El confinamiento forzoso y asfixiante ocasionado por la crisis sanitaria han hecho que muchos limeños decidan cambiar de aires y establecerse en el campo. Para nuestros entrevistados, vivir en los extramuros de la capital es, en realidad, una absoluta maravilla. Conozcamos por qué.

Por Gabriela Osterling Fotos Paula Virreira

Lima, la gris, la capital ajetreada y contaminada no solo por el monóxido de carbono sino también por el ruido, cuenta en la actualidad con pocos espacios que transmitan la estabilidad y la armonía que puede ofrecer la vida en el campo. El diario “Gestión” publicó el año pasado un estudio que indicaba que Lima se ubica en el octavo lugar entre las capitales más contaminadas de Latinoamérica, de acuerdo con el reporte World Air Quality de 2018. Sin embargo, al revisar la versión más actualizada del mismo reporte, se puede notar que los niveles de contaminación de la ciudad han bajado sustancialmente como consecuencia de la cuarentena y la coyuntura actual.

La casa de campo de Susana Baca

El regreso de los limeños al campo: Susana Baca

Durante el confinamiento, Susana  grabó un disco completo en su casa de Cañete: “A Capella”.

La icónica artista peruana y exministra de Cultura Susana Baca afirma que en el campo puede encontrar el espacio físico y espiritual para producir música y hacer brillar su enorme talento al aire libre. “Cuando yo vine a desarrollar y constituir un Centro Cultural de la Memoria en homenaje a mis abuelos, aquí, en Santa Bárbara de San Luis de Cañete, no había tantas personas.”, recuerda Susana.

El regreso de los limeños al campo

“Cuando yo vine a desarrollar y constituir un Centro Cultural de la Memoria en homenaje a mis abuelos, aquí, en Santa Bárbara de San Luis de Cañete, no había tantas personas…”, recuerda Susana Baca, sobre su llegada a la localidad en la que ha decidido establecer su residencia.

“El campo es un lugar donde uno puede abstenerse del frenesí de la ciudad. Aunque la ciudad será siempre un imán para los jóvenes que buscan el ruido y lo espectacular de la urbe, el campo es un espacio para el sosiego y la creación. Yo invierto y apuesto todo lo mío en este lugar. Sentía que, si seguía viviendo en Lima, me hubiera quedado muy pronto completamente sorda y muda del habla y del corazón”. Para Susana, no obstante, vivir en el campo involucró también un proceso de adaptación que no fue del todo sencillo.

El regreso de los limeños al campo: Comedor de la casa de Susana Baca

Comedor de la casa de Susana Baca

“Hay varios beneficios de vivir en el campo, y también, proporcionalmente, algunas desventajas. Yo vivo en un lugar que tiene un paisaje muy bello, rodeada del mar y de pastos inmensos que le quitan la aridez de las playas de la costa limeña. Vivo en un pequeño oasis como espacio vital, pero vivo también rodeada de habitantes pobres, quechuahablantes, que se vieron obligados a migrar por la violencia de los años ochenta y muchos de ellos aún no confían en el Estado. Podría decir, sin dudas, que el beneficio de la modernidad no les alcanza todavía”, afirma.

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“Vivir acá no ha sido un ejercicio fácil pero ya, en los últimos años, he domado mis diferencias y encuentro una paz total… un lugar para hacer música, respirar y dejarme llevar por el espíritu”. Muchas personas creen que vivir en el campo puede llegar ser aburrido y monótono. Susana asegura que es al revés: el campo brinda el espacio necesario para imaginar y crear. “Vivir en el campo no es un castigo, como muchos sostienen.

Cocina de Susana Baca

La rústica y encantadora cocina de Susana Baca

Carla Risso y una tradición de caballos de paso

Carla Risso considera al campo una parte esencial de su vida. Su pasión por los caballos de paso la ha llevado a vivir a tiempo completo en su casa de campo, en espacios abiertos, grandes y sosegados. “Crecí muy cerca de las haciendas de mi papá, que era ganadero y crió caballos durante toda su vida. Teníamos una hacienda en Santa Rosa, en el norte, otra en Vitarte, y una casa de campo en Los Ángeles, en Chaclacayo. Mis fines de semana, mis vacaciones, siempre fueron en contacto con la naturaleza”, recuerda.

“Creo que llevo mi conexión con la naturaleza debajo de la piel, porque, cuando me casé y ellos eran todavía pequeños, decidí que nos mudáramos a Huampaní, frente a El Golf, para que mis hijos crecieran en este ambiente de libertad”, afirma Carla Risso.

“Creo que llevo mi conexión con la naturaleza debajo de la piel, porque, cuando me casé decidí que nos mudáramos a Huampaní, para que mis hijos crecieran en este ambiente de libertad”, afirma Carla Risso.

