Silvia Núñez del Arco nos cuenta su historia de amor con Jaime Bayly en su más reciente libro titulado Nunca seremos normales, en el cual narra con detalle todas las facetas vividas con el conductor de televisión. La autora de Hay una chica en mi sopa, Lo que otros no ven El hombre que tardó en amar presentará su cuarto libro este 27 de julio en la FIL Lima 2018. A continuación, te presentamos el primer capítulo de la última publicación de la escritora de 29 años.

Silvia Núñez

 

Cómo nos conocimos

A Jaime lo conocí el 2007 en un estudio de televisión en Lima. Él hacía un programa en vivo todos los domingos por la noche llamado El Francotirador, tenía cuarenta y dos años, se había divorciado y tenía dos hijas adolescentes. Jaime era famoso por su inteligencia, por su forma de entrevistar, por ciertos libros eróticos, y por decir sin pudor en televisión, ante una sociedad todavía conservadora, que era (o es) bisexual, que era capaz de enamorarse de un chico y también de una chica.

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Yo no era famosa, estudiaba psicología en la universidad. En mi círculo de amigos era conocida por estar siempre contenta, por mi paciencia para escuchar los problemas ajenos, por ser algo deslenguada en clase y por tener buen culo. Hacía cuatro años que tenía un novio del que, la verdad, ya estaba un poco harta. Fue mi primer amor. Lo amé ciegamente y creo que él también me amó, pero nuestra relación empezó cuando éramos dos adolescentes, y a esa edad los chicos quieren experimentar con más de una mujer. Al menos eso leí en un comentario que puso en algún blog de citas al cual accedí espiando su correo electrónico. “Amo a mi enamorada, pero siento que tengo que experimentar con otras mujeres”, eso había ocurrido cuando teníamos dos años de relación; desde entonces todo se fue lentamente al carajo. Sin embargo, me tomó aún mucho tiempo darme cuenta de que nunca me iba a decir la verdad.

No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso. -Borges

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Entonces, creo que una de las cosas que primero me atrajeron de Jaime fue su sinceridad brutal para decir las cosas. Lo conocí leyéndolo, no tanto por la tele, porque su programa salía tarde por la noche del domingo y yo dormía temprano para ir al colegio por la mañana. Fue ya de grande, en la universidad, que pude verlo. Lo curioso fue que su personaje de televisión no me llamó la atención tanto como el de sus novelas inspiradas en su vida, en sus conflictos con su sexualidad, con su familia, y con las drogas. Tal vez porque una parte de mí se identifica con el caos y la otra siempre quiere solucionar los problemas de los demás (y con bastante más ahínco que los míos), fue que pude ver mi reflejo en ese torbellino de dolor y desamor. Jaime, el hombre que salía en la tele y sonreía con desparpajo, estaba roto por dentro como yo.

💙💙 #Lima #nofilter

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Quizá fue justicia poética que mi exnovio me indujera a leer los libros de Jaime. Una tarde veíamos la tele en mi casa y él se acercó a mirar los libros que estaban en la repisa de su lado. Sacó Los últimos días de la prensa y empezó a leerlo. Me pareció rarísimo verlo leer un libro por más de cinco minutos, así que dejé de ver la tele y empecé a leer el libro con él. Diez minutos después él se aburrió, pero yo seguí leyendo. Me había quedado enganchada con el personaje principal, el alter ego de Jaime, y así fue como al terminarlo no dudé en buscar otro libro suyo y después otro más, y pronto había leído ocho de sus novelas en un período de dos meses. Entonces mi exnovio tuvo una brillante idea: “¿Por qué no vamos un domingo a su programa como parte del público?”. Así comenzó todo.

Fuimos mi novio y yo. Yo, sin ninguna expectativa pues no pensaba siquiera saludarlo y menos pedirle una foto. Mi intención era solamente sentarme en el público, mirarlo de lejos, reírme de sus bromas y aplaudir en cada corte.

