Nos reunimos con el músico peruano-británico Attawalpa para recorrer su historia entre Europa y América, su proceso creativo y la forma en que ha plasmado su identidad en música.

Por: Luis Mauricio Málaga Fuenzalida

Sentado junto a la fuente victoriana de un antiguo rancho barranquino que hoy funge como la Galería Livia Benavides, Luis Felber, conocido artísticamente como Attawalpa, reposa maravillado acompañado de su madre, la artista plástica peruana Alma Laura. Alma migró a Londres a los 19 años y desarrolló una carrera pictórica centrada en retratos figurativos intensos. Esa experiencia, la que se forma a través del origen y el desplazamiento, se traslada también a la historia de su hijo.

Luis Felber, Attawalpa, artista nacido en Inglaterra, crece entre Perú y Chile, con una identidad moldeada por el desplazamiento familiar. (Créditos: Johanna Assen)

Nacido en Winchester, Inglaterra, en 1986, la historia de Luis no puede leerse desde una sola geografía. Durante su infancia vivió entre Perú y Chile, en contacto directo con su familia materna, antes de regresar definitivamente al Reino Unido a los siete años. Ese tránsito temprano se trasladaría al eje estructural de su identidad artística. El propio nombre Attawalpa (que no es un seudónimo, sino su segundo nombre real, tomado en referencia al último soberano del Imperio Inca) condensa la tensión heredada. 

Luis creció entre Perú, Chile y el Reino Unido.

Antes de consolidarse como solista, Felber tuvo una trayectoria extensa dentro del circuito alternativo británico. Empezó a tocar guitarra a los 17 años y se integró rápidamente a la escena musical londinense. Fue parte de la banda punk Turbogeist, experimentó con sonidos psicodélicos en el dúo Shuga, acompañó como músico de gira a Jamie T y participó activamente en el ecosistema creativo vinculado al sello y club Young Turks. En ese periodo también amplió su perfil como compositor, llegando incluso a coescribir una canción junto a Mick Jagger, mítico cantante de los Rolling Stones, para la serie Vinyl, producida por el propio Jagger y Martin Scorsese. 

Luis Felber integró el dúo Shuga, proyecto surgido de la escena londinense de rock alternativo, junto a Emma Chitty.

El punto de inflexión llegó recién en 2020, cuando decide lanzar su proyecto solista bajo el nombre Attawalpa. Más que un cambio de formato, fue una redefinición personal. Su música, que cuenta con influencias que van del art pop al post-punk, empezó a incorporar de forma más consciente su historia, su herencia y sus procesos internos. Ese proceso no fue únicamente estético. También estuvo atravesado por cambios personales profundos, entre ellos su paso a la sobriedad, que él mismo ha vinculado directamente con su desarrollo creativo. Hoy, ese recorrido parece haber alcanzado un punto de equilibrio.

El proyecto Attawalpa surge en 2020 como un punto de inflexión creativo.

“Creo que estoy en un punto en el que me siento como si estuviera viendo las olas, pero sin miedo”, nos cuenta sereno, como extasiado por la arquitectura que nos rodea. Actualmente trabaja en su tercer álbum, mientras observa con distancia el ciclo de su disco Experience (2025) y sus remixes. No está quieto, pero tiene todo bajo control.

Uno de los cambios más claros en su forma de trabajar es el abandono de la sobreexigencia técnica en favor de una aproximación más orgánica. “Antes pensaba demasiado las cosas; me obsesionaba intentando probar todo con una canción hasta que ya no podía más”, explica. “Ahora… me siento mucho más contento de dejar que la canción respire, en lugar de abrirla a la fuerza”.

Mientras prepara su tercer álbum, observa su obra reciente con distancia y apuesta por un proceso creativo más libre y menos obsesivo.

Y ese giro se refleja directamente en su sonido. Attawalpa ha ido alejándose de la producción excesivamente pulida para acercarse a registros más inmediatos, más cercanos a la ejecución en vivo. “Ahora solo quiero hacer discos que suenen a gente tocando junta en una habitación”. Habla de la imperfección como herramienta estética, no como problema técnico. De la presencia antes que la rigidez. “Siempre estoy buscando la mejor forma de hacer una canción que me guste”, resume.

Su música puede sonar íntima más no aislada. Se construye sobre una red clara de referencias. Por un lado, artistas anglosajones como David Bowie, por otro, una conexión declarada con la tradición peruana, tanto por la maraña psicodélica de Traffic Sound como el candor criollo de Felipe Pinglo, que él mismo ha mencionado en otras ocasiones como una influencia emocional más que formal.

“Ahora solo quiero hacer discos que suenen a gente tocando junta en una habitación”.

