Un cerro árido transformado por una familia migrante en un espacio verde visitable, hoy convertido en atractivo turístico.
Por: Luis Mauricio Málaga Fuenzalida
En San Juan de Lurigancho, uno de los distritos más densamente poblados de Lima, existe un espacio que rompe con el paisaje habitual: más de 4.000 metros cuadrados de vegetación en medio de un cerro seco.
La Selva Escondida no nació como proyecto turístico, se gestó como una respuesta doméstica a la necesidad, y con el tiempo se convirtió en un punto de visita cada vez más concurrido.

En medio de San Juan de Lurigancho, la Selva Escondida emerge como un contraste ecológico frente al paisaje urbano dominante.
Un origen marcado por la migración
Esther Rodríguez Huamán llegó a Lima desde Ayacucho en los años 80, en el contexto de la violencia terrorista. Su testimonio resume ese momento sin matices: “Me he venido con lo que llevaba puesto. Todo con mis hijos encima, dejando todas mis cosas”.
La familia se instaló inicialmente en condiciones precarias, hasta que accedieron a un terreno en San Juan de Lurigancho. El lugar no ofrecía ventajas: era un cerro árido, sin agua ni vegetación. “Uno llega triste, pues, cuando llega sin nada”, recuerda.

Esther Rodríguez Huamán, fundadora de la Selva Escondida, convirtió un cerro árido en un ecosistema vivo a fuerza de constancia y oficio aprendido en la práctica.
De huerto familiar a espacio verde
La intervención del terreno comenzó sin planificación técnica. Esther decidió sembrar por iniciativa propia, motivada por su experiencia previa en la huerta. “Desde joven me gustaba plantar”, explica.
“Cuando llegué, aquí no había nada. Era puro cerro.”
El proceso fue gradual y manual. “Traía agua en baldecitos desde abajo, y así poco a poco”, señala. Las primeras plantas no sobrevivían por el tipo de suelo, pero con el tiempo la familia logró adaptar la tierra y generar condiciones mínimas para el crecimiento.

El riego inicial, hecho con baldes, marcó el punto de partida de un proceso que transformó por completo el terreno.
Durante años, el espacio funcionó exclusivamente como un huerto familiar. “Yo lo he puesto para mí y para mis hijos”, dice. El objetivo era asegurar alimentos y mantener un entorno con vegetación, no abrirlo al público.
Con el paso de las décadas, el cerro fue cambiando: se generaron terrazas, se incorporaron nuevas especies y se amplió el área cultivada. Hoy alberga más de 100 tipos de plantas, entre frutales, ornamentales y medicinales, además de pequeños animales.

Pequeños animales, aves y peces forman parte del ecosistema que hoy habita este refugio verde construido desde cero.
Apertura al turismo
El cambio hacia un uso público no fue planificado. La exposición mediática ocurrió de manera accidental, tras la difusión de videos y reportajes. “Yo no les he pedido que vengan”, comenta Esther sobre la llegada de un equipo de televisión.
El impacto fue inmediato: visitantes comenzaron a llegar al lugar. Frente a los altos costos de mantenimiento, la familia optó por abrir el espacio de manera organizada. Se implementaron caminos, circuitos y áreas básicas para la visita.
“Nunca imaginé que la gente vendría a visitar este lugar.”
Así se consolidó la Selva Escondida como un atractivo turístico local. Actualmente, recibe visitantes todos los días, con un horario aproximado de 9:00 a. m. a 5:30 p. m. y un costo de ingreso cercano a los 6 soles.

Lo que antes fue tierra salitrosa hoy alberga más de cien especies de árboles, resultado de décadas de adaptación empírica del suelo.
Un modelo sostenido por la familia
El mantenimiento del espacio sigue siendo un desafío. El riego, la limpieza y la conservación de las plantas requieren inversión constante. Parte del sistema incluye reutilización de agua y abonos orgánicos.
A sus 85 años, Esther ya no realiza el trabajo físico como antes, pero mantiene presencia en el lugar. “Yo me siento alegre, me siento bien hasta ahora”, afirma.

Los hijos de Esther asumieron la continuidad del proyecto, encargándose del mantenimiento, la infraestructura y la apertura al público.
Hoy, sus hijos continúan el proyecto, aplicando lo aprendido durante años. La Selva Escondida funciona como un ejemplo de transformación urbana con impacto en el turismo local.
Más allá de su valor paisajístico, el lugar resume una historia de migración, adaptación y trabajo sostenido en el tiempo.
Suscríbase aquí a la edición impresa y sea parte de Club COSAS.