Desde la herencia de sus raíces hasta su formación profesional, Laura Carrión nos cuenta cómo ha integrado sus virtudes para ser hoy el corazón estratégico de El Bosque, marca peruana de queso de cabra artesanal.
Por: Luis Mauricio Málaga Fuenzalida | Fotos: Eduardo Irujo
Desde el liderazgo comercial, Laura Carrión se suma a la nueva generación que hoy impulsa El Bosque, marca de queso de cabra artesanal fundada por sus padres. Nacida en Lima en 1997, se graduó en Administración y adquirió experiencia internacional en Estados Unidos, trabajando en el sector de hospitalidad de lujo.
Fue su prima Adelaida Olaechea quien, tras protagonizar nuestra portada digital en febrero, la animó a conversar con nosotros. El impulso definitivo vino de su primo Fernando Berckemeyer, quien la asesoró en medios.
Laura nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja. Carismática, risueña, educada y proactiva, habla con energía sobre la tradición familiar, el proceso artesanal de los quesos y su visión para que el proyecto crezca, siempre desde su mirada y vocación de acogida.

«Los detalles importan, y dar lo mejor de uno mismo no es opcional, es parte de quién eres”.
—Para empezar, cuéntanos un poco de tu infancia. ¿Cómo era la vida en tu casa cuando había visitas o reuniones?
Crecí en una familia grande: somos cinco hermanos, yo soy la menor. En mi casa siempre había gente. Recibir visitas era algo muy natural, y casi todo giraba alrededor de la comida. Siempre se preparaba algo especial. Mi papá, por ejemplo, casi nunca cocinaba durante la semana, pero cuando había invitados se lucía. Mi mamá también preparaba recetas especiales los fines de semana.
—Al crecer viendo a tus padres y a tus hermanos, ¿qué valores o principios sientes que te marcaron más?
La ética de trabajo. En mi familia siempre se valoró mucho dar lo mejor de uno mismo en todo lo que haces. Mis hermanos, por ejemplo, siempre destacaban en el colegio y en la universidad, y mis papás trabajaban muchísimo. Eso marcaba mucho el ambiente en la casa. La idea era simple, hacer las cosas bien, con dedicación. No solo en el trabajo o en los estudios, sino también en lo cotidiano, incluso cuando recibes gente en tu casa. Siempre tratar de dar lo mejor dentro de tus posibilidades.

Define la cocina como “un espacio de exploración”, un lugar para ensayar, fallar y encontrar nuevas combinaciones de sabor.
—A los 21 años te fuiste a Vail y entraste al mundo de la hospitalidad de lujo. ¿Qué aprendiste allí sobre el arte de atender a alguien?
Cuando empecé la universidad, estudié Administración de servicios porque me atraía mucho el lado humano del trabajo: la idea de atender a las personas y hacerlas sentir bien, ya sea en un restaurante o en un hotel. Después me cambié a administración de empresas, pero ese interés siempre quedó. En Vail, casi por inercia, mi trayectoria terminó decantándose hacia el sector de la hospitalidad. Estar al servicio de las personas, poder alegrarlas o hacer algo por ellas, es algo que realmente me gusta, y trabajar en hoteles y restaurantes de lujo te enseña mucho sobre el arte de recibir. Te das cuenta de lo especial que puede ser una experiencia bien cuidada y de lo importante que es hacer sentir bienvenido a alguien.
—Te describes como una persona curiosa y exploradora. ¿Cómo se refleja ese espíritu en la forma en que experimentas con sabores?
Me fui a Vail, Colorado, supuestamente por tres meses y terminé quedándome cinco años. Pasé de vivir en una ciudad grande junto al mar a un pueblito en la montaña, con un estilo de vida muy distinto y mucho más conectado con la naturaleza. Todo era nuevo, y eso despertó mucho mi curiosidad. Además, el estar rodeada de restaurantes me expuso a muchas formas distintas de cocinar. Esa curiosidad la llevo a mi cocina del día a día, me gusta descubrir un ingrediente nuevo, probarlo y ver cómo podría funcionar en otras preparaciones. Cuando pienso en sabores, me divierte jugar con contrastes: dulce, salado, picante, distintas texturas. También es algo que veía en mi casa. Cuando mi papá cocinaba, lo hacía muy intuitivamente, agarrando lo que encontraba y probando combinaciones. Creo que esa libertad para experimentar se me quedó arraigada.

