Tras millonarias e ineficientes inversiones de infraestructura vial, Lima urge de soluciones prácticas y realistas para combatir el demencial tráfico que se ha apoderado de sus principales vías. Una de ellas es la propuesta de un sistema moderno e integrado de semáforos que, acompañado de ciertas intervenciones de señalización y diseño vial, podría reducir hasta un treinta por ciento el tiempo de los viajes diarios.

Por Edmir Espinoza

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Según el último Índice de Tráfico, elaborado anualmente por Tomtom, la empresa holandesa de GPS, Lima es la séptima ciudad con más tráfico en el mundo. La tercera, si no contamos las grandes y densísimas ciudades asiáticas, y la segunda en el continente americano, solo detrás de Bogotá. Un conductor limeño promedio se pasa 209 horas, el equivalente a 8 días y 17 horas, estancado en el tráfico de la hora punta. El infierno mismo sobre un camino de asfalto.

Cifras reveladoras que, sin embargo, no sorprenden a quien día a día debe sortear el infierno del tráfico limeño de las seis de la tarde. Quizá lo más paradójico sea descubrir que nuestra capital no reúne las condiciones típicas para figurar en este ranking. Ni cuenta con una densidad desbordada, ni con un parque automotor desproporcionado respecto a su población. El economista y exviceministro de Transportes, Gustavo Guerra García, apunta un dato extra: en Lima, solo el 16% de la población cuenta con auto privado, mientras que en Bogotá la tasa es de aproximadamente 40%; y en Santiago de Chile, del 60%. ¿Cómo, entonces, una ciudad con uno de los índices más bajos de vehículos por habitantes de la región puede, al mismo tiempo, vivir sumida en el más terrible caos del transporte?

Para Guerra García, el problema es evidente. “Muchos de los problemas de la ciudad tienen que ver con ingenieros y alcaldes que perciben como un problema de insuficiencia de capacidad vial lo que en realidad es un problema causado por una mala gestión de tránsito. Por ello, terminamos gastando una millonada de plata por intercambios viales que no sirven para nada”, explica Guerra García, quien es un convencido de que los problemas de tráfico de la ciudad se pueden resolver a un costo razonable mejorando la gestión del tránsito. Y dentro de este paquete de pequeñas soluciones emerge como gran salvavidas la propuesta de implementar una red de semáforos interconectados a una central de control inteligente que asegure una moderna gestión de tráfico. “Está demostrado que, en el mundo, se puede tener un tráfico fluido en vías que soporten hasta ochocientos vehículos por carril por sentido, siempre que haya una regular gestión de tránsito. En Lima, en cambio, estamos ahogados con menos de cuatrocientos vehículos por carril por sentido”, dice.

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Semaforización urgente

En este contexto, Guerra García sostiene que se requiere de una inversión de noventa millones de dólares para implementar una primera etapa de modernización de la gestión de tránsito en dos mil de las intersecciones más críticas de la ciudad. Ello implicaría no solo la mejora de la infraestructura semafórica, sino también todas las variables que tienen que ver con el flujo del tránsito, como lo son la señalización, auditorías de seguridad vial y las adecuaciones del diseño vial en las intersecciones para tener un manejo más fluido y seguro en la capital.

Manuel Gregorio es gerente de TEC Corporation y uno de los ingenieros que más conocen de semáforos en el país, con una experiencia de más de treinta y cinco años dedicados al tema. Para el experto, contar con una red de semáforos interconectados en Lima se traduciría en un ahorro del 30% del tiempo de espera. Esto quiere decir casi un tercio del tiempo que se demora cada limeño en llegar a su destino. A diferencia de Guerra García, Gregorio no considera necesaria la instalación de más semáforos ni la modernización total de los ya existentes. “No es necesario cambiar todo el sistema. Sencillamente, hay que ir al foco del problema: no los materiales ni la tecnología de los semáforos, sino los controladores de tráfico de los mismos, un instrumento que permite que el semáforo se integre a una red a través de un centro de control. Aunque se deben cambiar estas cajas de control en aproximadamente mil intersecciones, de nada servirá si primero no se culmina el trabajo de integración de la red de semáforos y la habilitación de un centro de control con capacidad para gestionar el tráfico de la ciudad en tiempo real”, comenta el representante de TEC Corporation, que ha instalado los semáforos de unas seiscientas intersecciones desde la década de los ochenta.