“Creo que llevo mi conexión con la naturaleza debajo de la piel, porque, cuando me casé y mis hijos eran todavía pequeños, decidí que nos mudáramos a Huampaní, frente a El Golf, para que mis hijos crecieran en este ambiente de libertad”.

Casa de campo: Carla Risso

Uno de los espacios interiores de la casa de Carla Risso.

Carla comparte la pasión por los animales con ellos, en especial por los caballos. Cuidar a sus equinos, al igual que lo hacía su padre, es una actividad que realiza con amor y a la que dedica la mayor parte del día. “En el campo los días son mucho más largos. El día te rinde mucho más. Les dedico la mayor parte del tiempo a los caballos. Yo crío caballos, tengo pasión por ellos. Me quitan muchísimo tiempo, pero también me hacen superfeliz. Me paso el día mirando cómo trabajan; hay mucho que hacer con ellos”, asegura Carla.

Carla Risso siente una auténtica pasión por el cuidado de los caballos. “Me quitan muchísimo tiempo, pero también me hacen superfeliz”, asegura.

“Crecí muy cerca de las haciendas de mi papá, que era ganadero y crió caballos durante toda su vida”. explica Carla.

“De hecho, el jardín que tengo es muy grande. Son cuatro hectáreas, así que hay que ocuparse de todo. Y no solamente de los caballos, porque tengo ocho perros. Para mí, el día acaba cuando se va la luz. Y, cuando me sobra un poco de tiempo, aprovecho para leer y me dedico a la cocina, que me encanta. Cuando están mis hijos, jugamos cartas y conversamos”, detalla Carla, sobre sus pasatiempos.

El jardín de la casa de Carla Risso tiene unas cuatro hectáreas. Además de caballos, tiene nada menos que ocho perros.

El jardín de la casa de Carla Risso tiene unas cuatro hectáreas. Además de caballos, tiene nada menos que ocho perros.

“Por alguna razón, al final del día siempre terminamos todos juntos alrededor de la chimenea. Es un rato muy rico en familia”.

Casa de campo: Carla Risso

La capilla de la casa hacienda. Un conjunto de impactantes fachadas.

Anita Belaúnde: Desde el jardín

Para Anita Belaúnde, vivir en el campo significa conectar con la tierra. Ella vive con su hija y su esposo en Los Cóndores, con un sol delicioso durante casi todo el año. “La vida que llevamos en las ciudades modernas nos aleja de nuestra propia naturaleza. Creo que vivir en el campo o al menos pasar un tiempo en él nos equilibra, nos devuelve parte de nuestra esencia”, sostiene.

“Me encanta hacer jardinería y tengo mi propio huerto orgánico, que me da muchas satisfacciones”, refiere Anita Belaúnde.

“Me encanta hacer jardinería y tengo mi propio huerto orgánico, que me da muchas satisfacciones”, refiere Anita Belaúnde.

Anita está convencida de que la situación actual hará que más personas quieran vivir o, al menos, pasar temporadas más largas en el campo: “Creo que resulta lógico pensar que la gente estará más dispuesta a vivir fuera de la ciudad. Para mí, hay básicamente dos razones para ello: por un lado, las típicas actividades de entretenimiento que ofrece la ciudad han sido temporalmente suspendidas; me refiero a los cines, restaurantes, conciertos, centros comerciales, etc.

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La segunda razón es el temor a contagiarse, que hace que la gente tenga miedo de salir de su casa. Estar en el campo, al aire libre, nos da esa sensación de libertad que ya no se tiene en la ciudad”.

Creo que todos deberíamos tener huertos, aunque sea en el techo de nuestras casas. Estoy convencida de que eso nos haría valorar más el trabajo de los agricultores, sin contar con el impacto positivo que tendría en el medio ambiente, nuestra dieta y, por qué no, hasta en la economía familiar”, destaca.

Anita Belaúnde está convencida de que vivir en el campo conecta a la gente con la tierra. “Nos da más paz, más energía, nos acerca más a la vida que los seres humanos hemos llevado por miles de años”.

Anita Belaúnde está convencida de que vivir en el campo conecta a la gente con la tierra. “Nos da más paz, más energía, nos acerca más a la vida que los seres humanos hemos llevado por miles de años”.

Si vivir en el campo es tan placentero, ¿por qué más personas no lo hacen? Para Anita, algo que desanima a muchos a tomar esa decisión es la falta de movilidad. “Es increíble la diferencia que hay entre las autopistas que unen Lima con el norte y el sur del país y la Carretera Central, que es la principal arteria que une la capital con la sierra peruana y la que abastece a la ciudad de buena parte de los alimentos que consume.

Si hubiera mejores carreteras y medios de transporte, definitivamente mucha más gente optaría por vivir en el campo. Aun así, creo que este es un fenómeno que se irá dando paulatinamente y que debería ser visto como una oportunidad, pues de alguna forma descentralizaría la ciudad y eso podría impulsar el crecimiento de la economía y el empleo en el campo”, añade Anita.

