La artista limeña lleva más de dos décadas transformando algunos de los espacios más icónicos del planeta —el Walt Disney Concert Hall, el Peninsula Hotel de Estambul, las vitrinas de Printemps en Wall Street— con esculturas de luz que los museos más prestigiosos de Alemania, China y Corea del Sur ya consideran parte de su historia. En entrevista con COSAS, nos reveló cómo el Pacífico, el desierto y los colores del Perú siguen siendo fuente de inspiración sobre todo lo que crea.
Por Alessia Carboni | Foto: Sean Quincy Munro / Kirill Simakov
Grimanesa Amorós —hoy una de las figuras más influyentes del arte de instalación a nivel global— regresó a Lima a hacer una pausa de su itinerante agenda internacional para disfrutar de la gastronomía local, el movimiento de sus calles y el horizonte gris y luminoso del Océano Pacífico. «El Perú siempre está entrelazado y presente en mi trabajo», afirma la artista.
No es casualidad que su nombre aparezca en las paredes del Ludwig Museum en Alemania, el CAFA Museum en China o el Seoul National University Museum of Art. Tampoco que el Departamento de Estado de Estados Unidos la haya elegido para su programa Art in Embassies, o que TED Global la haya invitado como oradora. Amorós pertenece a ese grupo de artistas cuyo trabajo trasciende las fronteras del arte contemporáneo para convertirse en experiencia colectiva: sus esculturas —construidas con LEDs, materiales reflectivos y componentes electrónicos diseñados a medida— transforman los espacios que habitan.

«Mi obra existe en ese espacio donde la escultura vendría a ser el cuerpo y la luz sería el alma».
El mar como primer lenguaje
En conversación con COSAS, Amorós fue precisa sobre el origen de su fascinación con la luz: no nació en una galería ni en un taller universitario, sino en la costa de Lima. «De niña, creciendo a lo largo de la costa, rodeada de luz, el Océano Pacífico y un movimiento constante, eso dio forma a cómo veo y cómo creo», nos dijo. Las espumas iridiscentes del Pacífico —esas formas efímeras que parecían tener vida propia— se convirtieron, con el tiempo, en el punto de partida de un lenguaje artístico que hoy se despliega en los escenarios más exigentes del mundo.

Grimanesa Amorós frente al horizonte limeño, el paisaje costero que despertó su fascinación por la luz y el movimiento constante.
Pero fue un viaje a Islandia el que terminó de definir su vocación. Al presenciar las auroras boreales, algo se afirmó en ella de manera irreversible. «Entendí el poder de la luz como experiencia, no como objeto», relató. «Me dije a mí misma que sería fantástico compartir estos momentos con los demás, porque la luz nos hace sentir. Desde ese momento supe que quería que ese fuera mi medio.» El proceso que vino después fue largo: años de experimentación con materiales que pudieran difundir la luz de la manera exacta que ella imaginaba.
Hoy, Amorós describe su práctica con precisión: «La escultura es lo que aporta la estructura, y la luz es ese medio efímero que se experimenta y se comparte. Mi obra existe en ese espacio donde la escultura vendría a ser el cuerpo y la luz sería el alma».
De Lima a Nueva York
Amorós vivió en Lima hasta los 22 años. Estudió en el colegio Villa María, tomó clases de pintura al óleo desde los 11 años y cursó Psicología de manera paralela antes de tomar una decisión que ella misma califica de radical: dejar la carrera para dedicarse por completo al arte. «Yo sabía que, para seguir evolucionando, debía elegir una sola cosa», explicó. «Fue una decisión difícil, pero muy importante.»
La mudanza a Nueva York fue un quiebre emocional intenso. «Cuando llegué no conocía a ninguna persona en la ciudad», recordó. «Significó dejar todo lo conocido en Lima y enfrentarme a lo desconocido, pero también fue una expansión.» Esa dualidad —el desarraigo y el crecimiento— profundizó su vínculo con el Perú en lugar de debilitarlo. «Nueva York me enseñó otra velocidad, otra dureza, pero siempre regreso al Perú cuando puedo porque es esencial para mí.»