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Gregorio refiere que una de las mayores dificultades para integrar los semáforos de la ciudad es que actualmente existen en Lima dos centros de control para semáforos. Uno en el edificio de Protránsito, que tiene el control de quinientas intersecciones, y otro en Protransporte, que maneja los semáforos de otras ochenta intersecciones. “El resto, aproximadamente mil intersecciones más, están en el aire, bien porque son semáforos obsoletos y antiguos, o porque representan esfuerzos particulares de las municipalidades de Miraflores, San Isidro, Santiago de Surco y La Molina, que cuentan con hasta doscientos cincuenta intersecciones más, en las que se han incorporado controladores de tránsito que permiten mejorar los tiempos de cada semáforo. Lamentablemente, no se ha logrado integrar estos semáforos. Por ello, están funcionando de forma aislada y con planes y programas desfasados en el tiempo”, señala.

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Sin tiempo que perder

Un estudio de 2016, realizado por el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos, reveló que el tiempo perdido debido a la congestión de tráfico afecta directamente al PBI de Lima en un 10%. Los expertos consultados coinciden en que para revertir esta situación es necesario implementar proyectos de infraestructura vial de gran envergadura, como viaductos e intercambios viales en zonas específicas de la ciudad, pero también refieren la importancia de la gestión de tránsito como principal arma para combatir el caos del tráfico en Lima.

David Fairlie, ingeniero civil y de transporte, explica que no es necesario recurrir a tecnología de última generación para contar con una red de semáforos interconectados. “El flujo vehicular y los patrones de tráfico van variando de acuerdo a las horas del día. Con la ayuda de sensores, los semáforos de todo el mundo cambian sus ciclos semafóricos al instante. Y no me refiero a sensores con cámaras, sino a una tecnología que se viene utilizando desde la década de los sesenta, y que consiste en una bobina de alambre enterrada debajo del concreto, que puede identificar la presencia o circulación de vehículos”, comenta Fairlie, quien indica que, increíblemente, la mayoría de semáforos en Lima cuenta con la posibilidad de programarse con distintos patrones, e incluso conectarse a una central desde donde es posible cambiar la programación de manera remota. Sin embargo, el ingeniero destaca la importancia de que la modernización de nuestra red de semáforos venga acompañada con mejoras en el diseño vial de las intersecciones más críticas. Para Fairlie, una intervención de este tipo no solo disminuiría los tiempos de viaje, evitaría accidentes y haría a la movilidad de la ciudad más eficiente, “sino que impulsaría un cambio en la actitud de los limeños al volante, que empezarían a entender que, cuando el diseño vial está bien implementado, ayuda y conviene seguir las reglas de tránsito”.

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Si una ciudad se construye a través de pruebas y errores, Lima es la confirmación de que los intercambios viales millonarios no representan una verdadera solución para la congestión vehicular. Si hasta hace poco quedaba alguna duda, la pasada gestión edil se encargó de confirmar que los bypass y viaductos poco o nada pueden solucionar si no vienen acompañados de un diseño vial coherente, que integre tecnologías y recursos al servicio de la fluidez y de la movilidad. Porque, aunque forme parte de la fotografía de nuestra ciudad, el tráfico limeño es un castigo inmerecido para una ciudad que busca zafarse de viejos lastres, y que apunta a convertirse en una metrópoli moderna y cosmopolita. 

Artículo publicado en la revista CASAS #279