El arquitecto Roberto Riofrío diseñó esta casa ubicada a pocos minutos de la Reserva Nacional de Paracas. Un lugar para disfrutar todo el año, pues sus propietarios tienen una activa vida deportiva y social. La decoración siguió la pauta del nombre del proyecto: la Casa Bogavante.

Por Laura Gonzales Sánchez / Fotos de Elsa A. Ramírez

Riofrío

La mística de vivir en Paracas se ha plasmado en esta casa de 490 metros cuadrados que goza de una ubicación privilegiada –la segunda fila de un condominio–, desde la cual, y a cierto nivel, se divisa la reserva y la bahía. Con una arquitectura que nos remite al brutalismo, se levanta la edificación en perfecto diálogo con el entorno.

Lograr la privacidad fue uno de los objetivos fundamentales del proyecto. Y es que el lote es el primero con el que nos encontramos al ingresar a la urbanización, y por tanto, se trata de una zona de tránsito. Se planteó como una caja cerrada. “Tiene una base fuertemente definida, que marca ritmos de composición a través de las ventanas, que retroceden de la fachada. Es como si el bloque básico tuviera una profundidad generosa, al punto de esconder los vidrios y dejar así unos pequeños espacios para vegetación”, explica Riofrío quien en un principio trabajó este proyecto con Micaela Rodrigo.

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Si bien la casa se beneficia del paisaje que tiene a su alrededor, también se ve afectada por su entorno, porque está expuesta al intenso viento de las tardes. Una de las soluciones que encontró Riofrío fue usar concreto expuesto en el volumen superior, que es el sector donde resopla la tierra, con la finalidad de que esta se amalgamara en el material crudo mientras el viento nuevamente la limpiaba. También por un tema práctico: porque es un material cuyo costo de mantenimiento es bajo.

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El marisco por dentro

Los interiores tienen la misma materialidad que el exterior. Por su parte, el estilo de la decoración se rige por la pauta de una langosta. Y de ahí el nombre del proyecto propuesto: la Casa Bogavante. El toque rústico está en los enchapes que destacan en el ingreso, revestido con madera reciclada de rieles de tren antiguos, colocados  tal cual.

Los ambientes más privados se encuentran en el primer nivel: tres dormitorios, uno de los cuales tiene una kitchenette y doble ingreso, con acceso desde el condominio o desde la casa. El dormitorio principal es el único que se encuentra en el segundo nivel.

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En cuanto al área social, no se ha diseñado una terraza propiamente dicha, pero puede cumplir este papel al correr las mamparas que corresponden a la sala, comedor y cocina. Para el jardín interior, se sembraron olivos que todavía están en proceso de crecimiento. “La vegetación ha sido pensada para el lugar, porque el viento complica el crecimiento de las plantas. En los jardines encontramos objetos como un bote reciclado para la parrilla, por ejemplo. El trabajo que se ha hecho en este aspecto ha cuidado hasta el más mínimo detalle, siempre respetando la directriz del proyecto, que fue plenamente entendida por los propietarios”, señala el arquitecto.

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La iluminación empezó por resaltar la arquitectura y sus detalles, como las texturas, siendo la funcionalidad una de las exigencias fundamentales. Las luminarias, todas en led, se colocaron estratégicamente.

El reto fue llegar a la síntesis elemental de composición entre la base, que tiene profundidad, con el ritmo de las ventanas. Lograr generar sombras como marcos para los pequeños detalles en una caja tan cerrada que forma una unidad muy sencilla pero precisa. Una fortaleza que repotencia su estética valiéndose de materiales naturales, que expresan la belleza, y una extraordinaria iluminación en la fachada por las noches. 

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Artículo publicado en la revista CASAS #255