Cuando falleció repentinamente su padre, consideró dejar de correr. Las palabras de aliento de su madre y el apoyo de sus hermanos fueron cruciales para que regresara a entrenar. Hace diez años, fue reclutada para formarse en un centro de alto rendimiento para menores en Huancayo. Hoy no solo le ha regalado al Perú una medalla de oro en los Juegos Panamericanos Lima 2019, sino que además nos ha dejado una importante lección con su historia: siempre hay que seguir adelante.

Por María Alejandra López Fotos Luna Sibadon

Esfuerzo y entrenamiento

“¿Dónde está?”, se preguntan el público en el Estadio Nacional y los televidentes que siguen desde casa la clausura de los Juegos Panamericanos. Entre gritos y saltos, las delegaciones internacionales se despiden de Lima 2019 y nadie la distingue en el grupo peruano. Hasta que empieza una ovación y aparece una mujer de un metro y 55 centímetros izando la bandera del Perú. Es Gladys Tejeda.

–Me avisaron un día antes –dice Gladys, mientras se alista para la sesión de fotos de COSAS.

Le pregunto si se sintió nerviosa.

–Sí, pero tenía experiencia. En los Juegos Olímpicos de Londres 2012, llevé la bandera peruana con la delegación. Esta vez me emocioné mucho más, pero tuve poco tiempo para ensayar porque a cada instante me piden fotos –cuenta en voz baja, y sonríe.

Amor de hija. La deportista confiesa que, sin el apoyo de su madre, no hubiera podido llegar tan lejos. “Es la persona más importante que tengo. En las buenas y en las malas, ella está ahí. Nunca me ha dado la espalda”, dice.

Tras ganar la maratón femenina en Lima 2019 (con un tiempo de 2 horas 30 minutos 55 segundos y un nuevo récord panamericano), su agenda ya no es la misma. Está copada entre firmas de autógrafos, conferencias de prensa, entrevistas y, obviamente, entrenamientos. “Los días libres no existen”, responde cuando le consulto si planea tomarse unas vacaciones para celebrar su medalla de oro. “Después de una competencia, te dan entrenamientos como descanso, pero sigues activa. No puedes quedarte sin hacer nada”.

Al terminar esta producción, a las 7 de la noche, la campeona panamericana saldrá a correr por Miraflores. Y no es para menos. La confianza de un fondista de alto rendimiento, aquella que le permite no quebrarse después de los 21 kilómetros, se genera durante el entrenamiento, que puede llegar a ser más difícil que la misma competencia.

Grandes logros. Gladys Tejeda también se alzó con el primer puesto en la Maratón de México (2017), la Media Maratón de Cobán (2017) y la media maratón de los XVII Juegos Bolivarianos (2013).

“Va a ir tranquila a 4 y medio”, me comenta su representante en tono sarcástico. Realmente le creo lo de ir tranquila a 4 minutos por kilómetro. Lo de Gladys es fuera de serie. Al salir, se pondrá una capucha para evitar ser reconocida en la calle. Aunque no le molesta detenerse cuando le piden fotografías, debe finalizar sus entrenamientos. “En estos días, la asedian como a un jugador de fútbol”, explica su representante. “Felizmente ha venido acostumbrándose a la atención del público”.

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Nada a medias

Gladys Lucy Tejeda Pucuhuaranga nació en Junín el 30 de setiembre de 1985. Es la menor de nueve hermanos. De niña, soñaba con ser profesora. En su imaginación, ella era la maestra y los palos de madera que apiñaba a su alrededor eran sus alumnos. Su amor por los niños era tan grande que, tras finalizar el colegio, estudió en el Instituto Pedagógico de Huancayo y, posteriormente, finalizó el Programa de Bachillerato y Complementación Pedagógica en la filial de la Facultad de Educación que la Universidad Nacional Mayor de San Marcos tiene en Cerro de Pasco. Se proyectaba en las aulas de primaria rodeada de niños. Aunque ya no lleva un mandil ni un uniforme, sabe que de alguna forma está dejando un legado en las próximas generaciones.

