Un experimento de psicología conductista sometió a un miembro de la generación equivocada a setenta y dos horas ininterrumpidas de opiniones de derecha. Los resultados fueron desclasificados.

Por Isabel Miró Quesada

La polarización ideológica ha moldeado el debate público en plazas, calles y redes sociales. Hemos visto cómo amistades, familias y parejas se han separado tras la traumática segunda vuelta electoral peruana. COSAS no es ajena a este contexto social. En esta casa editorial hemos tenido serios problemas para reclutar nuevos valores que estén dispuestos a escuchar a la otra parte. A cruzar información, a contrastar opiniones. En suma, a aplicar el criterio periodístico que al parecer ya nadie enseña en las universidades. Incluso tuvimos una lamentable renuncia desencadenada por publicar una entrevista crítica a Beto Ortiz. Preocupados por la falta de amplitud de miradas entre nuestros nuevos aspirantes a colaboradores, COSAS decidió presenciar el experimento de un renombrado terapista de psicología conductiva: el Dr. Ricardo Darré. Un tratamiento que combina elementos del método Ludovico, del experimento de Stanley Milgram y de los realities.

El paciente fue un recién graduado de la carrera de Comunicaciones de una universidad del consorcio. No daremos más señas para salvaguardar la integridad de quien ahora en adelante llamaremos M (por millennial). El equipo de COSAS y un evaluador (E) observaron detrás de una cámara Gesell. El sujeto en cuestión, por cierto, padecía un narcisismo crónico que fue atribuido a la fase del espejo lacaniana, lo que permitió un detallado análisis de todas sus reacciones mientras examinaba su acné, sus anteojos de carey y su barba de dos días.

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Como se especificó en el protocolo, el paciente recibiría pequeñas descargas eléctricas cada vez que dijera las palabras “fake news” o “facho”. Durante las primeras seis horas, todo transcurrió con normalidad, hasta que empezó el bloque de “Combutters”. El suministro de electricidad comenzó a cortarse y los focos parpadearon repetidas veces cuando el conductor se despachó un monólogo de diecisiete minutos sobre sus visitas al Club Nacional. Tras descartar un síndrome de Tourette, el evaluador sugirió la hipótesis de que los insultos eran solo un reflejo condicionado.

Tras dos horas ininterrumpidas de Milagros Leiva interrumpiendo a sus invitados, el paciente empezó a hablar en lenguas. Gracias a la asistencia de un lingüista, se concluyó que el idioma no era latín, como se pensó inicialmente, sino la alocución de un programa de Curwen citado al revés y trufado de citas del universo Marvel. El internista tuvo que reforzar la soga que ataba al paciente a su silla, puesto que M parecía decidido a ir a marchar a la Plaza San Martín, invocando a un tal ‘Vagoncio’. Solo una foto de Verónika Mendoza con polo rojo apretado y un remix de cinco podcasts juveniles al ritmo de Faraón Love Shady –Langoy, Hablando Huevadas, La Encerrona, Calla Cabro y Moloko– pudo calmarlo por breves minutos. De inmediato, la enfermera procedió a hacerle una muda de ropa. El paciente se resistió a todo tipo de alimenta- ción balanceada. Su sistema solo toleró los poke bowls de arroz integral, el risotto de quinoa, el pan del Pan de la Chola y las veggie pizzas de Dédalo.

Frente al monólogo de Jaime Bayly sobre Pedro Castillo, el paciente solo atinó a insultar a la pantalla, mezclando citas en quechua del discurso de Guido Bellido con lenguaje inclusivo. Estos neologismos en quechua inclusivo o ‘quechue’ serán motivo de estudio en posteriores investigaciones.

Las horas transcurrieron con relativa inactividad durante la emisión del noticiero central, salvo un breve espasmo cuando, en pleno microondas, Rafael López Aliaga habló de la fe cristiana en el mundo andino. El programa “Contracorriente” empezó con un resumen de los atentados de Sendero Luminoso en Lima, a lo que M alcanzó a musitar: “Hay varios tipos de terrorismo, como el que hace Keiko”. Tras el monólogo de Augusto Thorndike, el paciente retrucó nuevamente: “Se dice los terrorismos o les terrerismes”. Acto seguido, criticó un reportaje sobre Sigrid Bazán, argumentando que su visita a las islas Maldivas fue para llevar comida a los maldivos. La relativa calma que supuso la transmisión de “Un día en el mall” se interrumpió cuando empezó una maratón de ocho horas de “Rey con Barba”. Súbitamente, mientras Rafael Rey y Barba Caballero entrevistaban a Francisco Diez Canseco sobre si los gays tenían o no más derechos que los cristianos no bautizados, el paciente convulsionó. Tras quince minutos de un ataque epiléptico que incluyó emanaciones de espuma por la boca, M entró en coma por alrededor de tres horas y catorce minutos. De inmediato, el asistente médico en funciones le leyó diez hilos de Twitter de Alonso Gurmendi criticando el colonialismo desde el Reino Unido, para reanimarlo. En plena discusión de Space sobre el racismo inverso entre Eduardo Adrianzén e Indira Huilca, el paciente movió el dedo índice, en clara intención de retuitear. Lo errático del gesto posteriormente fue diagnosticado como consecuencia de su síndrome del túnel carpiano por su adicción al videojuego Dota.

Solo una terapia de dos horas expuesto a noticias falsas de Wayka pudo mejorar su ritmo cardíaco. Pero, conforme la maratón de Rey con Barba continuaba con el microondas a Vox y el ping pong de cincuenta y dos minutos con el almirante Montoya, la crisis del paciente se agudizaba. Hasta que el paciente, finalmente, colapsó. Tras dar por finalizado el experimento, M tuvo que ser internado y puesto en cura de sueño por dos días. Al despertar, entonó el himno “Cara al sol”. El evaluador concluyó que quizá se le pasó la mano.

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