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Marlis Ferreyros: En las alturas del Valle Sagrado

Para Marlis Ferreyros, quien vive en el Valle Sagrado desde hace más de diez años, los beneficios de vivir en el campo son innumerables.  “El aire fresco, el sol, los pajaritos cantando, la vida misma manifestándose con tanta evidencia todo el tiempo…”, dice Marlis. “El olor de la tierra, los arbolitos que nacen solos con ayuda de las aves, la fruta fresca… La oportunidad de sembrar nuestra comida, o un buen porcentaje de ella”.

Marlis Ferreyros reside en el Valle Sagrado del Cusco desde hace más de diez años junto con su familia. “El ritmo es otro, te levantas y te acuestas casi que con el sol”, afirma

Marlis Ferreyros reside en el Valle Sagrado del Cusco desde hace más de diez años junto con su familia. “El ritmo es otro, te levantas y te acuestas casi que con el sol”, afirma

“Que mis hijos crezcan con esa posibilidad. Que crezcan jugando libremente, buscando guaridas, dentro y fuera de mi casa, en el bosque cercano, en las chacras aledañas. El ritmo es otro, te levantas y te acuestas casi que con el sol. Hacemos fogatas cada vez que nos provoca. ¡Son miles de ventajas!, cuenta”.

Marlis coincide con que debido a la pandemia, las personas están buscando vivir en sitios más abiertos. “Donde yo vivo,  ahora mismo no hay más gente de lo normal. Sin embargo, ahora que pronto se abrirán las rutas y los vuelos internos, muchos me están preguntando por la disponibilidad de las cabañitas que tenemos para alquilar y, efectivamente, no me preguntan por tres o cuatro días, como era antes. La gente busca quedarse durante un mes o más”, asegura.

Marlis Ferreyros: Casas de Campo

“Mis hijos crecen jugando libremente”, cuenta Marlis Ferreyros.

Víctor Velaochaga: sembrando en el Urubamba

Víctor Velaochaga vive en Urubamba a tiempo completo y se dedica a sembrar su huerta con alimentos orgánicos y árboles frutales. “Elaboro alimentos saludables a base de semillas y frutos silvestres en batán o con un método de recepción de calor a través de los rayos del sol”, explica Víctor, sobre sus actividades diarias. Para él, el principal beneficio de vivir en el campo está directamente relacionado con la pureza del aire y la conexión con la tierra.

“La felicidad está en la paz y la armonía... y en el campo uno encuentra la manera de vivir en esa frecuencia”, explica Víctor Velaochaga.

“La felicidad está en la paz y la armonía… y en el campo uno encuentra la manera de vivir en esa frecuencia”, explica Víctor Velaochaga.

“Me gustaría agregar que hay que reconectarse con la Madre Tierra, y que la vida nos está demostrando que el dinero y el sistema sociopolítico y económico se puede derrumbar en cualquier momento a nivel mundial. La felicidad está en la paz y la armonía… y en el campo uno encuentra la manera de vivir en esa frecuencia”, declara.

Víctor Velaochaga, quien vive en Urubamba, también en el Cusco, elabora alimentos saludables con semillas y frutos silvestres.

Víctor Velaochaga, quien vive en Urubamba, elabora alimentos saludables con semillas y frutos silvestres.

Víctor tiene una marca de alimentos orgánicos, pero estuvo tres meses sin poder enviar sus productos a Lima por la coyuntura. Sin embargo, ha reactivado su negocio y ya está haciendo envíos a la capital a través de una compañía de ‘courier’. Abastecerse en el campo no representa un problema para él, ya que, aparte de los alimentos de su propia huerta, puede conseguir todo lo que necesita, “desde col de Bruselas hasta carne de oveja y mucho más”.

José Antonio Olaechea: vivir en la bodega familiar

José Antonio Olaechea no vive a tiempo completo en el campo, pero va casi todos los fines de semana a Ica para supervisar el funcionamiento de la viña y la bodega de Tacama.

José Antonio Olaechea no vive a tiempo completo en el campo, pero va casi todos los fines de semana a Ica para supervisar el funcionamiento de la viña y la bodega de Tacama.

Para José Antonio Olaechea, estar en el campo significa también presenciar el proceso de producción de sus vinos y piscos. “Cuando estoy en Ica, me dedico mucho a revisar nuestros vinos, su evolución. También a ver el estado de nuestros piscos. El tiempo que queda libre lo dedico a leer y a la familia”. José Antonio no vive a tiempo completo en el campo: va los fines de semana y considera un lujo el hecho de “poder estar un sábado y un domingo en Ica viendo las cosas de la viña y la bodega”.

Las vistas de la casa hacienda de Tacama suponen un viaje en el tiempo. Se trata del primer viñedo del Perú, fundado en la década de 1540 por Francisco de Caravantes.