“No solo es la responsabilidad de los gobiernos. Esto también viene de casa. Deben concientizar a los padres de familia, maestros y autoridades sobre la importancia del deporte. Había personas que no querían estos Juegos Panamericanos, pero, después de todo lo que vivieron y los grandes espectáculos, quedaron felices. El deporte nos puede llevar más allá. Al verme, los niños están aprendiendo. Se me acercan emocionados y eso me hace sentir bien”, reflexiona.

Orgullo peruano. Al cruzar la meta, Gladys rompió el record nacional y el record panamericano con 2:30:55 horas. “Mi única cábala es Dios y mi papá, que está en el cielo viendo todo. Él me protege”, confiesa la fondista.

Lo de Gladys también vino de casa. Su padre, Alejandro Tejeda, no utilizaba ningún medio de transporte: caminaba largas distancias para movilizarse o iba a caballo por los alrededores de la provincia de Junín, donde los hermanos Tejeda se criaron. Gladys lo acompañaba corriendo. “Iba detrás de mi papá y, de paso, lo ayudaba. Me encantaba estar en el campo con los animales”.

Su madre, por otro lado, le inculcó la disciplina. A pesar de las condiciones precarias de su familia, Marcelina Pucuhuaranga fue clara: ninguno podía darse por vencido en el colegio, ni llegar a casa con una anotación roja. “Hizo todo lo posible, tal vez dejando de comer o de vestirse. Nos dio educación, a pesar de que ella tenía poco y solo estudió el segundo grado de primaria. Es una guerrera”, reveló Gladys durante su participación en el controversial programa televisivo “El valor de la verdad”.

Emblema nacional. Gladys Tejeda fue la encargada de llevar la bandera peruana en la ceremonia de clausura de los Juegos Panamericanos Lima 2019.

Cuando le pregunto por la lección más grande que le dio su madre, la tiene clara: seguir adelante. Para Marcelina no existía la palabra “no”. En una ocasión, cuando Gladys tenía entre 10 u 11 años, Marcelina le pidió prestado un par de zapatillas a su vecina para que su hija pudiera participar en una competencia. El premio de la carrera era una cocina a gas. Gladys soñaba con ganarla, porque su madre cocinaba a leña. Ese día quedó en segundo lugar. Las zapatillas eran demasiado pequeñas para sus pies y no podía pisar bien. “Hice todo el esfuerzo, pero llegué 40 segundos después. Estaba apenada, pero a la vez feliz: el culpable solo fue el par de zapatillas”, explicó Gladys en la televisión local.

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Sí, al inicio nada fue fácil. Como ella misma explica, sus logros no se dieron “de la noche a la mañana”. Cada vez que sus hermanos le compraban zapatillas, las cuidaba como oro. Las lavaba con sumo cuidado y las dejaba secar al aire libre antes de que saliera el sol. “Cuando era pequeña, no sabía cuánto tiempo podían durarme unas zapatillas. A veces las utilizaba con un hueco en la planta y seguía normal”, añade. Una de las competencias que más recuerda es una que ganó en la selva. El premio consistía en 2000 soles. “Todo eso lo inviertes en zapatillas”, le dijo su entrenador. “Me puse triste, pero no le dije nada”, recuerda la atleta. Ha pasado mucho tiempo desde aquel entonces y hoy Gladys entiende que esa inversión fue para bien. Con una parte del dinero, su entrenador le compró tres pares de zapatillas. “Estaba feliz, porque sabía que esos pares sí me iban a durar”, dice.

Línea de llegada

El sábado 27 de julio, Lima amaneció con neblina. A pesar del frío invierno, cientos de personas se reunieron en las calles de Miraflores desde las 7 de la mañana. Adultos y niños sostenían en sus manos pequeñas banderas del Perú, algunos incluso vestían camisetas de la selección peruana de fútbol. No jugaban Paolo Guerrero ni Jefferson Farfán, pero sí había una hinchada expectante en el punto de partida. Con gorro y chalina de lana encima, todos sabían que valía la pena esperar.

