El recorrido de la luz resulta vital en el diseño de esta casa de Los Cóndores. Una arquitectura contemporánea con carácter de campo. Un proyecto en donde Roberto Riofrío realiza una exploración personal para lograr exponer la estructura central de la casa y potenciar la sencillez de su trazo.

Por Gonzalo Galarza Cerf / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

Riofrío

Capturar el recorrido del sol. Presenciar el paso del tiempo a través de la luz que ingresa y pinta con sombras los ambientes de la casa. Esa fue la premisa inicial y ese es el resultado final alcanzado por el arquitecto Roberto Riofrío en este proyecto de Los Cóndores. Una casa de un piso, emplazada casi sobre los cerros posteriores, que aprovecha el calor del día y la vista del valle. Una vivienda de campo que potencia su diseño con geometrías que se dibujan en paredes, suelos y jardines gracias a esos puntos luminosos.

“La idea de cómo tenía que ingresar la luz es la estructura base de la casa, que se replica en las demás partes, con los planos sueltos que aparecen a lo largo de todo el proyecto. Esa idea se repite y hace que un proyecto se vea simple”, explica el arquitecto peruano. Riofrío se refiere a ese marco estructural en donde vigas y viguetas se tocan y se apoyan pero no se agarran, permitiendo darle mayor altura e introducir distintos puntos de luz. “La idea es no darle la espalda a la luz. Una luz que es muy precisa, a diferencia de la que tienes en Lima”, agrega.

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Los dueños, una pareja con hijos y nietos pequeños, le habían pedido dos cosas: una casa de campo pequeña con un jardín amplio donde la vida gire alrededor de la terraza, y aprovechar al máximo la luz del día. Querían disfrutar del calor de Chaclacayo durante los meses de invierno, que es la estación en que más la iban a utilizar. Con estos requerimientos, Riofrío diseñó los planos en cuatro meses y dedicó un año a la construcción de esta obra.

Entonces desarrolló esta casa en forma de L, con una distribución limpia y clara. Funcional y compacta. Con el sol que cae de frente por la mañana, y de espalda por la tarde. Con unas vigas altas, de cuatro metros de altura, que permiten tener los ambientes sociales internos a una buena temperatura durante todo el día. Con tres dormitorios con baño propio, sala, cocina abierta e integrada al comedor, área de servicio y guardianía. La casa que había pedido el cliente potenciada por la mano del arquitecto.

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“Es gratificante ver ese resultado de la geometría de luz y sombra, y ver que el cliente lo logra entender, que puede apreciarlo durante el uso de su casa, que siente ese confort”, cuenta el arquitecto. A diferencia de sus trabajos previos, en Los Cóndores, Riofrío optó por una exploración diferente, dejando de lado la volumetría o las cajas excavadas en los terrenos, al incorporar vigas y viguetas colocadas unas sobre otras de tal manera que marcaran el recorrido de la estructura por toda la casa.

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Potenciar lo simple

En ese sentido, el arquitecto confiesa que se trata de una exploración personal. Una búsqueda por hacer lucir la estructura de este proyecto. Una apuesta ambiciosa que parte de una idea simple de tener elementos sobrepuestos que en conjunto logren integrar la casa. Que vigas, viguetas, muros y techos abovedados sean controladores de la privacidad interior de la casa o generen el ingreso de la luz y el calor en los dormitorios principales y áreas sociales. Que cumplan diferentes funciones, además del valor estético.

Así, se obtuvieron ángulos formados con las vigas y muros que se extienden y se prolongan. Detalles lineales que potencian un diseño aparentemente sencillo, en donde destaca todo ese frente conformado por el área social y el dormitorio principal, ubicado en una zona privilegiada. “Además de aportar volumetría a la casa, el dormitorio principal se transforma en una diagonal que te va acompañando y dirigiendo al área de terraza”, explica Riofrío.

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Otro detalle en el dormitorio principal es su ubicación sobre un zócalo embutido sobre el terreno, que da la sensación de estar suspendido en el aire. Este recurso permite generar, además, sombras lineales que se proyectan en el jardín cuando le da el sol en la mañana. Para preservar la intimidad de la pareja, Riofrío colocó muros sueltos a modo de persianas que cortan la vista al interior. Un detalle que optó por reproducir también en las paredes al ingresar a la casa, obteniendo una unidad de planos sobrepuestos y sueltos replicados en todo el proyecto: “Eso le proporciona fuerza, carácter y simpleza al proyecto”, explica.

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Rasgos de campo

El carácter de campo lo aportan los acabados. Para empezar, el color blanco trabajado con esa textura rugosa que se hace más visible conforme se ve expuesta a la luz. Después, el ladrillo pastelero en ese techo abovedado de la sala, material rústico que contrasta con el tono de la pintura. El amarillo pastel elegido para los muebles de la cocina le da una cuota de calidez y, al mismo tiempo, modernidad, conjuntamente con el granito oscuro empleado. Y los tonos tierra de los porcelanatos de los pisos y baños, alfombra y muebles nos remiten al contexto del lugar. Todo acompañando de una paleta neutra en los tapices.

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El trabajo en interiores resulta sobrio, con un claro entendimiento de lo que se trataba: una casa en la sierra de Lima, a poco más de una hora de la capital. Por eso nada parece sobrar. La casa posee los elementos necesarios para recordar a los dueños y visitantes que uno está en el campo. Mayte León fue la encargada de dar la impronta de campo a esta casa contemporánea en su arquitectura, con una estética simple y depurada.

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Esta sencillez estética, además, permite a los ambientes cobrar mayor peso por sus propias dimensiones, como esa extensa terraza que desemboca en un tablero de parrilla. Una terraza que se conecta con la casa a través de una mampara abierta de la sala, cuyo tránsito finaliza con una chimenea junto a ventanas que dejan ver el jardín y cerros posteriores. Queda esperar que pase el tiempo y crezcan las plantas, que el verde se proyecte y pinte las paredes de la casa, así como lo hacen hoy las sombras de la luz.

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Artículo publicado en la revista CASAS #273