“Nuestro producto es bastante limpio, en un mercado donde hay tantos aditivos, eso hace una gran diferencia”.
—El deporte y el bienestar también parecen ser parte importante de tu vida. ¿Cómo conviven esa disciplina y tu amor por la buena comida?
En mi último invierno en Vail, me rompí el ligamento cruzado esquiando. La rehabilitación me obligó a pasar mucho tiempo en terapia. Esa experiencia me hizo tomar mucha más conciencia sobre mi salud física. Cuando regresé a Lima empecé a ir a una nutricionista que me hizo entender cuánto puede cambiar tu calidad de vida cuando prestas atención a lo que comes. Esa idea de que somos lo que comemos empezó a tener mucho más sentido para mí. Como me gusta compartir con la gente, también trato de transmitir eso a quienes tengo cerca. No solo por un tema estético, sino porque comer bien, entender los macronutrientes y mantenerse activo realmente tiene un impacto enorme en cómo te sientes.
—¿Cómo fue el momento en que decidiste involucrarte en el negocio familiar y qué te sorprendió al entrar de lleno al mundo del queso de cabra?
Mis hermanos estaban empezando a involucrarse, así que decidí sumarme para comprobar si realmente podíamos apostar por el negocio familiar. Lo primero que me sorprendió fue el sabor. Había pasado muchos años sin probarlo, y cuando lo volví a hacer pensé: esto está realmente bueno. Era sofisticado, pero al mismo tiempo mucho más delicado de lo que la gente suele imaginar cuando piensa en queso de cabra. Después, cuando empezamos a desarrollar nuevos sabores, descubrí que ese proceso creativo me divertía muchísimo. Probar combinaciones, ajustar detalles, pensar en cómo funciona cada ingrediente. Y finalmente, al entender mejor el proceso, desde la recolección de la leche hasta la producción artesanal, me di cuenta de que es un producto muy fresco, hecho con buenos ingredientes y mucho cuidado. Eso conecta mucho con mi interés por la nutrición y por comer alimentos lo más naturales posible.

“Siempre me ha atraído el lado humano del trabajo: hacer sentir bien a las personas”, sostiene Laura Carrión.
—Para alguien que cuida tanto su alimentación, ¿qué ventajas le ves al queso de cabra frente a otros quesos más tradicionales?
Este tema me encanta. La idea es tener un queso de cabra untable para el día a día, algo que se pueda comparar con cualquier otro queso crema del mercado, incluso con los de vaca. Si revisas en el supermercado los ingredientes de muchos quesos crema, suelen tener grasa agregada, crema de leche, además de varios aditivos, conservantes y estabilizantes. En cambio, este queso está hecho básicamente con leche de cabra y con lo mínimo necesario para que exista. Además, al no tener grasa ni crema de leche añadida, el porcentaje de grasa es menor que el de muchos otros quesos crema, y es mucho más amigable para personas con intolerancia a la lactosa.

Los quesos de cabra de El Bosque exploran sabores como pistacho con cranberries, pimientos con Los quesos de cabra de El Bosque exploran sabores como pistacho con cranberries, pimientos con ajo, finas hierbas y ajonjolí.
—Más allá del negocio familiar, ¿qué es lo que te impulsa a seguir apostando por un producto artesanal como este?
Hoy lo que más me motiva es sacar adelante un producto en el que realmente creo. Me gusta porque es saludable, es rico y tiene un sabor sofisticado pero al mismo tiempo bastante suave. También me motiva mucho hacerlo en familia. Es un proyecto que empezó con mis papás, pero en el día a día trabajo sobre todo con mis hermanos. Poder construir algo juntos, en algo en lo que nunca pensamos que terminaríamos involucrados, es una experiencia muy bonita.
Suscríbase aquí a la edición impresa y sea parte de Club COSAS.