La arquitecta peruana Ruth Alvarado repasa su formación entre Lima y Estados Unidos, su vínculo con el paisaje y la evolución de una obra que privilegia la experiencia sensorial y el aprendizaje constante.

Por: Renzo Espinosa Mangini

Desde sus primeras decisiones académicas hasta los proyectos que hoy imagina, la trayectoria de Ruth Alvarado (Lima, 1956) se ha construido con una mezcla de intuición, disciplina y observación atenta del entorno. Su arquitectura no responde a fórmulas preestablecidas. Más bien, se va revelando en el proceso, en diálogo con el lugar, la memoria y las condiciones específicas de cada encargo.

Su formación comenzó en Lima, en la Universidad Ricardo Palma, y continuó en la Universidad de Virginia, donde culminó sus estudios. Ese tránsito distinto marcó su manera de entender la arquitectura. “Recuerdo estar deslumbrada por los profesores y sus ideas innovadoras en un ambiente de franca precariedad”, señala sobre sus años en el Perú. Luego, en Estados Unidos, encontró otro tipo de exigencia: “El rigor de lo académico, el peso de la historia y la tradición, fueron un aprendizaje necesario en cuanto a lo epistemológico”.

Edificio en Playa La Honda. Perú. (2007).

Ese cruce de experiencias amplió su mirada y le dio herramientas para enfrentar el oficio con mayor flexibilidad. En su caso, el inicio de cada proyecto no parte de una idea cerrada, sino de una aproximación más abierta. “Me apoyo primero en lo sensorial y en la intuición. Luego, es un proceso donde las variables del lugar van dictando su verdad”, explica.

El paisaje como origen del proyecto

Una parte importante de su obra se ha desarrollado en la costa peruana, un territorio que conoce desde la infancia y que sigue siendo una fuente constante de inspiración. El desierto, en particular, ocupa un lugar central en su imaginario. “Es un catalizador emocional y un lugar cuya desnudez nos remite a lo primigenio”, dice. Recuerda esos recorridos tempranos frente al mar, la geología del paisaje, las texturas y los cambios de luz a lo largo del día como elementos que siguen presentes en su manera de proyectar.

Balcones en Ancón y Edificio Manzanilla. Proyectos de OB+RA que exploran la relación entre ritmo, fachada y espacio urbano.

Sus viviendas, muchas de ellas ubicadas en zonas costeras, muestran una atención especial a la escala, la materialidad y la experiencia de espacio.

Desde hace más de veinte años, Ruth trabaja junto a su esposo, el arquitecto Oscar Borasino, bajo la asociación OB+RA. Cada uno mantiene su estudio, pero comparten proyectos y una historia en común. La dinámica, cuenta, se fue construyendo con el tiempo. “Empezamos por colaborar en concursos y algún proyecto de vivienda. Se dio de una manera paulatina y natural, pero no fue siempre fácil”, reconoce. La convivencia entre dos miradas distintas ha sido parte del aprendizaje.

Casa La Quipa, Perú, (2013). Volúmenes en voladizo se apoyan sobre el acantilado frente al mar.

Mirar el presente, pensar el futuro

Con varias décadas de ejercicio profesional, Alvarado observa con atención el panorama local. Destaca la aparición de nuevas generaciones con talento, pero también señala una deuda pendiente. “Siempre nos ha faltado a los arquitectos en Perú una formación en el lado del planeamiento y urbanismo”, afirma. En una ciudad que crece sin orden claro, esa carencia se vuelve evidente.

En el ámbito internacional, identifica un interés por la experimentación y la exploración de materiales y tecnologías, algo que también se refleja en los reconocimientos recientes dentro de la disciplina. Al mismo tiempo, advierte que la irrupción de la inteligencia artificial transformará la práctica profesional. Frente a ese escenario, propone una formación más amplia. “Pienso que la formación para los jóvenes debiera ser multidisciplinaria, para que con versatilidad se enfrenten a los panoramas que vendrán”.

“Cada proyecto es un proceso abierto, donde el lugar, la memoria y la intuición toman forma.”

Actualmente, su trabajo se mueve entre proyectos de vivienda y encargos de mayor escala, como edificios deportivos. Le interesa esa transición entre lo doméstico y lo urbano, entre lo íntimo y lo colectivo. También mira hacia adelante con nuevas aspiraciones. “Me encantaría hacer obra pública, idealmente, a través de un concurso arquitectónico”, comenta. Entre sus deseos aparecen programas diversos: un museo, una residencia para adultos mayores o incluso una planta de desalinización.

Al hablar de su propia arquitectura, evita definiciones categóricas. Prefiere que sean otros quienes la interpreten. “Me gustaría que la perciban como una obra coherente, inspirada y asertiva”, dice.

Jardín de los Senderos, San Isidro (2006). La plaza recupera cualidades arquitectónicas en un espacio residual, con la naturaleza como eje del proyecto.

Hay, sin embargo, momentos que permanecen con claridad en su memoria. Uno de ellos ocurrió durante la construcción de la Iglesia Sagrado Corazón, en Monterrico, un proyecto que desarrolló junto a un equipo de arquitectos. Recuerda entrar al espacio aún sin terminar, con el suelo de tierra y la estructura expuesta. “Fue una epifanía, un momento indescriptible de emoción”, cuenta. La escala, la luz y la forma ya estaban ahí, anticipando la experiencia final.

Su mirada sobre Lima también se mueve entre distintas capas. Reconoce las dificultades de la ciudad, pero también valora los avances. “La aparición de parques, de espacios públicos y lugares para la interacción comunitaria son aportes bienvenidos”, señala.

En ese equilibrio entre crítica y posibilidad, entre intuición y aprendizaje, se sostiene una trayectoria que sigue abierta. Para Ruth Alvarado, cada proyecto es una oportunidad de volver a empezar. •

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