La asesora de arte, Meg de Romaña, escribe una columna en la que explica los procesos mentales que se activan cada vez que apreciamos con atención una obra de arte.

Por Meg de Romana @megderomana

Museos

Al ver un cuadro u obra de arte, el cerebro la relacionar la imagen con alguna experiencia vital del mundo físico.

Quizá te haya sucedido que, al recorrer un museo o galería, te topas con un cuadro que te cautiva sin entender por qué. Este fenómeno se analiza en la neuroestética, un campo de estudio que utiliza la neurociencia para explicar y comprender las experiencias estéticas. En otras palabras, los investigadores observan cómo reacciona el cerebro al ver o crear una obra de arte.

Eric Kandel, premio Nobel de Neurociencia, ha estudiado cómo formamos la memoria y nos explica que las obras de arte de estilo figurativas son observadas utilizando la parte cerebral que maneja la memoria y los recuerdos, mientras que al observar piezas abstractas utilizamos la parte de las emociones y sensaciones.

El arte está incompleto sin la participación perceptiva y emocional del espectador.  Interpretamos lo que vemos en términos personales, agregando significado a la imagen. Así, cada uno percibe una obra de arte de manera diferente, de modo que observar una implica un proceso creativo por parte del espectador. Esto sucede porque nuestro cerebro toma la información incompleta acerca del mundo externo que recibe de nuestros ojos y la completa.

Ahora bien, la percepción incorpora la información que nuestro cerebro recibe del mundo externo con conocimientos basados ​​en el aprendizaje de experiencias anteriores e hipótesis. Al ver una obra de arte abstracta, la relacionamos con toda nuestra experiencia vital del mundo físico.

No.-5-Pollock

Al encontrarse con el arte abstracta como, por ejemplo, “No. 5” del artista Jackson Pollock, nuestro cerebro no reconoce figuras conocidas, y las emociones y sensaciones son las que predominan nuestra percepción.

Perspectivas y experiencias

Cuando observamos una obra figurativa, como la “Mona Lisa” de Leonardo da Vinci, por ejemplo, todos vemos el retrato de una mujer de tez blanca con un fondo de vegetación atrás de ella. Esto se debe a que todos tenemos en nuestra memoria cuál es la figura femenina, las distintas tonalidades de piel y cómo se ve un bosque. Estas imágenes ya están grabadas en nuestra memoria y son las que nos ayudan a clarificar la imagen que recibimos en nuestras retinas.

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Por el contrario, al mirar una obra de arte abstracta como, por ejemplo, “No. 5” del artista Jackson Pollock, nuestro cerebro no reconoce en ella figura alguna. Los ojos buscan un centro de atención que no es encontrado y es ahí donde nuestras emociones y sensaciones son las que predominan en nuestra mente.

Nuestro circuito neuronal está programado para preferir imágenes que podamos identificar, lo que hace que las formas abstractas sean más difíciles de procesar. Al mismo tiempo, las formas abstractas dejan la puerta abierta a la interpretación, estimulando las áreas superiores del cerebro, que son responsables de la creatividad y la imaginación.

Existe mucha evidencia científica que demuestra que el arte mejora la función cerebral. Tiene un impacto en los patrones de sus ondas y las emociones, el sistema nervioso y, además, puede elevar los niveles de serotonina. El arte puede cambiar la perspectiva de una persona y la forma en que experimenta el mundo.

Así que la próxima vez que visites un museo, déjate llevar por tus experiencias y emociones y así disfrutarás aún más el arte.

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