La sala limeña ha dejado de ser un salón solemne para transformarse en un escenario de supervivencia y flexibilidad funcional. Desde los rituales andinos y el estrado colonial hasta la planta libre moderna, este espacio opera como un reflejo de nuestras jerarquías sociales.
Por: Sebastián Cillóniz
Podemos entender la casa como un conjunto de escenarios donde ensayamos la vida doméstica. Si la cocina es producción y el comedor es encuentro, la sala opera como el rostro de la vivienda: un dispositivo de representación donde la luz, el mobiliario y las dimensiones no son azarosos, sino instrumentos de distinción social y política. No es un vacío estático, sino un recinto performativo que ha mutado para reflejar las jerarquías de cada época.
En el Perú, esta historia no empieza con la herencia europea. En el mundo andino, la sociabilidad se volcaba al exterior, en patios y plazas que dialogaban con el paisaje sagrado. Sin embargo, se especula que civilizaciones como la incaica usaban las kallankas, los grandes galpones techados, como espacios de almacenaje, sociabilidad y representación de poder. Un auténtico espacio polivalente.

Lectura de la tragedia “El huérfano de la China”, de Voltaire, en el salón de Madame Geoffrin (Gabriel Lemonnier).
Con el Virreinato, la sala se volvió introvertida y rígida, funcionando como un mecanismo de control de género a través del estrado, una tarima donde las mujeres gestionaban redes de influencia ocultas en el espacio y tras sus sayas y mantos. Este modelo de clausura encuentra su contrapunto en los salones franceses de la misma época. Mientras en Lima el interior reforzaba la exclusión, en Francia las salonnières transformaron el espacio doméstico en el epicentro del pensamiento libre y la ciudadanía intelectual, estableciendo la sala como un estrado escenográfico para la proyección de ideas, a veces revolucionarias, ante una audiencia.
La modernidad transformó estos esquemas cuando se importaron las ideas europeas de la planta libre. La sala dejó de ser un salón solemne para convertirse en un espacio diáfano y dinámico, señal de tiempos cambiantes. Hoy, en una Lima marcada por la escasez de metros cuadrados, la sala se debate entre ser un teatro de representación y una herramienta de supervivencia funcional. Con los colegios debatiendo presencialidad o virtualidad ante las medidas del gobierno, las salas y comedores limeños se han vuelto aulas en donde el mobiliario utilitario moderno convive con la necesidad de flexibilidad. La sala se ha convertido en un palimpsesto donde la herencia histórica y la urgencia actual se entrelazan. •

Tertulia en un salón limeño del siglo XIX. La sala como espacio de representación social y política tras la desaparición del estrado colonial. (Archivo Courret).
Sobre Sebastián Cillóniz
Arquitecto y docente, formado en la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y con un Master of Advanced Architectural Design por la Universidad de Columbia en Nueva York. Combina la práctica profesional con la reflexión crítica sobre la vivienda y los espacios cotidianos, entendiendo el diseño como una herramienta para pensar, ordenar y mejorar la vida diaria con rigor, sensibilidad y criterio técnico. Ha sido reconocido con el Hexágono de Oro (Plan Selva, 2016) y ha participado en proyectos curatoriales como Living Scaffolding, Pabellón del Perú en la Bienal de Arquitectura de Venecia. Actualmente dirige Sebastián Cillóniz Arquitectura, donde desarrolla proyectos residenciales que integran claridad conceptual, buen gusto y una gestión consciente del presupuesto, acompañando a sus clientes en decisiones complejas con solvencia intelectual y precisión proyectual.
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