Karím Chaman está celebrando el décimo aniversario de su boutique, donde vende “objetos del deseo” más que objetos de decoración, como dice muy convencida. De ella se ha visto mucho más de lo que se ha leído. La entrevistamos para conocer a fondo su trayectoria en el departamento que diseñó para ella y los suyos, donde ha dispuesto una oda al color.

Por Laura Gonzales Sánchez / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

Chaman

Geometría, sensualidad, tonos vibrantes y toques futuristas definen, a grandes rasgos, el trabajo de Karím Chaman. Cuando habla de su estilo, lo condensa en dos palabras: “De avanzada”. En este sentido, recuerda que fue la primera de nuestro medio en usar el color dorado y los plateados en proyectos de interiorismo, en los inicios del nuevo milenio, cuando presentó una propuesta con tonos dark en Casa Cor, en un espacio pensado para un hombre ejecutivo.

Chaman refiere que heredó el buen gusto de su abuela materna, María Dolores Fernández Obach, recientemente fallecida a los noventa y tres años. Diseñadora de modas catalana, ella era quien le cosía los vestidos para ir a las discotecas, y jamás dejó de aconsejarla de que cada pieza que diseñara debía ser vanguardista, moderna en su totalidad. Un consejo que la nieta siguió a pie juntillas, porque hoy en su departamento solo tiene una antigüedad –una silla imperial–, que conserva porque le recuerda a su padre.

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Empezó su carrera a los quince años. De un momento a otro, y sin quererlo en un principio, ya estaba sentada en el aula de cachimbos ingresantes a la carrera de Arquitectura en la Universidad Ricardo Palma. Pensaba que lo que le apasionaba era el canto. Después de todo, “aquello que se hereda no se hurta”, y traía la predisposición de su tía abuela, Yma Súmac. El papá de la futura arquitecta, sin embargo, había repetido su historia: hacerla retroceder en la decisión porque “del canto no se vive”. Lo mismo le dijeron sus padres a él cuando, al finalizar la secundaria, manifestó su deseo de ser arquitecto. Optó, entonces, por seguir Economía.

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Pasó poco tiempo. Y Chaman, la estudiante más joven de esa promoción –tenía quince años cuando ingresó– empezó a comprometerse, realmente, con la profesión. Ni siquiera trastabilló cuando un profesor de Taller Conceptual le recomendó que “mejor debería dedicarse a cantar”, porque lo de ella no era hacer maquetas, aunque sí planos y muy bien. Más aún luego de escuchar de su madre, actualmente administradora de la boutique, quien le dijo que sí o sí sería arquitecta. Lo que no sabía su profesor es que su alumna compartía sus estudios con múltiples audiciones, en la mayoría de las cuales era elegida para hacer comerciales muy bien remunerados. Y que, por algún tiempo, perteneció a un reconocido grupo musical que hacía, incluso, giras.

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Hacia el interiorismo

A la par de sus actividades musicales, el interiorismo cada vez le hacía más guiños. Por eso, al finalizar sus estudios, se matriculó en la Escuela de Diseño y Decoración Interior de Miraflores (EDIM), que ostentaba una buena currícula. Su primer trabajo como arquitecta fue la casa para un militar, recuerda escuetamente. Más adelante, fue contratada para hacer la remodelación de un departamento frente al Golf. Por inexperiencia, tomó los servicios de un gasfitero que hizo conexiones pésimas. “Después de que se inundaran los ambientes, tuve que asumir los gastos, que demandaron nuevamente la colocación de materiales costosos e importados”, nos cuenta, ahora, entre sonrisas.

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Ya por entonces, Chaman le había puesto el ojo al diseño de alfombras de lana de alpaca y oveja, especialmente de esta última. Empezó la labor con muy buen pie, trabajando a pedido, hasta que decidió que las alfombras serían las piezas fundamentales en su boutique. Una aventura empresarial a la que se lanzó con el padre de su hijo en un área de seiscientos metros cuadrados ubicada en una privilegiada esquina sanisidrina que ella remodeló. Representaba marcas líderes en el ámbito mundial, como Missoni Home, Fendi Casa, Baccarat, Lladró y Lalique, a las que se han ido sumando otras como Jonathan Adler y Alexandra Von Furstenberg. Hoy son más de treinta.

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“Más que objetos de decoración, lo que traigo son objetos de deseo. Los artículos no me encantan porque estén de moda, sino por su diseño, por lo diferente e innovadores que son”, reafirma la empresaria, quien lanzará en los próximos días su línea de accesorios By Karím Chaman. Entre sus pendientes profesionales tiene franquiciar su marca y continuar expandiendo su división de negocio de private consulting, dedicada a brindar servicios de asesoramiento en interiorismo, “dirigida a clientes que deseen hacerle un refresh a su casa”.

Uno de sus más grandes deseos es ser identificada por su trabajo. Y que su sello, su marca personal, se reconozca al instante y no se confunda ni se extinga en el tiempo. Al preguntarle cuál es la deuda que tiene consigo misma, responde de inmediato: “Grabar un sencillo y hacer un concierto”.

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Artículo publicado en la revista CASAS #264