Alrededor de las 11 de la mañana, cuando recién algunos peruanos se despertaban para prender la televisión, Gladys Tejeda se acercaba a la línea de meta corriendo a lo largo de la avenida Larco. Al finalizar, la esperaban Carlos Neuhaus, presidente del Comité Organizador de los Juegos Panamericanos Lima 2019; Martín Vizcarra, presidente de la República; y su madre, Marcelina Pucuhuaranga. La gacela, la correcaminos, la flaca, como le decían en el colegio cuando la veían correr, lideró con gran diferencia la carrera desde los 21 kilómetros y se consagró con el oro, muy por encima de Bethany Sachtleben, de Estados Unidos, y Angie Orjuela, de Colombia.

A corto plazo. Aunque le encantan los niños, ser madre no es una de sus prioridades. “Ahora solo hay tiempo para los Juegos Olímpicos de Tokio. Estamos a un año y me falta la marca clasificatoria”, asegura.

Sí, hacía bastante frío. Pero esa mañana Gladys hizo historia y todo lo demás pasó a segundo plano. “Después de 21 kilómetros, empieza la verdadera competencia. Puedes quebrarte en el kilómetro 35 y dejar de avanzar, pero ahí comienza el trabajo mental que has venido entrenando. Yo pensaba en eso: no podía defraudar a la gente que había llegado. El cariño de los demás me fortaleció”, manifestó Gladys ante los medios de comunicación.

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Aunque el apoyo del Perú la fortaleció, hubo un tiempo en el que pensó en el retiro. En 2007, su padre falleció por un mal pulmonar. Fue el quiebre de su vida. “Ya no quería hacer deporte”, sostiene. Pero para Marcelina rendirse no era una opción, y aconsejó a su hija. “Me ayudó a seguir”, cuenta Gladys. Tiempo después, su hermano la obligó a ver los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 por televisión. Esas imágenes jamás abandonaron su cabeza. “Había ganado una atleta rumana de 38 años y pensé: ‘Si entreno, sobrado puedo llegar a unas olimpiadas’”. Al año siguiente, Gladys fue reclutada por el IPD para prepararse en un centro de alto rendimiento en Huancayo. Ese solo fue el inicio.

Enfre flashes

“Ver a Gladys corriendo es admirable. ¡Y a paso 2! Yo corro desde los 15 años y a las justas llego a paso 5. Estuve ahí desde que empezó la competencia. La vi tan serena. Yo hubiera sudado de miedo al ver a tantas chicas jóvenes a mi lado. Pero, cuando llegó a la segunda vuelta, dije: ‘Ella va ganar’”, cuenta Marlene Morán, una de sus admiradoras.

Esta noche, un grupo de seguidores de Gladys Tejeda y Cristhian Pacheco (el oro peruano en maratón masculina) se reúnen en una tienda deportiva, en Larcomar, donde los representantes más ilustres del fondismo peruano firmarán autógrafos y se tomarán fotografías con los asistentes. Hay una fila que se extiende desde la puerta de la tienda hasta la calle.

Tiempo libre. No suele tomar vacaciones, pero en su tiempo libre prefiere estar con su familia y salir a comer. “Me centro en entrenar y trato de no desconcentrarme”, advierte. Actualmente, Gladys vive en Huancayo y tiene dos perros pequeños.

Hoy, los días de Gladys se asemejan a los de una celebridad. “No todo es correr. Hay que darse un tiempo para lo demás”, asegura. Ha estado presente en las portadas de decenas de diarios, y fue parte de una imitación de Fernando Armas que fue duramente criticada por considerarse una “burla racista” a la deportista. El cómico le pidió disculpas públicamente. “Respeto su trabajo. En el Perú, buscamos formas de salir adelante. Pero lo que me incomoda es que no estoy acostumbrada a hablar groserías. Eso no va conmigo”, dice Gladys.

A veces parece que nada es capaz de irrumpir en el halo de calma que la protege. Tal vez es porque no tiene tiempo de pensar en otra cosa: debe prepararse para clasificar a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. El Perú la aplaude desde ahora.