debo tomó el té con él en una ocasión, pero todo se desarrolló en alemán y ella dice que «no le causó una buena impresión». El gran amor platónico de Debo es Elvis, y planea incluir la sección de su cerca de madera que consiguió de Graceland —tuvo que ser reemplazada cuando Elvis se hizo muy famoso porque, según ella, «no era lo suficientemente resistente»— en la exposición sobre su vida que tendría lugar en Chatsworth a partir de mediados de marzo.
Se pone casi seria de la pasión cuando habla de él. «En primer lugar, cuando era joven era asombrosamente guapo; en segundo lugar, tiene la mejor voz de todos esos cantantes, con mucha diferencia; y en tercer lugar, su sentido del ritmo es maravilloso. Es absolutamente preciso y tiene ese encanto autocrítico que hace que sientas que simplemente lo amas, porque es muy consciente de su propia fama».
La falta de autocomplacencia era algo fundamental en la filosofía Mitford. «La autocompasión y la autoestima, que ahora son tan importantes en las escuelas, no estaban permitidas», afirma. «¿Autoestima? La niñera solía decir: «¿Quién se va a fijar en ti?»». Y casi olvidando lo que decía, la niñera se lo dijo a Diana el día de su boda. «Y estaba tan guapa», recuerda Debo con un toque de nostalgia. «Siempre fue guapa; nunca tenía un mal día».
El 3 de septiembre de 1939, el día en que Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania, Unity —incapaz de reconciliarse con el conflicto entre su patria y la nación que amaba— se dirigió al Jardín Inglés de Múnich y se disparó en la cabeza. La bala no la mató, pero se alojó en su cerebro causándole un daño irreversible. Hitler dispuso que Unity fuera trasladada a Suiza, y Debo acompañó a su madre a recogerla. «Ya no era la persona que conocíamos», dice Debo. «No sé si alguna vez has conocido a alguien que haya sufrido un derrame cerebral grave y tenga una personalidad completamente transformada, pero ella era así, y fue muy triste». Unity se convirtió en una persona muy extravagante que sustituyó su fervor político por un fanatismo religioso.
Finalmente, los Redesdale se separaron. El matrimonio ya estaba bajo presión por los desacuerdos políticos —él era fervientemente antigermano, ella no— y Lord Redesdale acabó marchándose a Inch Kenneth, una pequeña isla en las Hébridas Interiores, llevándose consigo a la doncella Margaret Wright. «Unity tuvo una influencia terriblemente destructiva en cierto modo», dice Debo. «Era como tener un hijo nuevo en casa, y fue bastante difícil porque vivíamos en una casita muy pequeña y todos estábamos muy juntos». Al estilo Mitford, los Redesdale mantuvieron una sólida correspondencia hasta que él falleció en 1958, diez años después de la muerte de Unity a los 33 años, a causa de una meningitis.

Deborah Cavendish, duquesa de Devonshire, fotografiada en su estudio en Chatsworth House, Derbyshire, el 30 de junio de 1976.
Diana, la hermana favorita de Debo, dejó a su primer marido, Bryan Guinness, por el líder fascista Sir Oswald Mosley, y fue encarcelada en Holloway desde 1940 hasta 1943. Nancy la denunció ante el Ministerio de Asuntos Exteriores, calificándola de «persona extremadamente peligrosa». Más tarde admitió que aquello no había sido «un comportamiento propio de una hermana», pero lo repitió en protesta por la liberación de Diana, una traición que esta, afortunadamente, nunca descubrió. Aunque Nancy era inteligente y elegante, Diana era de una belleza deslumbrante, y es posible que esto avivara las llamas cuando Diana —que tenía dos hijos de su primer matrimonio— dio a luz a dos hijos de Mosley (Max, de la Fórmula 1, y Alexander, que murió hace cuatro años) pocas semanas después de que Nancy sufriera dos abortos espontáneos.
Nancy, con su mente naturalmente satírica, no pudo evitar inmortalizar a su manera la pasión ingenua de Unity y el compromiso de Diana con la causa fascista. Wigs On The Green es su novela más desconocida, principalmente porque ha estado descatalogada durante casi 75 años y estaba a punto de reeditarse con un prólogo de Charlotte Mosley. Publicada por primera vez en 1935, satirizaba el entusiasmo ciego de Unity y el fascismo en general. Un personaje llamado Eugenia Malmains —de notable estatura, al igual que Unity— recorre el condado haciendo sonar su tambor para los Union Jackshirts e intentando impedir que su niñera y su abuela —TPOF, siglas de The Poor Old Female, es decir, la pobre anciana— saboteen su gran plan político.