En su obra PASSAGE, instalada en Estambul, Turquía; el rojo se convierte en un vehículo visual de la memoria, la transformación y la continuidad.
Recorrer la costa limeña, nos contó, es un acto de memoria física. «El olor del mar, la neblina, el sonido de las olas. Es una sensación de humildad porque te recuerda de dónde vienes.» Y agrega algo que revela mucho sobre su forma de entender la identidad: «Lima sigue teniendo una escala emocional distinta. Es mucho más íntima, más visceral, porque siempre me conecta con mis raíces, con mis años formativos.»
Ser peruana como forma de ver el mundo
Para Amorós, la peruanidad no es una etiqueta ni un repertorio de imágenes folclóricas que transportar al exterior. «Ser peruana no es solo algo estético, es una forma de percibir el mundo», afirmó. «Influye en cómo percibo el paisaje, en mi relación con la naturaleza, en el respeto que tengo por la energía de los espacios y en la memoria colectiva que esto conlleva.»
Y sobre su identidad, es igual de directa: «La identidad peruana evoluciona conmigo constantemente; no se congela en el pasado de mi infancia, sino que se sigue construyendo. No se trata de preservarla como un museo.»
Es esa misma concepción dinámica de la herencia la que subyace a su obra más reciente. A comienzos de 2026, presentó RADIANCE, una instalación monumental desarrollada en colaboración con la Filarmónica de Los Ángeles que transformó las luces exteriores del Walt Disney Concert Hall durante tres noches consecutivas. La pieza —que acompañó la presentación de Prometeo bajo la batuta del director finlandés Esa-Pekka Salonen— tomó como inspiración la mitología griega y la figura del Dios Inca Viracocha, uniendo en un solo gesto sus dos mundos de referencia. El proyecto fue cubierto por el New York Times y el Los Angeles Times.

RADIANCE del Walt Disney Concert Hall es una escultura lumínica que explora cómo la luz puede conectar lo material con lo metafísico. (Créditos: Los Angeles Philharmonic)
Su huella global
Entre sus instalaciones más recientes figuran MARITIME y PASSAGE, dos obras site-specific presentadas en el Peninsula Hotel de Estambul como parte de la serie A Wave of Time (2025). PASSAGE envuelve la torre del reloj del edificio —otrora sala de espera para viajeros en tránsito— con una estructura tubular de luz roja que evoca la migración, la memoria y el legado cultural de Estambul; mientras que MARITIME, colgada en el lobby del hotel, recrea los ritmos del Bósforo y reflexiona sobre la fragilidad de los océanos. También en 2026 presentó PERFECT TIMING, una instalación de 29 metros en la entrada del histórico Printemps de Nueva York, en el distrito financiero de Wall Street, que convierte la cadencia lumínica de la ciudad en un lenguaje universal sobre el tiempo.
Ha expuesto además en instituciones como el Ludwig Museum de Alemania, el Museo Nacional de Bellas Artes de Cuba y el Museum of China Central Academy of Fine Arts, y sus proyectos han llegado a Londres, París, Riad y Mumbai.

Sus instalaciones de luz están expuestas en el Ludwig Museum de Alemania, el Peninsula Hotel de Estambul y el Musem of China Central.
Hoy, además de sus proyectos monumentales, Amorós trabaja en una exploración que la entusiasma especialmente: la monumentalidad desde la intimidad. «He desarrollado obras de menor escala en las que sigo trabajando con la luz, pero en formatos más pequeños y mediante secuencias experimentales», contó. También la atrae el reto de la luz en condiciones extremas, como los desiertos del Medio Oriente. «Hay un proceso de investigación constante: la tecnología cambia, pero la intención sigue siendo la misma.»
Esa intención la ha sostenido durante más de dos décadas: utilizar la luz no para decorar un espacio, sino para transformar cómo lo sentimos. «La luz es efímera, no se posee, solo se vive.» Es una distinción que define todo su trabajo —desde las piezas íntimas que está desarrollando ahora hasta las fachadas de los grandes recintos culturales del mundo.
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