En Buenos Aires asistieron 150,000 personas (tres veces el Estadio Nacional) y en Santiago, cerca de 60,000. Tal es el poder de convocatoria que la muestra itinerante Orozco, Rivera y Siqueiros. Modernidad en México (1910-1966) ha logrado en su paso por América del Sur. Desde ayer, las obras de los tres grandes muralistas de México se encuentran en el MALI y se quedarán allí hasta el 21 de mayo. La expectativa, como mínimo, es de 30,000 visitantes.

Prometeo, de Clemente Orozco (1944) Óleo sobre tela

“Las obras están impecables, como si hubieran sido hechas ayer”, apunta Carlos Palacios, curador de la muestra, sobre las más de 70 piezas traídas. “Son cuadros que van desde dibujos hechos en 1910 hasta óleos de la década de 1960”. La razón es simple. Según Palacios, el Estado mexicano junto al Museo de Arte Carrillo Gil (de donde proviene la muestra) hacen esfuerzos institucionales muy grandes para conservar su patrimonio cultural. “Son muy rigurosos en cuanto a la logística del envío, el sistema de control de preservación, el nivel de luz en el que van a estar expuestas, incluso hasta en la madera en que viajan y quién las traslada”, señala el curador.

Carlos Palacios es venezolado y trabaja para el Museo de Arte Carrillo Gil desde hace cinco años.

Relevancia histórica y cultural

A eso hay que sumarle la relevancia cultural e histórica de las obras que tenemos delante. El talento de José Clemente Orozco (1883-1949), Diego Rivera (1886-1957) y David Alfaro Siqueiros (1898-1974) es trascendental para entender a través del arte el proceso histórico y social que se gestó a raíz de la Revolución Mexicana.

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Sin embargo, su influencia no solo alcanzó a México, sino a América Latina. Es por ello que la exposición también explora las relaciones que estos artistas y el programa del muralismo tuvieron con el arte peruano, como por ejemplo, parte de la obra de José Sabogal.

El réquiem, por Clemente Orozco

Contenido artístico

Asimismo, comprender la obra de “los tres grandes”, como también los llaman, es entender el tiempo histórico que les tocó vivir. “Estos artistas estaban haciendo murales en la década de 1920 con una pistola al costado del andamio”, expresa Palacios.

Rivera y Siqueiros fueron comunistas confesos, simpatizantes de la Revolución Rusa, y muchas veces, rechazados por parte de la sociedad de la época (Siqueiros incluso estuvo preso un tiempo). De otro lado, Orozco fue más bien un escéptico (en términos políticos) y su obra refleja los horrores de la Revolución mexicana desde un aspecto más intimista, explorando los sentimientos de soledad, luto y miedo de los involucrados.

Nueva resurrección, de David Alfaro Siqueiros

“Esos no eran los cánones de belleza de principios del siglo XX. En ese tiempo, se solía pintar las escenas burgueses o ninfas con flores y cerezas. Y ellos iban a contracorriente de todo lo que se esperaba de un artista”, indica Palacios.

Las piezas que tenemos en la muestra reflejan en los tres casos el trabajo que hacían en el estudio. “De Siqueiros escogimos las obras que tenían que ver con el muralismo y en el caso de Rivera, rescatamos su etapa cubista, que son cuadros completamente europeos en su naturaleza”, explica el experto.

Retrato de Maximiliano Volonchine, por Diego Rivera

El curador

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Para Carlos Palacios, esta obra constituye uno de los trabajos más importantes en su experiencia. “El trabajo del curador es la de ser una especie de intérprete entre la obra y el público”, afirma. Y la de organizar, escoger el orden y el espacio en que serán expuestas las obras. En síntesis, la de crear un relato con la que el espectador se mantenga atento hasta el final de la muestra.

“Intento ser bastante objetivo, sobre todo cuando trabajo con artistas históricos, como estos”, expresa. “Sin embargo, no puedo negar que Orozco me gusta mucho”, dispara.

Por André Agurto