Tanto Diana como Unity lo vieron con muy malos ojos, furiosas con Nancy por burlarse de los Camisas Negras de Mosley, y la novela causó una ruptura entre las hermanas que tardó años en sanar. Aparte de todo eso, Nancy andaba desesperada por ganarse la vida. Aquello fue diez años antes de la publicación de En busca del amor, la novela que la convertiría en una estrella, y ella, como el resto de sus hermanas antes de casarse, no tenía dinero.
No ayudó que su propia vida amorosa fuera bastante desastrosa. En 1933, después de un romance sin futuro con Hamish St. Clair-Erskine, que era gay, se casó con Peter Rodd, que era guapo, pobre, vago y divertido. «Era un marido pésimo», dice Debo. «Nunca conservó un trabajo, así que nunca ganó dinero y, en realidad, era una especie de vagabundo por naturaleza. Muy listo. Lo sabía todo, absolutamente todo, y solía hablar sin parar de ello. Pero yo le tenía bastante cariño y era muy guapo. No era muy amable con Nancy y solía traer amigos borrachos del pub. ¡Qué fastidio!».

Deborah y Andrew Cavendish compartieron 63 años de matrimonio, enfrentando juntos la colosal deuda de sucesiones que amenazaba el patrimonio de Chatsworth.
Peter aparece en Wigs On The Green como Jasper, un parásito ingenioso y aprovechado que se abre camino en la vida chantajeando y engatusando. Él y Nancy se separaron en 1939, pero no se divorciaron hasta 1958, momento en el que Nancy llevaba tiempo enamorada del coronel Gaston Palewski —jefe de Estado Mayor de Charles de Gaulle—, con quien había tenido una aventura durante la Segunda Guerra Mundial.
Se mudó a París para estar cerca de él, pero la relación era en gran medida unilateral. «Nunca fueron pareja, pero él le tenía mucho cariño», dice Debo. Cuando el coronel se casó con una aristócrata francesa en 1969, Nancy quedó desconsolada, y pronto le diagnosticaron cáncer de hígado y luego de columna. «Su enfermedad fue una pesadilla», dice Debo. «Cuatro años de agonía intermitente, luego «¡oh, estoy curada!», y al día siguiente volvía el dolor». Nancy falleció en 1973 y el coronel la acompañó el día de su muerte. Está enterrada en Swinbrook junto a sus padres, sus hermanas y un monumento en memoria de su hermano Tom, cuyo cuerpo nunca fue recuperado de Birmania.
La vista de Debo es demasiado mala para leer hoy en día, aunque planea que alguien le lea Wigs On The Green en voz alta para recordar todos los «maravillosos chistes» de Nancy. Todavía puede escribir —«aunque no puedo leer lo que he escrito, lo cual suena muy raro, pero es cierto»— y sigue respondiendo a mano todas las cartas de sus fans. Le han sugerido una plantilla mecanografiada para redactar las respuestas, pero se niega rotundamente. Nancy, por su parte, siguió el ejemplo de Evelyn Waugh y solía enviar una postal con la frase impresa: «Nancy Mitford no puede hacer lo que usted pide».
Deborah, duquesa viuda de Devonshire, echa de menos a sus hermanas, pero dice que con la edad avanzada ha llegado cierto entumecimiento emocional. «A mi madre le pasaban muchas cosas por encima, y debo decir que ahora me pasa lo mismo». Mitford de pura cepa, en lugar de quedarse anclada en el pasado, prefiere regañar a sus gallinas por no poner suficientes huevos, ponerse todas sus joyas a la vez para hacer de la Miss Mundo más anciana del mundo en el Instituto de Mujeres, u organizar una fanfarria floral en la iglesia local con una figura de cartón de Elvis —y Alan Bennett haciendo una aparición estelar—. Trajo un vigor casi americano al oficio de duquesa. «Alguien me preguntó qué se siente al ser duquesa. Pues no es diferente a cualquier otra cosa. Llevo tanto tiempo siéndolo que ya no recuerdo cómo era antes». Y nadie más lo recuerda.
Publicado originalmente en el número de marzo de 2010 de Tatler.
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