Aunque hay una línea específica que aparece con fuerza cuando se habla de su sonido, la tradición británica más oscura. Al mencionarle nombres como Scott Walker o Nick Cave como pinceladas de un sonido crooner que se nos viene a la mente cuando lo escuchamos, Felber redirige la conversación hacia un artista clave: Joy Division.

“Joy Division fue como el Nirvana de Inglaterra antes de que Nirvana surgiera en los Estados Unidos”, afirma. “Cambiaron mucho las cosas con esa música oscura, pero que a la vez te permitía bailar si querías”. La referencia no es superficial, define un principio presente en su trabajo. “Me encantaban artistas como Iggy Pop, Pere Ubu, Television y Lou Reed. Joy Division fue como una respuesta a todo eso, una especie de catalizador. Me gusta que sea música de guitarras que te hace bailar y pensar al mismo tiempo”. Esa combinación entre densidad emocional con impulso rítmico es la que atraviesa su obra.

Ian Curtis, finado cantante de Joy Division, banda de Manchester cuya trágica historia y sonido sofisticado revolucionó la música e inspiró en parte al sonido de Luis Felber. (Créditos: Martin O’Neill)

En paralelo a su desarrollo como músico, Attawalpa ha expandido su trabajo hacia el audiovisual. Su colaboración con la escritora y directora Lena Dunham, famosa principalmente por crear y protagonizar la exitosa serie de HBO Girls y con quien contrajo matrimonio en 2021, ha sido clave en esta etapa. Juntos co-crearon la serie Too Much para Netflix, donde Felber no solo participó en la narrativa, sino que compuso la música original junto a su colaborador Matt Allchin.

Al ser consultado sobre el resultado de trabajar junto a su esposa nos respondió: «Si puedes colaborar con tu esposa, tu relación solo va a mejorar. Al pasar por esa experiencia y hacer Too Much, crecimos y evolucionamos. Me encantaría volver a hacerlo; fue una experiencia muy distinta que repetiría una y otra vez». El acontecimiento según explica, modificó su forma de entender la composición.

Attawalpa expandió su trabajo al audiovisual con Too Much, serie co-creada junto a su esposa, Lena Dunham, para Netflix, donde también compuso la música original. (Créditos: Netflix)

“Hacer música para un show de televisión es como correr libremente en un bosque o en un campo abierto”, dice. “Mientras que hacer una canción pop es como correr dentro de un edificio, hay paredes y límites definidos”. Ese contraste le permitió ampliar su rango creativo sin perder coherencia. “De alguna manera todo se complementa, cada trabajo influye en el otro”. A pesar de esta proyección internacional, Attawalpa sigue siendo un artista cuyo crecimiento ha sido más orgánico que mediático, más cercano al circuito de culto que al mainstream.

“Si puedes colaborar con tu esposa, tu relación solo va a mejorar”.

Su vínculo con el Perú es estructural. No solo por su historia familiar, sino por la manera en que su identidad atraviesa sus creaciones En el pasado mencionó que su vida se sostiene sobre dos fuerzas: una “formalidad y rebelión” asociadas a Europa, y una “libertad” vinculada a su ascendencia peruana. Y esa contradicción, más que buscar resolverse, se convierte en motor.

La obra de Attawalpa se sostiene en una identidad atravesada por el Perú, entendido como una de las fuerzas que configuran su proceso creativo. (Créditos: Johanna Assen)

Hacia el final de la conversación, Felber plantea una idea que sintetiza su recorrido más allá de lo musical. “Creo que cada vez que hago algo, estoy tratando de reencontrar al Luis de los 4 o 5 años”. Lo más apresurado sería relacionar estas declaraciones a la nostalgia, pero sus palabras sonaron a método, una búsqueda de autenticidad que implica despojarse de capas acumuladas. “Cuando empecé tenía muchas máscaras… ahora, todo lo que quiero hacer es escribir, experimentar cosas y plasmarlas”. Ese cambio define su presente. “Lo que hacía antes era sobrepensar demasiado… y cuando haces eso, la esencia se pierde”.

“Hacer música para un show de televisión es como correr libremente en un bosque o en un campo abierto”, mientras que hacer una canción pop es como correr dentro de un edificio, hay paredes y límites definidos”.

En la ingrata ciudad de Lima, su nombre todavía no circula con la fuerza que sí tiene en otros circuitos. Pero su historia conecta directamente con una sensibilidad local que empieza a reconocerlo. Y es que Attawalpa no es un artista que busque encajar en una escena. Más bien, construye la suya propia. “Solo tienes que fluir, como la ola”, dice. Una frase simple, pero consistente con todo lo anterior: una carrera que ha migrado del ruidoso underground londinense a una propuesta personal donde el Perú deja de ser origen lejano y se convierte en parte activa de su lenguaje.

Attawalpa resume su proceso creativo como una búsqueda de autenticidad, marcada por el intento de recuperar una mirada original sobre su propia identidad.