La arquitecta Nicole Futterknecht estuvo a cargo de la remodelación de una casa típicamente miraflorina en la que se respetaron las características de la obra original y la estética de la cuadra. Un refugio citadino con espacios abiertos y materiales cálidos.

Por Gloria Montanaro / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

Futterknecht

Antes de llegar a esta casa de los años cuarenta, con doble fachada y planteada en diagonal al terreno, la arquitecta Nicole Futterknecht acompañó a sus clientes durante casi dos años en la búsqueda del lugar indicado. El estilo original, los techos altos, las molduras, el tamaño, la ubicación y el potencial que tenía fueron los checks que confirmaron que el flechazo inicial venía con los condimentos necesarios para convertirse en un amor para toda la vida.

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La historia de esta casa comienza con ellos: él es sociólogo y ella, productora cultural. Juntos crearon una consultora de diseño de estrategias de comunicación enfocada principalmente en proyectos sociales. Ambos han estado relacionados con el arte, la música, el teatro y el diseño, y, después de muchos años de relación, decidieron mudarse juntos. “Me pidieron que su casa sea un refugio del estrés de Lima. Querían un lugar que invite a estar, con espacios abiertos, materiales naturales y cálidos, y colores neutros”, resume Futterknecht.

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Más allá de la proyección conceptual, dentro del plano de esta casa típicamente miraflorina de 226 metros cuadrados se debía contemplar la creación de dos dormitorios secundarios: uno para el hijo de ella y otro para los hijos de él, que irían a pasar allí los fines de semana. También un espacio de trabajo, una sala de estar amplia donde recibir a los amigos y una cocina confortable.

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El desafío: la existencia de muchos espacios pequeños, oscuros y separados por tabiquerías. ¿La solución? Demoler para favorecer la iluminación natural de la doble fachada. “Lo principal fue crear un gran espacio abierto en el primer nivel, por lo que tuvimos que demoler muros portantes, que fueron reemplazados por estructuras metálicas”, explica Futterknecht. Con el mismo objetivo se demolió una ampliación preexistente en el jardín posterior, que obstaculizaba el ingreso de luz y reducía el espacio exterior. Pero no todo fue derrumbar. También se construyó un tercer piso destinado a una sala de estar, una terraza con vista al mar y una zona de servicio. Allí se agregó un ventanal, coronado con una gran teatina.

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Proyecto integral

La obra lo abarcó todo: “Dejamos en cascarón la casa original y reemplazamos todas las instalaciones, acabados y carpintería”, dice Futterknecht. Para los revestimientos se eligió una paleta de color basada en neutros y pasteles, que ayudara a reflejar la luz y diera libertad a la hora de jugar con la decoración. El contrapunto de color lo dieron las carpinterías. “Decidimos enfatizar la estructura metálica en vez de esconderla. Pintarlas de negro era una manera de remarcar que alguna vez ahí hubo una separación”, añade la arquitecta.

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Hoy el recorrido de la casa comienza en un primer nivel con sala, comedor y cocina completamente integrados, y un espacio tipo anexo destinado a un estudio (el único cerrado por una mampara). En el segundo nivel están ubicados los tres dormitorios y, en el tercero, el estar, visualmente abierto a la terraza y la lavandería. Las tres plantas están unidas por una gran escalera que permite sentir la altitud total de la casa. Un plano que abraza con honestidad las necesidades, proyectos y respiros de quienes la habitan, a la par de las intenciones originales de su arquitectura y su contexto.

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Artículo publicado en la revista CASAS #275