Kathy Grimberg y Simone Mandel asumieron con entusiasmo la tarea de renovar el interior de una casa con arquitectura de Mario Lara y una prolífera colección de arte. Dotarla de calidez fue su gran logro.

Por Gloria Montanaro / Fotos de Renzo Rebagliati

Grimberg

El diseño interior de Kathy Grimberg y Simone Mandel ha logrado revitalizar una casa, diseñada por el arquitecto Mario Lara en 2006, que había perdido frescura y modernidad. “Hemos respetado la arquitectura y la esencia de la casa, pero aportando nuestro estilo, dándole vida, color y movimiento”, refiere Grimberg. Juntas apuntaron a un concepto de integración de los ambientes en los que se pudiera recibir a personas de diferentes edades. Al ser espaciosos, de techos altos y ventanales de pared a pared, el mayor desafío para la dupla fue hacer que se sintieran cálidos e integrados con la naturaleza. “Hoy puedes decantar una botella de vino en la mesa del invernadero, preparar tragos en la barra, hacer barbecue en la terraza o descansar en el columpio que está colgado de un árbol en el jardín”, añade Grimberg.

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El recorrido del primer piso, en el que todos los espacios se comunican y conectan como vagones de un tren, comienza con un hall de entrada de doble altura, coronado por una teatina. “Para volverlo a escala humana, mandamos a fabricar una instalación de un manto de ladrillos con un artista brasilero que descubrimos en la galería de Ilan Karpio. Para balancear, lo combinamos con una magnífica lámpara de Lalique”, puntualiza Grimberg.

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El hall, a la vez, se conecta con la sala principal, que está protagonizada por dos mesas escultóricas de madera y mármol, ubicadas justo debajo de una lámpara de Michael Anastassiades que pone acento en la centralidad del diseño. Junto a ellos, seccionales de la firma Minotti, una chaise longue antigua en metal y cuero, un bergere geométrico y dos sillones de cuero con pespunte rojo de Eero Aarnio. Para completar el espacio, las diseñadoras de interiores encargaron un cabinet a la artista Michelle Prazak. “El toque final de la sala fue esta maravillosa obra de Daniel Buren, que refleja el jardín en la sala”, agrega Simone Mandel.

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Atravesar los espacios

La prioridad en el comedor fue crear un ambiente cómodo, que la familia pudiera utilizar a diario o con invitados, y en el que se recuperara el clasicismo de antaño, pero sin perder modernidad. Lograrlo fue mérito de la lámpara de velas del diseñador Ingo Maurer, en combinación con la piedra de la mesa y la consola translúcida.

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Al pasar este ambiente, se arriba a una sala íntima, de lectura o conversación, decorada “bajo la influencia de diseñadores europeos a los cuales admiramos e inspirada por los biombos, mueble que tanto nos gusta y que es escaso en las casas de hoy día”, dice Mandel. La nostalgia por aquella figura la plasmaron en la silueta ondulante de un librero que envuelve la chimenea.

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Tras atravesar un patio abierto, se llega a un lounge en el que se resolvieron varias necesidades de los miembros de la familia. Una barra de bar, revestida con un tejido de fibras metálicas que se encargó a la artista peruana Nani Cárdenas, genera dos salas perfectamente funcionales, que pueden ser usadas de manera integrada o independiente. A un lado, Grimberg y Mandel incorporaron un invernadero, y al otro, traspasaron la sensación del jardín colindante con un mármol traído de Irlanda del Norte, cuya textura, en combinación con el techo enchapado en madera, lo transformó en un sitio cálido.

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El último espacio social, ya en el segundo piso, es la family room, pensada como un ambiente sport y confortable. Un sofá azul marino, una fotografía de gran formato en tonos verdes de Gabriel Valansi y la escultura tipo gota del español Santiago Villanueva consolidaron la estética del ambiente.

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El interiorismo de esta casa se ha convertido en una travesía por grandes espacios sociales concatenados por el amor al arte y una reversión de los clásicos del diseño.

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Artículo publicado en la revista CASAS #275