Hace un año en Montreal ❤ #nofilter

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Pero algo pasó al final del programa. Él se iba apurado, a diferencia de otras veces en las que se detenía a tomarse fotos y a firmar autógrafos (en esa época todavía se firmaban autógrafos, las imágenes de Jaime haciéndolo eran frecuentes mientras pasaban los créditos). Esta vez, en cambio, salía deprisa disculpándose, diciendo que no podía tomarse fotos porque tenía que correr al aeropuerto. Jaime se abría paso entre la gente escoltado por su productora. Yo estaba en el extremo opuesto del estudio y en ese momento mi novio había ido al baño. De pronto algo lo hizo voltear, girar la cabeza hacia mí. Se detuvo de golpe ―la productora chocó con él por detrás― y me hizo un hola con la mano, sonriéndome. Yo no dudé en devolverle el saludo. Todo ocurrió a pocos metros de distancia y jamás entendí cómo así había volteado a verme, qué le había llamado la atención al punto de que detuviera su marcha de modo tan abrupto cuando parecía tan apurado. Esa noche yo había ido en buzo y zapatillas y no estaba maquillada, pero algo en mí le había llamado la atención. La inquietud que había estado sintiendo por él al leer sus libros se convirtió en interés. Decidí que eso no podía quedar en un saludo: tenía que conocerlo.

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Volví sola una semana después. No sentía que estuviera traicionando a mi novio, al menos no estaba haciendo algo que él no me hubiera hecho antes. Mi novio me había mentido tantas veces que, por una vez que yo le dijera que me iba a quedar en casa viendo tele cuando en verdad tenía otros planes, aún estaba lejos de que estuviéramos a mano. Fui al estudio y saludé a Jaime al final del programa. Le regalé una foto de mí leyendo un libro suyo. Era una foto inocente en la que solo se me veían los ojos. El resto de mi cara estaba cubierta por el libro. En el reverso escribí: “Si ser tu amiga es un peligro, yo sí lo quiero intentar”. Por entonces él decía en televisión que ser su amiga o amigo era un peligro por esa mala costumbre que tiene de contarlo todo en un libro o en un artículo en el periódico. Sin embargo, cuando escribí la palabra amiga en verdad pensaba en eso, no había en mí una doble intención. Todo lo que sabía de él por entonces ya lo he dicho: bisexual, divorciado, dos hijas. También sabía que tenía un amigo novio o amante argentino con el cual llevaba una relación abierta, pero de eso hablaré más adelante. Tenía claro, sí, que la diferencia de edad entre nosotros no era poca. Pero en ese momento sentía que quería conocerlo más, hablar con él, ser su amiga. Nuestro primer encuentro me había intrigado. Por eso le regalé la foto.

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Su reacción al verla superó mis expectativas. Cuando leyó lo que escribí en la parte posterior de la foto, me dio un largo abrazo y me preguntó cómo me iría a casa. Le contesté que ya había pedido un taxi. Entonces él se ofreció: “Yo te llevo a tu casa”. La productora lo miró con mala cara porque le incomodaba que Jaime se distrajera tanto conmigo. Por suerte él no le hizo caso. Me llevó a casa en su camioneta y fue todo muy inocente. Manejó despacio, conversamos un poco. Le conté que había leído sus libros, que escribía de vez en cuando. Me escuchó con una paciencia que no había conocido en otras personas. Sus manos eran grandes, olía a perfume, todavía tenía puesto el traje y la corbata. Fue extraño pero lindo. Por primera vez sentí que estaba frente a un hombre de verdad. Yo estaba acostumbrada a tratar con los chicos de mi edad, quizás un poco mayores, que hablan sin parar, que van tan rápido en sus bromas y maniobras al volante no sé si porque creen que eso los hace listos o machos, el caso es que a mí nada de eso me atraía; ni siquiera mi novio, que acababa de vender su auto para comprarse una moto y que cada dos o tres meses tenía un accidente a alta velocidad que lo dejaba en la clínica, hablando incoherencias, todavía atontado por el golpe y los sedantes. La calma y suavidad de Jaime, en cambio, era algo que no había experimentado. Cuando llegamos a mi casa, no trató de besarme y eso me gustó. Confirmé que estaba con un hombre y no con un chico caliente más. Escribió su teléfono y su e-mail en un papel que hasta ahora guardo y prometió llamarme la semana entrante para ir a tomar un café.

Barza -Valencia @Camp Nou

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