Cristina Gálvez nació en Lima en 1916, pero fue educada en Francia y Bélgica. Fue alumna del taller de Montparnasse de André Lhote –considerado parte de la primera vanguardia del arte francés, junto a Picasso y Delaunay–; también estudió en la Académie de la Grande Chaumière, fundada por Antoine Bourdelle y Martha Stettler. Gálvez regresó a Lima en 1936, que por esos años recibía a otros plásticos peruanos que volvían de Europa, como Ricardo Grau y Sérvulo Gutiérrez. Tras la guerra, volvió a Francia para completar su formación con Lhote y con la escultora Marguerite Lavrillier. Su siguiente destino fue Nueva York: The Art Students League y las becas de las fundaciones Rockefeller y Ford. Y se instaló definitivamente en Lima en 1965, ya casada con Pierre Wolff, en su casa de la calle Roma, en Miraflores.

Casi treinta años después de su muerte, ocurrida en 1982, su diario fue encontrado en otra casa, en medio de una mudanza. Nadie sabe cómo llegó ahí. Cristina no tuvo hijos, y sus pertenencias se repartieron entre sobrinos y otros familiares, además de las piezas que ella había dado a compañeros y alumnos. Uno de los amigos de los propietarios, que ayudaba en la mudanza, encontró el cuaderno de tapa dura, y al abrirlo descubrió a quien había pertenecido. Pidió permiso para llevárselo, con la idea de entregárselo a su hija. Era el año 2009 y Jimena Mora estudiaba una maestría en video documental en Japón; no estaba familiarizada con la obra de Cristina Gálvez, pero al recibir el diario las palabras de este la guiaron. Los pensamientos íntimos, los sueños, los recuerdos de dulce tristeza y las combativas reflexiones le revelaron una figura que debía descubrir. Mora hubo de esperar hasta 2014, a su regreso al Perú, para empezar a dar forma al proyecto.

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“Aranzasu, mi alumna, me preguntó el otro día: ‘¿Por qué haces todo roto, Cristina?’; y le respondí: ‘Porque soy destrozada’…”.

A pesar de ser considerada, en palabras del crítico Jorge Villacorta, “una de las figuras fundadoras de la escultura moderna en el Perú”; y según Luis Lama, “una de las mejores artistas de las décadas del sesenta y setenta”, es innegable que las nuevas generaciones desconocen su trabajo. El proyecto “Cien años de Cristina Gálvez” reconoce tanto su relevancia artística como su silencioso legado, y presenta tres muestras concebidas alrededor de la artista plástica peruana. La primera se inauguró el 16 de noviembre en la Casa Bernardo O’Higgins, del Centro de Lima, con el título “Reinterpretando a Cristina Gálvez”. Se trata de una exposición multidisciplinaria realizada por artistas jóvenes, muchos de los cuales han descubierto a Gálvez a raíz de la convocatoria.

Por otro lado, el 1 de diciembre la Sala Luis Miró Quesada Garland inaugura “Cien años de Cristina Gálvez”, una exposición antológica que reúne piezas como la célebre serie de grabados “Tablero de ajedrez”, y la escultura “El arquero”. Finalmente, desde el 14 de diciembre, la Galería Yvonne Sanguineti mostrará “En homenaje a Cristina Gálvez”, una colectiva que reúne a cuatro artistas plásticos peruanos que fueron alumnos de Cristina: Sonia Prager, Margarita Checa, Rhony Alhalel y Armando Williams. Todos ellos fueron visitantes asiduos de la casa taller de la calle Roma.

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Armando Williams tenía 21 o 22 años en 1977. Cuando tocó a la puerta de Cristina, era un estudiante de la Escuela Nacional de Bellas Artes frustrado por el corte académico de la enseñanza de dibujo. “Ella era una persona muy bondadosa, que enseñaba todo lo que sabía”, recuerda ahora.

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Por Rebeca Vaisman