En la realeza todo cambió en 1936, cuando el rey Edward VIII abdicó al trono de Inglaterra para casarse con Wallis Simpson, una estadounidense divorciada célebre por su agitada agenda social y su fabuloso guardarropa. El rey dijo adiós a sus obligaciones “por amor”, algo que hasta ese momento era impensable en la nobleza europea y especialmente en Gran Bretaña, donde esa cárcel social conocida como la era victoriana no permitía siquiera dar un suspiro sin cinturón de castidad ni emitir una emoción que no estuviera tapada por un velo negro.

Edward VIII –y su era (conocida entre nosotros como la “era eduardiana”), ahora tan popular gracias a series como “Downton Abbey”– cambió las reglas del juego, abrió los salones, el champagne y los escotes, y desde entonces Buckingham no volvió a ser el mismo. Las cosas, podría pensar algún historiador purista, han ido luego cuesta abajo, comenzando por el matrimonio de la princesa Diana y el príncipe Charles en 1981, un evento que no fue en realidad un solemne matrimonio real, sino un gran espectáculo seguido por aproximadamente  seis mil millones de personas a través de la televisión. El divorcio fue un show todavía  mayor, que culminó con las más humillantes portadas, como aquella inolvidable que filtraba conversaciones privadas entre Charles y su amante, Camilla Parker-Bowles, y, por supuesto, la ya legendaria entrevista televisiva a Diana donde, agitando las pestañas como un ciervo asustado, confesó que “éramos tres en mi matrimonio”.

La muerte de la princesa, obviamente trágica y lamentable, permitió, sin embargo, el retorno de algún grado de normalidad en el palacio y la instauración de un precario decoro. Los príncipes William y Harry aprendieron desde muy niños a mantener la careta de amabilidad, diplomacia y protocolo que se espera de un miembro de la familia real, pero han adoptado también un aire y una actitud de “hombre común” y cercano que en parte es herencia de su madre, una mujer que hasta hoy es recordada como “la princesa del pueblo”.

Los duques de Cambridge siguen siendo los “royal” más populares en el Reino Unido.

Los duques de Cambridge siguen siendo los “royal” más populares en el Reino Unido.

En una conducta que se repite en la gran mayoría de los “royal 2016”, ambos príncipes se han zafado de las garras de la tradición para crear sus propias reglas, viajando en ‘economy’ en ocasiones, asistiendo a conciertos de rock, tomando un ‘gap year’ que William aprovechó para visitar el sur de Chile y trabajar ahí como voluntario; y, lo más importante de todo, manteniendo relaciones sentimentales con plebeyas, algo que ningún otro miembro de los Windsor, incluyendo a su propio padre, había podido hacer antes.

Mientras William finalmente contrajo matrimonio con Kate Middleton, bien educada y upper middle class, y tuvo hijos con ella, Harry, actualmente el soltero más apetecido del mundo, ha tenido una muy conocida serie de novias y affaires. La más reciente fue Cressida Bonas, una atractiva aristócrata, hija del sexto conde de Howe, que se dedica a actividades tan mundanas como el modelaje y la actuación.

LA CONEXIÓN LINGERIE

A principios de los años ochenta, el príncipe Andrew, tío de William y Harry, sostuvo un muy comentado romance con una modelo de lingerie llamada Koo Stark. La relación terminó rápida y abruptamente por orden de la reina.

Carlos Felipe y Sofía de Suecia se casaron a mediados de junio del año que pasó. La boda fue espectacular.

Carlos Felipe y Sofía de Suecia se casaron a mediados de junio del año que pasó. La boda fue espectacular.

¡Cómo han cambiado los tiempos! En junio pasado, el príncipe Carlos Felipe de Suecia, de 36 años, tercero en la línea de sucesión, contrajo matrimonio con Sofía Hellqvist, de 30, que no solo es plebeya, sino que fue modelo de ropa interior, concursante en reality shows y que, además, posó en más de una ocasión en topless para revistas masculinas (en una de ellas con una serpiente pitón). El matrimonio –otra diferencia con los tiempos de antaño– fue celebrado como una fiesta democrática y popular, con los novios paseando por las calles mientras eran vitoreados por el pueblo de igual a igual, muy identificado con la nueva e inesperada princesa. O casi de igual a igual, porque después de la ceremonia las puertas del palacio sueco se cerraron, los celulares se apagaron y el único vistazo que el mundo tuvo de la recepción privada fue a través de la ventana, por donde los teleobjetivos de los paparazzi –compañeros infaltables de los royal– captaron a la familia real en plena intimidad, con la novia fumando un cigarrillo apoyada en la ventana y la mismísima reina Silvia, mujer del rey Carlos Gustavo, bailando arriba de una mesa con un pañuelo en la mano, como si fuera una alegre plebeya.

La Casa Real sueca ha sido pionera en esto de acercar a la nobleza al pueblo. La hija mayor de los reyes, la princesa Victoria, heredera al trono, desafió todas las convenciones de la realeza europea con su decisión de contraer matrimonio con Daniel Westling, que ahora tiene el muy aristocrático título de duque de Vastergötland, pero que cuando conoció a Victoria era simplemente su personal trainer.