Para su primera exposición en Lima, en la galería Ginsberg+Tzu, la artista peruana Valeria Guerra-García aborda el cuerpo femenino, el sacrificio y la devoción religiosa. En entrevista con COSAS, nos habla de su reinterpretación contemporánea de Santa Rosa de Lima, el trabajo con pintura al óleo, feminismo, y más.
Por Micaela Simón
En Liturgia limeña, Valeria Guerra-García presenta una serie de pinturas al óleo que reinterpreta la figura de Santa Rosa de Lima desde una mirada contemporánea, alejándose de la devoción religiosa tradicional para abordarla como una figura humana y femenina dentro del imaginario limeño.
Con 23 años, Valeria regresa al Perú tras varios años de formación en el extranjero y presenta esta muestra como su primera exposición en la ciudad. Comenzó a pintar desde muy joven y, tras participar en el programa United World Colleges en Armenia, decidió dedicarse profesionalmente al arte.
Posteriormente, estudió cuatro años en Ringling College of Art and Design, en Estados Unidos, donde consolidó una práctica centrada en la pintura al óleo.

Valeria Guerra-García.
Desarrollado como proyecto de tesis, Liturgia limeña se presenta en Project Room de Ginsberg + Tzu y propone una reflexión crítica sobre el sacrificio, la devoción y los cuerpos femeninos, temas que la artista aborda desde una experiencia personal y una revisión contemporánea de la tradición visual local.
¿Cómo nace Liturgia limeña y qué lugar ocupa dentro de tu trayectoria?
Este proyecto fue mi tesis de universidad. Empecé investigando a Santa Rosa de Lima por curiosidad, sin pensar que toda la tesis giraría en torno a ella. Me pareció un personaje muy particular de nuestra historia y terminé generando una pequeña obsesión. Me interesaba su historia desde un lado humano, más que religioso.
Tu aproximación a Santa Rosa se aleja de lo devocional tradicional.
No me considero una persona religiosa. Me interesaba verla como mujer. Me cuestionaba el sacrificio, la devoción y cómo esos actos de reverencia están muy normalizados para los cuerpos femeninos, como si se esperara que la mujer siempre tenga que sacrificarse.

Obra de la serie Liturgia limeña, por Valeria Guerra-García
¿Por qué sentías que era importante abordar estos temas hoy?
Siento que, especialmente en Latinoamérica, la mujer suele ser santificada o completamente vilificada: o es santa o es el diablo. Mientras estaba en Estados Unidos, terminando la tesis, vi muchos retrocesos políticos que sentía que nos quitaban voz y presencia. Este proyecto fue una manera de decir que seguimos acá, que seguimos siendo importantes y que seguimos ocupando espacio.
¿Desde qué marcos teóricos se construye esta obra? ¿El feminismo estuvo presente en el proceso?
El feminismo es una base estructural del proyecto, aunque no siempre aparece de manera explícita. Me interesa trabajar desde teorías feministas que analizan cómo el cuerpo de las mujeres ha sido históricamente moralizado, controlado y estetizado.
También hay una reflexión sobre la representación: quién mira, quién es mirado y bajo qué códigos. Al situar estos cuerpos dentro de una imaginería religiosa, intento desplazar la idea de la mujer como objeto de veneración pasiva hacia una figura atravesada por la tensión entre fe, amor y violencia.
No se trata de rechazar lo religioso desde afuera, sino de revisitarlo críticamente desde una experiencia que fue formada dentro de esas mismas estructuras.
Esta es tu primera exposición en Lima y tu primer acercamiento al circuito local. ¿Cómo ha sido esa experiencia?
Recién regresé a Lima en diciembre y esta es mi primera exposición acá, además de la primera vez que trabajo con una galería. Ver cómo personas fuera de mi círculo cercano interactúan con los cuadros ha sido muy valioso. Me interesa ver si estoy transmitiendo lo que quería o si la lectura va por otro lado; es bonito que la obra exista fuera de mí.
Ahora que has regresado a Lima, ¿cómo percibes el apoyo gubernamental e institucional al arte contemporáneo?
Creo que siempre se necesita más apoyo al arte, no solo en Perú sino en general. El arte es una de las cosas más humanas que tenemos como sociedad: nos une, nos acompaña y atraviesa disciplinas como las artes plásticas, el cine o la música. En Perú existen instituciones, becas y programas, pero muchas veces no son tan visibles.
Para los artistas jóvenes, especialmente después de la universidad, no siempre es claro cómo empezar o cómo despegar. A veces ese momento queda un poco en el aire. Creo que el rol del Estado y de las instituciones podría ser más activo y más claro, recordando que el arte no es solo algo bonito o decorativo, sino algo realmente necesario. Un mundo sin arte sería, definitivamente, mucho más gris.
Lima es una ciudad con una fuerte tradición cristiana. ¿Cómo crees que el público va a recibir esta obra?
Creo que la recepción va a ser compleja, y esa complejidad me interesa. En Lima, las imágenes religiosas forman parte de la vida cotidiana, y eso genera una mezcla de cercanía y extrañamiento.
El lenguaje visual es reconocible, pero algo no termina de encajar, y ahí aparece la fricción. Sí tuve dudas, sobre todo por el riesgo de que se lea como irreverente, pero no es una burla ni un ataque a la fe. Trabajo desde la ambivalencia: hay fascinación, amor y violencia al mismo tiempo.
Mostrar la obra en este contexto es asumir el riesgo de hablar desde mi experiencia situada y aceptar que, a veces, la incomodidad es necesaria para abrir preguntas sobre el cuerpo, el dolor y las creencias que rara vez cuestionamos.
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